El “Romancero sureño” de Faneque Hernández

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Faneque Hernández: Romancero sureño (Mercurio Editorial, 2014)

Prólogo: Francisco Tarajano Pérez

Edición y preliminar: Victoriano Santana Sanjurjo.


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PÁGINA IMPAR

DE LAS ARTES

· Manifiesto primigenio
· Soneto de los cuatro poetas
· Agüimes en palabras
· Juglar del viento sureño

· Diana y Acteón
· Oda a Mark Rothko
· Retrato del vencedor
· Retrato de la dama blanca
· Icono mitológico

DE LAS PATRIAS

· Archipiélago.

Patria chica I. El Hierro
· El ocaso del Garoé
· Mapa de El Hierro

Patria chica II. Agüimes
· Romance de Agüimes
· Templo de San Sebastián
· Las caras del Aguayro

PÁGINA PAR

DE LOS AMORES

Notas del diario
· Retrato de Nayra
· Retrato de Aitami
· Alfar
· Bautizo de trucha
· Río grande
· Añorándote

Elegías a la muerte de mi madre
· América redescubierta
· Voladores de esperanza
· Día aciago
· Epitafio
· Soneto a la última princesa de Gáldar

Rebeldías
· Naufragio de la vida
· Cuento infantil solidario
· Desafío y muerte de Doramas


Romancero—sur

En el principio, el verbo; ese todo en el que se encierran los cuatro elementos clave de nuestro viaje literario hacia el sur del cielo: el fuego, que llamamos arte; la tierra, que es la patria; los amores son el agua; y, en forma de tiempo, el aire. Cuatro elementos, cuatro sellos del alma indelebles, cuatro coordenadas que moldean, en el alfar de la eternidad, las columnas que sostienen el templo de nuestro poemario; esa firme, sólida, indestructible edificación poética de Faneque Hernández compuesta de bloques léxicos fortalecidos en el horno de los símbolos representativos, aquellos que atesoran una profunda carga connotativa, tanto lingüística como emocional: aliteración, alzado, asonancia, bondad, canariedad, compañera, compromiso, defensa, dignidad, El Hierro, encabalgamiento, escultura, expresión, familia, futuro, hipérbaton, historia, hogar, honradez, identidad, igualdad, impresión, justicia, libertad, literatura, lucha, muerte, nobleza, orgullo, oriundez, pasado, pedagogía, pintura, poesía, presente, raíz, rebeldía, sangre, unidad, veracidad, vida y, como enumera el maestro Tarajano en su hermoso prólogo a nuestro título: Agüimes, Gáldar, Arucas, Temisas, Roque Aguayro, Roque Nublo, Bentayga, Abenchara, Guayarmina, Doramas, Masequera, Tenesor, Canarias, Canarias, Canarias…

Del verbo proceden los elementos; de estos, las palabras. De la convivencia de estas, nacen los pueblos en forma de mensajes esculpidos en las piedras de la conciencia, piedras de la tierra que nadie borrará y que ninguna inclemencia en forma de indolencia o desdén llegará a desbaratar. Así, entre pueblos metafóricos, nace un romancero, una talla donde se incrustan las formas de nuestras pintaderas particulares, las que nos identifican y que identificamos; y, sobre todo, en las que nos sentimos identificados. En este objeto mágico se escriben las historias de nuestras luchas por la supervivencia con los grafemas e ideogramas de nuestro sudor, nuestra sangre y nuestras lágrimas. Y todo ello, como siempre, como no puede ser de otro modo, en la misma tierra donde habitan los hombres; es decir, al sur del cielo.

Versos—poesía

Debo reconocer que cuando concebí el proyecto de la Biblioteca Canaria de Lecturas (BCL) nunca se asentó en mis pensamientos la posibilidad de que algún poemario formase parte de esta colección. Cierto es que jamás hubo un taxativo «poemas, no»; pero si consideramos que mis tendencias lectoras y escritoras se inclinan sobremanera hacia lo que no se muestra en verso, ni atiende a la métrica, ni responde al término “estrofa”, no es difícil concluir que no hubo ocasión alguna en la que me plantease cualquier trabajo editorial ajeno a lo que no estuviese en prosa.

