Marchando una del “Quijote”

Tras el mayestático «para chulo, chulo, mi pirulo» con el que la compañía teatral Poder Ejecutivo español se despachó el fin de semana del 9 y 10 de junio el asunto del rescate bancario europeo, así conocido y reconocido por la totalidad del planeta Tierra, menos por los habitantes de la aldea “monclovítica”, en fin…;  tras contemplar el «porque yo lo valgo» de esos profesionales del órdago, repito, no pude evitar sucumbir a mi afición particular por “quijotizar” las conductas y situaciones humanas; sobre todo en estos tiempos, donde percibo con más nitidez que nunca la presencia de actitudes hidalgas entre quienes van por ahí pululando de liderazgos y, en realidad, no consiguen ni que los respeten sus animales de compañía.

Almorzaba, pues, tras el espectáculo (que ya suponen ustedes el calificativo que le reservo) al tiempo que contemplaba los molinos de Arinaga. Fue entonces cuando consideré como afortunada la visión del jefe de la compañía combatiendo contra gigantes que, metafóricamente hablando, no eran otros que esos teutones, turingios y demás ralea que entre subidas y bajadas de tantos por ciento hacen más daño que si hiciesen uso de los sables y abriesen con ellos en canal a sus sufridas víctimas. Me imaginé al “presionador” («A mí nadie me ha presionado, el que he presionado he sido yo para conseguir crédito») luchando contra los molinos europeos y aceptando de buen grado que lo hace contra gigantes y no, como parece que ocurre, contra los fantasmas de su cada vez más maltrecho cerebro.

Mas fue hacia los postres cuando me di cuenta de que había utilizado una metáfora de la novela cervantina muy facilona y muy trillada (“trillada” de ‘común y sabido’ y no de Trillo, que es más shakespeariano) y me obligué a ir un poquito más allá. Fue entonces cuando di con otro pasaje del “Quijote” que para mí venía muy al caso: el del joven Andrés (en el papel de la ciudadanía española) al que castiga su amo, Juan Haldudo (la economía europea), por su indolencia y trampas en el desempeño de su labor. Don Quijote, el sacerdote por excelencia de la hidalguía (que no necesariamente de los hidalgos), intercede en el castigo con buena voluntad, pero con absoluta incapacidad para hacer uso del sentido común, y soluciona, según él, con su mediación, lo que considera que es un caso claro de abuso de autoridad. Tan pronto como se da la espalda y abandona la escena muy ufano por la acción realizada (para ir a ver un partido de la Eurocopa, por ejemplo), el amo se vuelve nuevamente al chiquillo y redobla sus azotes con una pretina hasta el punto de dejarlo casi muerto. Pueden leerlo en el capítulo IV de la primera parte del “Quijote”, aunque también en la prensa de esta última semana…

En el momento del café y el puro, caí en que podía seguir la trayectoria del mentado capítulo IV para hallar otra metáfora que me pareció pertinente, aunque más como profecía que como reflejo de hechos pasados: tras haber Don Quijote deshecho, según él, el entuerto de Andrés, se encuentra en su camino de regreso a la aldea con unos mercaderes toledanos: «Apenas los divisó don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura. Y así, con gentil continente y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al pecho, y, puesto en la mitad del camino, levantó don Quijote la voz, y con ademán arrogante dijo: “Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo doncella más hermosa que la sin par Dulcinea del Toboso”»; o sea, “que todo el mundo se atenga a las consecuencias si no confiesan que no hay en el mundo mejor solucionador de problemas económicos que este preclaro que les habla…”. El episodio continúa con una interpelación de un mercader afirmando que no sabe de qué solución de problemas económicos habla el caballero y que, si le da una prueba clara e incuestionable de ello, no dudará ni un instante en afirmar que la política económica de la que habla es digna de alabanza.

Lo que sigue ya es conocido: se encoleriza el hidalgo, trata de acometer a los mercaderes, tropieza su economía particular (aquí llamada Rocinante), cae por los suelos maltrecho y uno de los mozos de mula que acompañaba a los mercaderes (cualquiera de las agencias de calificación inspiradoras de la política económica europea, cuando no el propio BCE o, con el tiempo, el propio electorado) «tomó la lanza, y, después de haberla hecho pedazos, con uno de ellos comenzó a dar a nuestro don Quijote tantos palos que, a despecho y pesar de sus armas, le molió como cibera. Dábanle voces sus amos (la comisión europea, por ejemplo) que no le diese tanto y que le dejase, pero estaba ya el mozo picado y no quiso dejar el juego hasta envidar todo el resto de su cólera; y, acudiendo por los demás trozos de la lanza, los acabó de deshacer sobre el miserable caído, que, con toda aquella tempestad de palos que sobre él veía, no cerraba la boca, amenazando al cielo y a la tierra, y a los malandrines, que tal le parecían».

Sonreí tras el almuerzo literario y cuando me dirigía a otros menesteres solo se me ocurrió decir por lo bajo: «Y eso que no he salido de los capítulos IV y VIII…».


Artículo publicado en Teldeactualidad