El príncipe debe reinar y otros textos políticos

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ISBN: 978-84-96577-06-0 / Depósito Legal: GC 1309-2013

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  • ¿Es posible la existencia de una institución como la monárquica en un Estado regido por principios republicanos? Hasta cierto punto, sí; puede llegar a ser posible. ¿Cómo? Atendiendo al principio de legitimación popular; o sea, que el acceso a la máxima institución se construya sobre la voluntad del pueblo y no sobre la base de una continuidad de signo biológico.
  • Todos los que ejerzan una representación pública deben regirse por el principio del mérito. Hasta en el Vaticano, un estado absolutista, el mérito rige la elección del romano pontífice. La búsqueda del mérito es ajena a todo consentimiento basado en el referido signo biológico: las virtudes del padre no son extensibles a las del hijo, ni viceversa.
  • La legitimación del actual monarca ha conllevado el despliegue de una formación del heredero singular. Esta preparación ha traído consigo una inversión que ha corrido a cargo del pueblo. No es razonable echar por tierra este gasto implantando un sistema republicano sin más. Es como financiar una obra pública para que luego no pueda ser utilizada.
  • Toda propuesta formulada con respeto debe ser atendida con respeto. Toda acción expuesta sobre la base de la libertad de expresión es merecedora de gozar de una oportunidad para ser replicada siguiendo la referida libertad de expresión.
  • Todas las acciones que deban realizarse para el beneficio del Estado deben basarse en fórmulas que eviten la guerra en cualquiera de sus formas y han de sostenerse sobre una voluntad generosa de servicio público sin más contraprestaciones de las estrictamente necesarias: un pago justo y equilibrado, una promoción personal adecuada y circunscrita a los méritos contraidos a posteriori, nunca a priori.
  • La igualdad debe construirse sobre la consideración del género humano como tal y no sobre los estados o circunstancias puntuales de cada ser humano: nadie es más que nadie.

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Los once textos que conforman este pequeño volumen (1 + 10, para ser más precisos) fueron compuestos y publicados, menos el primero, que es inédito, en diferentes fechas, aunque en un mismo medio y bajo una misma consigna: dejar constancia a mi estilo, por un lado, de mi profundo malestar y preocupación hacia cómo percibo lo que podríamos denominar como el estado del Estado, a pesar de que solo lo haga a través de temas muy puntuales, un tanto localistas, en ocasiones, y con los representantes políticos como epicentro de mis particulares lanzamientos de saetas; por el otro, contribuir humildemente con la sociedad a la que pertenezco ofreciendo algunas reflexiones que pueden ser de ayuda para movilizar conciencias y labrar opiniones, aunque asumo y entiendo que mis juicios o una parte de ellos puedan causar indiferencia (espero que no desdén) en quienes me honren con su lectura. Lo importante, en este sentido y siempre desde mi punto de vista, es no callar, no hacer del silencio un argumento para la desinhibición de los profanos y la ambición, no necesariamente crematística, de los gestores públicos. Hay que hablar, sí, desde el respeto, pero con libertad; desde la presunción de inocencia y capacitación de los asaeteados, pero con la debida firmeza y la esperable buena voluntad. Hay que hablar y no callar, y no consentir y, sobre todo, en la medida de lo posible, de la indolencia huir. Nada malo ni dañino contienen estas páginas porque para ningún mal ni daño nacieron. Al fin y al cabo, los libros no comienzan por el principio, sino por los principios, y los que me mueven a ofrecerte el que tienes en tus manos están llenos de bondad, aunque en su aspecto formal se muestren tan ajenos al ingenio.

Como podrás ver en el índice de la contracubierta, he dividido el libro en dos bloques. En el primero está, como podrás deducir por el título de este volumen, el texto más representativo, el inédito, el novedoso; el que, como los vampiros, nunca ha visto la luz. Lo he titulado El príncipe debe reinar. Fue compuesto entre los días 18 y 22 de julio del presente año.

Ciudadanos, miembros de este senado de los egos, ante ustedes me presento hoy, aquí, ahora y así, para dar cuenta de lo que sé que no me han pedido que diga, mas tampoco que calle; para transmitir con palabras lo que no debo silenciar, pues uno más de ustedes soy, les pertenezco y me pertenecen, y cuanto deseo expresar, comoquiera que no me es ajeno en interés, entiendo que no es ajeno al de ustedes. Creo tener la solución a un conflicto y no compartirla sería faltar a mi obligación cívica de hacer lo posible por contribuir a la mejora del mundo que nos cerca y que cercano nos es.