Si se me pregunta cuál debe ser la frontera entre un sí y un no para que una obra en verso se publique en la BCL, mi respuesta no puede ser otra que la que me dicta mi concepción estética sobre lo que considero que es válido para un texto literario. ¿Subjetiva concepción? Sí, claro, por supuesto; pero no caprichosa, pues se funda en una conclusión que, según cómo se mire, no es muy descabellada, aunque para algunos pueda llegar a ser discutible. Es esta: por muy prodigiosos que sean los pertrechos técnicos que atesore una creación artística, literaria, cultural…, su validez, al menos como producto destinado a la generación de catarsis, siempre quedará supeditada a una respuesta muy concreta por parte de quien acceda a él: que le guste lo creado, que le atraiga, que logre lo hecho conciliar al receptor con lo que recibe y, de paso, con quien se lo remite.

Si, a mi juicio, lo compuesto merece la pena que sea leído y, por extensión, compartido y difundido, porque, en primera instancia, me gusta, me atrae y logra que eleve a mis altares de la creación artística, literaria, cultural… a su autor, entonces deberé hacer lo posible y, hasta donde pueda, lo imposible por que tenga habitación en la BCL. Y aquí, coincidirás conmigo, supongo, pocos distingos cabe hacer entre la prosa y el verso.

Lo que se percibe o concibe como carente de calidad no debe conllevar interés alguno por su publicación; sí, en cambio, lo que se reconozca como una excelencia. Ese es o debe ser el máximo principio de toda labor editorial cuando se ejerce sobre la voluntad de contribuir al engrandecimiento del patrimonio bibliográfico de una lengua; al margen, qué duda cabe, de que como lector o crítico se esté o no de acuerdo con los criterios que asuman los encargados de la tarea editora a la hora de dictaminar que lo compuesto merece el calificativo de “apto para ser conservado y difundido” o, como ocurre en la mayoría de los casos, “adecuado para que sea olvidado”.

En lo tocante a la obra que nos convoca, me he visto en la obligación deontológica, como editor, de hacer lo posible por que este Romancero sureño viese la luz, a pesar, repito, de que lo más normal o, mejor dicho, lo habitual hubiese sido que mi inclinación no me condujese a mostrar mucho interés por los textos en verso, más que nada porque como lector no suelo atenderlos como lo hago con la prosa. Sé que si quisieras desdecir mis palabras dirías que el tomo 1 de la BCL contiene poemas (y muy buenos, te apuntaría yo, pues excelente poeta es Julio Pérez Tejera), mas yo te recordaría que Caleidoscopio, la obra de la que estaríamos hablando, está, ante todo, conformada por las narraciones en prosa que, en su mayoría, proceden del sublime Y tú no te acordarás… y otros relatos (2011), que me cautivó en su momento y sobre el que no he dejado de pensar en todos estos años con la calidez propia de quienes custodian un tesoro.

Pero con el Romancero sureño me ocurrió lo que, por lo general, no suelo esperar que suceda: que estando constituido en su totalidad por poemas, caí en el deseo de hacer cuanto estuviera de mi mano para verlos en la BCL. ¿Por qué? Según lo expuesto hasta ahora, la respuesta es evidente, ¿no?: porque poseen todas y cada una de las piezas que componen este volumen las cualidades sobre las que construyo mi concepción estética de lo que debe poseer una obra literaria; lo que me lleva a manifestar, exteriorizar, proclamar y compartir la enorme satisfacción que me ha producido y produce la lectura de este, magistral en lo poético, romancero.

