Pero, ¿también la Escuela Municipal de Música…?

La crisis, explícitamente económica, implícitamente social, que estamos padeciendo terminará en algún momento, aunque ahora ese instante lo veamos lejano a tenor de lo prolongada que está siendo y de la cantidad de fases que está recorriendo. Esta es una crisis laberíntica donde los trayectos son, por una parte, pasadizos llenos de espejismos en forma de leyes, silencios e imposiciones dictatoriales; y, por la otra, túneles en los que no vemos nunca el final, solo una bifurcación en el horizonte que nos conduce a otros caminos (y a otros, y a otros más…) mientras buscamos, con agotamiento y hartazgo, la luz que nos debe indicar dónde está la salida. Así es esta crisis que, repito, acabará pasando del mismo modo que pasan las estaciones, los años, las vidas…

Nosotros, el pueblo, tenemos la obligación de que haya una constancia por escrito del actual deambular de esta larga crisis pasajera por la existencia de nuestros coetáneos y de nuestros vecinos. Como testigos que somos de lo que está sucediendo, tenemos que fijar para la historia cuanto antes qué fue lo que pasó y está pasando; quiénes, entre tantos sacrificios, están teniendo algo de ese necesario valor moral del liderazgo que sirve para construir la esperanza; y quiénes, como gestores públicos de alto nivel, desertan permanentemente del sentido común y de su labor de salvaguarda de la sociedad que representan, bien por su debilidad de ánimo, bien por su escasa fortuna intelectual. Los héroes y los que jamás podrán llegar a serlo forman parte de esa memoria colectiva que debemos conservar y trasladar a las generaciones llamadas a sucedernos.

Es necesario, fundamental, ineludible… que estas conozcan cuanto antes el nombre y los hechos de aquellos que hoy en día, bajo el cobarde caparazón de sus necesidades cubiertas, defienden como única solución a los problemas de tesorería el hacer buena la expresión “muerto el perro, se acabó la rabia”.  Hay que señalarlos, marcarlos con la letra escarlata de nuestro desprecio, cuando los veamos sostener que ese “perro” que debe aniquilarse es, ante todo, el que lleva las palabras “educación” y “cultura” impresas en su collar; y hay que hacerlo cuanto antes, pues son rápidos en dar órdenes e inmisericordes en exigir su cumplimiento: no han terminado aún de esbozar las virtudes teóricas de matar al cánido cuando el verdugo de la sinrazón ya las ha convertido en una crudelísima realidad.

Alguien tendrá que contar a los hijos de estos antihéroes que sus padres prefieren, cuando se sienten generosos y lúcidos, que de cien solo coman veinte; a pesar de que basta con un poco de su buena voluntad para que el consenso y el raciocinio permitan que nadie sucumba de inanición, aunque para ello se rebajen las raciones y sus valores nutritivos sean menores a los de antaño. Díganles que están actuando de manera poco ejemplar y reprochable; y que están causando muchísimo dolor en muchas familias que ellos no conocen, que no saben si quiera que existen, pero que están ahí, a su alrededor, contribuyendo desde su parcela a que su mundo funcione: son las familias del chófer de guagua que los lleva al colegio, del jardinero, del docente, de los trabajadores sanitarios… y las de los comerciales, los autónomos, los distribuidores, los que trabajan en los medios de comunicación, la gente de la hostelería… Enumérenles quiénes son todos los damnificados de esta crisis y procuren que les quede muy claro que lo son porque sus progenitores, en la parte que les tocaba de gestión pública del asunto, han actuado como lo han hecho por comodidad o por ignorancia, quizás; posiblemente, por indolencia o egolatría; o por un sonriente “automesianismo” descontrolado… Da igual los porqués; es el qué lo que está haciendo daño.

Por favor, expliquen a estos descendientes que son los hijos de los que nunca serán llamados a merecer la admiración, el respeto, la gratitud y el reconocimiento populares, pues estos nobles galardones están reservados para aquellos que, frente a las adversidades de la crisis, logran, por un lado, que no se desgarre el frágil tejido social, cosido con los hilos dorados de un pan que no ha de faltar, un trabajo para sobrevivir y un techo que debe cobijar; y, por el otro, que sigan erigidos los templos donde se hilvanan las señas de identidad popular que les pertenecen también y que les son propias: llámense bibliotecas o museos, identifíquense como centros educativos…, reconózcase como Escuela Municipal de Música, Danza y Teatro de Telde.


Artículo publicado en Teldeactualidad [1] y [2]