Saben que podría callar y olvidar; pero si lo hago, estaré aceptando que los hechos son como son y, por lo tanto, que son como tienen que ser y como de ninguna otra manera pueden o deben ser. En cambio, si hablo, podré mostrarles que no doy mi consentimiento a que suceda lo previsto sin aportar una alternativa que me satisface en sus formas y que veo factible en sus modos, ya que su realización solo obedece a la buena voluntad de quienes, pudiendo ponerla en práctica, deciden que hay que ponerla en práctica. No pido el imposible cambio de lugar de los océanos, ni que gire la Tierra en sentido contrario al que lo hace o que la muerte ya no cumpla con su necesaria función, pues ningún humano es capaz de alterar el que los mares se hallen donde están, que nuestro planeta se mueva como siempre lo ha hecho o que la vida abandone el cuerpo; no hablo, insisto, mis ciudadanos, de lo imposible desde una literatura con tintes verosímiles, sino del planteamiento de una solución veraz que deberá atenderse sin ataduras ideológicas ni amarres mercantiles. […]

Es esta una democracia que sostiene la libertad de expresión, afirmo. ¿Debo preguntarlo? ¿Debo preguntarles si es esta una democracia que defiende la libertad de expresión? No es baladí mi pregunta, pues me dirijo a ustedes convencido de que no pasa nada si mis ideas no les convencen; tampoco, si les atraen. No pasa nada si no están de acuerdo conmigo. No pasa nada si no estoy de acuerdo con lo que escriben. No pasa nada si considero que no se merece una persona equis homenaje alguno. No pasa nada si no estoy de acuerdo con lo que ha decidido la mayoría, bastará con que lo respete. ¿Digo algo inaceptable? […]

Confiado, pues, en que su curiosidad les permitirá atender el ruego expuesto, y tranquilo gracias al convencimiento que tengo sobre la consolidación entre nosotros de la reiterada hasta la saciedad libertad de expresión, me dirijo a ustedes para pedirles, de entrada, que echen una mirada a las últimas tres décadas de nuestro país, grosso modo. Tracen una línea imaginaria y divídanla en cuatro partes: en el primer segmento, reconoceremos a la Transición, que para este que les habla concluyó en 1978, cuando se firmó nuestra Carta Magna, el principio del camino; las otras tres partes corresponden a los treinta años aludidos. […]

Con el ascenso al trono del que pasaría a ser conocido como Felipe VI daría comienzo, según la propuesta que ya voy poco a poco perfilándoles, la Segunda Transición. Sé que mi defendido republicanismo choca de frente con la defensa de un nuevo monarca y es ahora cuando les pido la mayor de sus atenciones para que mi mensaje no quede trastocado por interpretaciones ajenas a la voluntad que mueve el dictado de estas palabras que les dirijo. […]

¿Qué debe ser un Jefe de Estado? Un símbolo de concordia y cohesión, sí, pero además un fiscalizador de los tres poderes sobre los que ha de sostener su labor: el ejecutivo, el judicial y el legislativo. Esa ha de ser su gran misión y la de quienes puedan acceder a la Jefatura del Estado si Felipe VI no recibiese el visto bueno del pueblo tras los primeros cuatro, ocho, doce, dieciséis… años de estancia donde reside la representación nacional. La base de esta Segunda Transición hacia ese Estado transparente, justo y progresista debe comenzar a construirse sobre el ejemplo que representa una posible alternancia en la Jefatura del Estado; de ahí que me resulte imposible no concebir el que haya otra persona en lugar del actual Juan Carlos I o del futuro Felipe VI. […]

Mas soy pesimista. No puedo evitar el pensar que mis palabras caerán en saco roto. No me apena que así sea, si son contraargumentadas con la razón, el respeto, el pensamiento constructivo, etc., pero no sé hasta qué punto así serán reprendidas por los contrarios a mi solución. Percibo a mi alrededor desconfianza, orgullo malsano, desvirtuada aristocracia, espíritu de casta… entre quienes están llamados a representarnos, mis ciudadanos, y así, con esta realidad que identifico, es imposible que se dé el marco práctico adecuado para una sociedad en la que sea posible que reine, hágase por ahora bueno el verbo: la buena fe, la concordia, la convivencia, la democracia, la dignidad, la hermandad, la igualdad, la justicia, el orden, el progreso, el respeto, la solidaridad, la tolerancia y, sobre todos, la paz y la libertad. […]

El segundo bloque, denominado Otros textos políticos, contiene la segunda versión de diez artículos que, como ya he señalado al principio, fueron publicados inicialmente en un mismo medio (Teldeactualidad.com), aunque en diferentes fechas. A saber:

Las escuelas infantiles, otro error del gobierno (“Un desaguisado gubernamental: las escuelas infantiles“). 1 de diciembre de 2011

Una política encrucijada judicial (“Una dable encrucijada judicial“). 11 de enero de 2012

Dos apuntes sobre un real derrocamiento (“Dos notas sobre un derrocamiento“). 20 de abril de 2012

Una previsible estrategia política (“Una histórica estrategia política“). 15 de mayo de 2012

Retales sobre esta crisis (“Retales para una crisis“). 21 de mayo de 2012

La del caudillaje sombra siniestra (“El horror como sombra alargada“). 5 de junio de 2012

Ego, sorderas y otros naufragios (“Una inquietante absurdidad (emulando a Gila)“). 10 de junio de 2012

Analogías quijotescas (“Marchando una del Quijote“). 14 de junio de 2012

Un plectro para que a la infamia evoque (“Pero, ¿también la Escuela Municipal de Música…?“). 14 de agosto de 2012

Dilema para un quijote nuevo (“Un nuevo quijote“). 5 de marzo de 2012

He querido que estos once textos sean la primera piedra de un proyecto editorial que me llena de ilusión: la Biblioteca de textos sadalónicos; o lo que es lo mismo, la pequeña y sencilla parcelita, limítrofe con los sueños y las hermosas intenciones, donde espero ir plantando y cosechando los próximos frutos textuales que deseo ofrecerte. Nada me complacería más que, sin llegar a ser los mejores que hayas probado, sean, al menos, sabrosos y gratos a tu entendimiento, aunque deba confesarte que ahora mismo me conformo con que sean comestibles.

La razón de que hayan sido estos textos los que inauguren la referida biblioteca y no otros (pienso, por ejemplo en el inminente Quijote (1615) tuneado) se ubica en la íntima relación que mantienen con los que aparecen en mi querido Moiras chacaritas [Anroart Ediciones, 2010], la obra con la que no me hubiese importado concluir mi periplo de juntaletras. Aunque las que le han precedido y seguido gocen, como no puede ser de otro modo, de mi querencia, Moiras es…

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[el autor enjuga una lágrima de emoción.

Tras cinco minutos de ausencia, retoma la escritura]

No quiero finalizar esta introducción sin expresar mi más profundo agradecimiento a cuatro personas esenciales para que este libro esté en tus manos: en primer lugar, a Carmelo J. Ojeda, director de Teldeactualidad.com, por haberme abierto las puertas de su medio desde que se fundó y, en consecuencia, por haber concedido a mis escritos, con la publicación y difusión de estos, el lustre que mi cortedad no ha sabido darles.

En segundo lugar, gracias a Jorge A. Liria Rodríguez, por no decir nunca no a las no pocas majaderías editoriales que le propongo; al contrario, su cariño y generosidad tienen la virtud de transformar una febril locura escritora en un apacible remanso libresco. Gracias, Jorge, por hacer realidad esta parcelita.

El tercer lugar de mis agradecimientos es para Patri Franz Santana, por sus certeros juicios y enriquecedoras opiniones; por la revisión de los originales de este tomo, hecha en horas y momentos intempestivos; y por su paciencia, por su santa paciencia, pues, sin habernos descabalgado del todo de la segunda edición del Vademécum del Ámbito de comunicación nos hemos subido a la grupa de este príncipe que debe reinar.

Por último, quiero dar las gracias a mi hermana Nuria por las maravillosas ilustraciones que contiene este libro y que dan buena muestra del enorme talento creador que atesora; pues, a la hermosura de lo hecho, se le ha de sumar la capacidad para plasmar la esencia de los escritos que iluminan sus imágenes y, de paso, la diligencia en la realización del encargo. Ya lo he dicho en un par de ocasiones y no me duelen prendas hacerlo ahora de nuevo: con el tiempo, terminaré publicando lo que sea con tal de recibir la bendición de las “palabras visuales” de mi hermana, ya que estas, por sí mismas, otorgan a cada libro en las que aparecen la conciencia en el lector y el artista de que su adquisición es ineludible.

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En sus manos dejo el refugio donde deberás descansar con deleite si, en el transcurso de la lectura de las próximas páginas, hallas obstáculos donde esperabas llanezas; asperezas, donde diafanidad… Si así fuera, repito, sosiégate en las imágenes y concédeme el perdón que de antemano te solicito por no haber sabido ofrecer lo poco bueno que tengo y que me apetecía compartir contigo.

Que así sea.

Vecindario (Santa Lucía de Tirajana), 1 de septiembre de 2013


Artículo publicado en
Canarias Cultura