Permíteme, antes de proseguir, que dé rienda suelta a esa pedantería tan propia de mí para fijar el alcance de algunos términos que considero esenciales: los vocablos “poesía” y “poético” nada tienen que ver, en mi señalada visión literaria, con “poemas” o “versos”, pues no todos los poemas poseen poesía, ni son poéticos necesariamente todos los textos que se nos presentan en verso. La poesía y lo poético son cualidades inherentes a todo texto literario. Todos y cada uno de los volúmenes que conforman la BCL están constituidos por obras que rezuman poesía, aunque su disposición cubra el espacio de la caja textual o se distribuya en tiras versales. Como honra a nuestra colección este Romancero sureño, se concluye que sus páginas, llenas de hermosos versos, están repletas de poesía.

Hacia el poeta

Lo primero que leí de Faneque Hernández fue La reina de Canaria (Cam PDS, 2010). Nos conocíamos de otros frentes y encuentros profesionales, pero nunca en lo literario. En una de las halladas, me dio un ejemplar de esta obra. Por lo general, suelo tomarme mi tiempo cuando llegan a mis manos libros que no tenía previsto leer; y así debería haber ocurrido con el citado si no fuera por la feliz circunstancia de que, hojeándolo, caí en la página 68, en la que se cuenta la muerte de Doramas. Cuál no sería mi asombro cuando descubrí en sus versos la fortaleza narrativa propia de los autores de cantares de gesta medievales: musicalidad en los versos, asimilados en la lectura como pareados aunque fuese perceptible su condición de bimembres con una clara cesura entre los dos hemistiquios; construcción de los hechos que mantiene en vilo al lector (los que eran oyentes en el Medievo); verosimilitud en la expresión… Ni que decir tiene que el libro fue devorado con rapidez, pues a su calidad poética se le debía sumar su brevedad (la obra no llega a cien páginas escritas con letras de tamaño medio y en formato inferior al octavo).

Ese fue el primer Faneque literario que conocí. Su valía como poeta quedó confirmada para mí con su segunda obra, Cantos de mestizaje (Cam PDS, 2011). El deleite que me produjo en La reina… la lectura de los romances sobre la Reina de Canaria y el Caballero de Soria se vio incrementado con el de las guayarminas de Cantos…; lo que me predispuso para que, en abril de este año, en la jornada anual de lecturas que celebra el IES José Zerpa, disfrutase de la extraordinaria capacidad de nuestro autor para romancear nuestra historia primigenia gracias a la lectura que hizo de su “Desafío y muerte de Doramas”, la magnífica composición con la que se cierra este Romancero sureño y el mejor argumento que cabe sostener para que se termine de convencer su autor de la necesidad de continuar con esta línea creativa tan fecunda como hermosa, tan necesaria como práctica, pues nunca antes fue mostrado el origen de nuestro pueblo con el rigor histórico, la destreza literaria y la accesibilidad pedagógica con los que nuestro escritor logra acercarnos a una etapa de la historia de Canarias que, por una razón u otra, siempre se ha mostrado con más aspereza que suavidad, con menos voluntad de exactitud que deseos de componer mosaicos de abalorios acientíficos.

Por eso del instinto de editor que uno va afinando con las escrituras, lecturas y proyectos editoriales, tras escuchar y degustar su “Desafío…” y tener presente sus publicaciones de 2010 y 2011 vi con claridad que no debía perder la pista de este autor y que, atento a la parcelita minúscula de conservación del patrimonio lingüístico que había asumido cuidar y difundir, tenía la obligación de proponerle algún proyecto editorial que nos pudiese vincular. Florecía en el jardín de mis convicciones una que se ha confirmado con este libro: que Faneque debía tener muchas otras composiciones de mucha calidad y que no habían visto la luz porque, quizás, nadie le había hecho una propuesta formal para que se publicasen; y él, amparado en su humildad como autor, tampoco tuvo ánimos para ofrecerlas.

En octubre, por circunstancias que no vienen al caso detallar, tuve la inmensa fortuna de cerrar con él un encuentro con mi alumnado de segundo curso del Programa de Cualificación Profesional Inicial del IES José Zerpa, donde ejerzo placenteramente mi labor docente. El eje sobre el que se vertebró su participación lo constituyó el referido poema “Desafío y muerte de Doramas”. Recordaba las excelencias de esta composición y no quise perder la oportunidad de compartirlas con mi alumnado y, al mismo tiempo, que mis discentes disfrutasen del enorme bagaje de conocimientos históricos y literarios del autor que nos ocupa, quien, además, como docente, supo articular una sesión de trabajo que duró dos horas seguidas y que se convirtió en uno de los momentos más deliciosos que tanto los estudiantes como un servidor hemos tenido dentro de un aula escolar.

Fue entonces cuando, sin dudarlo ni un instante, me lancé con la propuesta de publicar sus poemas, los otros, los desconocidos, los que sabía que debía tener custodiados en un cajón. De ese envite, nació este Romancero sureño, que luego se vio incrementado por otro poemario paralelo que también aguardaba mejores tiempos, Ars amandi, y que había sido elaborado durante el periodo en el que se publicaron La reina… y Cantos… Ambos grupos poéticos se han fusionado en este volumen. La flor de mi convicción quedó expuesta en todo su esplendor: efectivamente, Faneque tenía muchas otras composiciones de calidad que custodiaba en un cajón y que, mostradas, han dado y dan buena fe de su magnífico quehacer como poeta.

Una prueba de esta afirmación hay que verla en la circunstancia de que este libro nació ya hecho; o sea, que no he tenido que esperar como editor a que su autor terminase nada. Todo ya estaba moldeado, cincelado, horneado, cerrado y sellado; señal inequívoca de un trabajo poético silencioso y abnegado por parte de Faneque, pues buena parte de lo que contiene este libro es inédito.

La única tarea que quedaba por resolver con la fusión de los poemarios antes expuesta no era otra que la disposición de las composiciones de manera que la obra atesorase los exigibles niveles de cohesión y coherencia conceptual acordes con la voluntad poética de su autor. El lector debía acceder a un universo textual donde todas las partes constituyesen una unidad creativa sólida para que la experiencia lectora se desarrollase a través de una travesía bien guiada por los sentimientos y las sensaciones, por las connotaciones y los juegos retóricos. En esta tarea nos centramos tanto el autor como quien, orgulloso por el resultado y privilegiado por la relación, esto te escribe.

Partíamos de una premisa inicial que condicionaba el trayecto: la variedad temática, que debía ser tenida en cuenta para expandir las posibilidades significativas del poemario. Se dio en la confección de esta ruta lectora una curiosa situación: siendo nuestro romancero el tercer título de nuestro autor, la obra no se situaba por su contenido como el resultado de una evolución compositiva, sino que se ubicaba en el estadio anterior al de sus publicaciones de 2010 y 2011. En este sentido, el último poema de este libro, el alabado “Desafío y muerte de Doramas”, sirve de preliminar, de puerta de entrada; en suma, de anuncio de los otros volúmenes.

Esta circunstancia me parece fascinante y significativa, puesto que permite, en la formalización del referido universo textual, que sea posible atisbar en este libro cierto espíritu de ágape, presente en la relación literaria que mantiene el anfitrión (nuestro autor) con sus invitados (nosotros, que somos sus lectores) y que se traduce en una primera y escueta sinopsis de esta obra: el Romancero sureño es, ante todo, un ofrecimiento al lector de todo aquello que sirve para entender cómo fraguan en el autor los esenciales pilares de su vida, conformados por las metafóricas columnas antes identificadas como arte, patria, amores y tiempo. En este ofrecimiento, en esta entrega, el receptor accede a una cosmovisión que podrá luego cotejar con la suya. Será la complacencia lectora que le produzca esta obra la que, de una manera u otra, terminará por hacer que asimile lo leído con su particular manera de interpretar el mundo.

Los contenidos…

Te pido ahora, por favor, que vuelvas nuevamente sobre tus pasos y que mires con más detenimiento la tabla de contenidos de este libro. Deja al margen la entrada referida al preliminar y conserva en tu memoria la existencia de un precioso prólogo, firmado por el maestro de maestros Francisco Tarajano Pérez, que deberás leer tan pronto como hayas terminado con la lectura de estas páginas que te dirijo y que, con todo el derecho del mundo, podrás calificar de fatigosas. No te preocupes. Entiendo a la perfección tu calificación; la entiendo y la asumo con beatífica resignación, en buena medida gracias a la tranquilidad de conciencia que da el saber que las evidentes carencias como juntaletras que poseo no desdoran la verdad que subyace en estas páginas. Prosigo, pues, con la paz en mi ánimo, ya que las amarguras preliminares serán diezmadas por las dulzuras prologales.

Atravesadas las fronteras que anteceden al poemario, verás una relación de composiciones distribuidas en cuatro grandes bloques: De las artes, De las patrias, De los amores y Rebeldías. Tienes toda la razón del mundo cuando reclamas, a tenor de lo dicho con anterioridad a propósito de los elementos/columnas, la falta de un epígrafe que pueda denominarse De los tiempos y cuando, según lo expuesto hasta ahora, percibes que aparece uno identificado como “Rebeldías”. Mas esta ausencia/presencia o trueque de una expresión por otra no son el resultado de ninguna incompetencia a la hora de fijar las denominaciones, sino de un propósito claro que toma, por un lado, el elemento que nos falta, el tiempo, como aquello que está presente en todo momento en nuestro romancero, pues todo en él es evolución vital, camino, ruta, trayecto…; dicho de otro modo: mensajes elaborados en un escalón temporal concreto y que, en su deambular literario por las permanentes reescrituras de su autor y nuestras relecturas, se han transformado en muestras poéticas ancladas en la intemporalidad. El infinito también es una unidad de medida cronológica donde mora la poesía.

Por otro lado, surge en nuestro señalado propósito el espacio para las rebeldías, el compromiso con la conciencia social que debe llevarnos al mejor de los mundos posibles; lo que nos permite ligar el presente (“Naufragio de la vida” y “Cuento infantil solidario”) con el pasado (“Desafío y muerte de Doramas”). Esta circunstancia autoriza a que sus títulos anteriores (La reina de Canaria y Cantos de mestizaje), situados en el pasado, puedan volver a gozar de una posición de referencia en la actualidad.

El tiempo lo es todo en la vida y, en consecuencia, está presente en la de nuestro anfitrión, quien nos agasaja con una conexión entre el ayer y el hoy que, ingerida por nuestro entendimiento, nos debe capacitar para la asunción de un pacto con ese mañana que edificamos cada día.

La página impar de nuestra tabla de contenidos está compuesta por las artes y las patrias, que son el sustento formativo e inspirador sobre los que, en la página par, serán reconocidos como los amores y las rebeldías. El arte, en sus expresiones literarias y artísticas, se adquiere, se analiza, se planta en el jardín donde germina la estética intelectual; luego, se riega y se deja que al calor de los estímulos broten los mensajes. Las patrias, por su parte, determinan la identidad, las raíces que nutren los floridos contenidos en la sempiterna primavera de las convicciones.

Una vez que se poseen las esencias de las artes y de las patrias, el autor ya está en disposición de reconstruir con palabras lo que ha construido con el pensamiento, y todo ello desde el tiempo y con la esperanza de que lo hecho acceda a la órbita de la intemporalidad. Es así como se transcriben “los hechos emocionales”, constituidos en nuestro poemario sobre las parcelas representadas por los amores y las rebeldías. De esta manera, en una equilibrada disposición de los contenidos, logra nuestro autor transmitir la sensación de coherencia hacia la finalidad de ofrecernos el orden interno de su universo personal.

… de la impar

Mas adentrémonos en el templo, pues su arquitectura bien merece la pena que se tenga en cuenta, ya que es uno de los aciertos más notables de la obra que nos ocupa. En la primera parte De las artes, el autor declara algunas de las que deben concebirse como adhesiones literarias particulares, gracias a las cuales logrará configurar su lenguaje poético. La primera de todas es la que tiene con el insigne Jorge Manrique (1440-1479), quien le dará su copla de pie quebrado y el símbolo universal del tiempo que pasa (el río que desemboca en el mar). Así nace su Manifiesto primigenio, donde declara que algo mayor y sin destrezas se adentra en el arte de componer, y donde fija una analogía entre la creación de poemas y la propia vida: «Casar con rima vibrante, / tensar la justa medida / de los versos / es en sí apasionante; / como lo es la propia vida / con sus riesgos».

En Soneto de los cuatro poetas se consolida un término clave para el ideario creativo de Faneque: libertad. A través de las menciones a los cuatro poetas apuntados en la composición (Federico García Lorca, Miguel Hernández, Rafael Alberti y Gabriel Celaya), nuestro autor, en un soneto, hace una escueta y precisa antología de piezas que para él son significativas: de Lorca toma el “Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla”, presente en su Romancero gitano (1928), una obra que sirve como referencia complementaria al título de nuestro poemario (que nace primordialmente sobre la base del romancero medieval); de Miguel Hernández, su «Me tiraste un limón, y tan amargo» y su abrumadora “Elegía a Ramón Sijé”; de Alberti, “La paloma”, a la que acompaña en su búsqueda del camino adecuado, que terminará hallando en el cuarto poeta, Celaya, de quien asume como propio su poema más conocido: “La poesía es un arma cargada de futuro”. Cuatro poetas en busca de la palabra libertad desde una posición de lucha (importante matiz) y un poeta que la halla en la aprehensión del término que da sentido a su soneto.

Agüimes, el lugar donde ancló su alma y dio fin a «la eterna singladura / de un errante», una de las dos patrias chicas de nuestro autor, como suele apuntar, es tierra de notables literatos que también han ejercido una importante influencia en Faneque. Es Agüimes en palabras, ante todo, un canto de gratitud al pueblo que lo recibe; a sus gentes, que lo acogen; y, por la parte que nos ocupa ahora, como versifica nuestro creador, a quienes «me guían como un faro», o sea, a sus hombres de letras. A saber: Joaquín Artiles (1903-1992), del que destaca su faceta de destacado medievalista; Orlando Hernández Martín (1936-1997), de quien recuerda su celebrado Auto sacramental de los Reyes Magos (1956) y Francisco Tarajano Pérez (1924), a quien reconoce, en su Juglar del viento sureño, la última composición de adhesión literaria de nuestro romancero, como «dilecto maestro poeta».

La figura del maestro Tarajano merece un apunte especial, pues cabe identificarlo, en la metáfora de faro, como la luz más brillante del camino literario guiado. De él asimila una parte de su estilo literario, aquella que se caracteriza por el uso de versos cortos, ingeniosos en lo conceptual, musicales en lo formal; poemas elaborados para que sean accesibles a un gran público y con una visión comunitaria muy evidente. Uno de los mejores ejemplos del peso que ejerce el ingeniense en este cuarto título de la BCL quizás quepa situarlo en “Cuento infantil solidario”.

Aunque los enumerados, con excepción de Manrique, son autores contemporáneos, Hernández es, ante todo, un gran deudor de esa literatura que se amarra a los cabos extendidos por el Romancero Viejo y por ese romancero que procede de raíces indígenas y que ha sido objeto de magistrales trabajos por parte del profesor Maximiano Trapero, a quien se nombra en La reina… Este espíritu de los romances, presente en todas sus composiciones y que lo entronca, en una parte de su estilo (lo acabo de apuntar), con el maestro Tarajano, se complementa en la otra por unas elevadas maneras expresivas que vinculan a nuestro escritor con unas muy bien traídas formas del culteranismo y conceptismo del siglo de oro español: de la primera, uso del hipérbaton y léxico muy cuidado; de la segunda, metáforas complejas y profusa simbología. Esto es perceptible en el segundo apartado del conjunto “De las artes”, donde Faneque da cuenta de las que podríamos nominar como adhesiones artísticas: “Diana y Acteón”, “Oda a Mark Rothko” o “Icono mitológico”. En estos poemas podemos apreciar las peculiaridades barrocas enumeradas. También son detectables en “Archipiélago”, un poema compuesto por versos esdrújulos que sirve de homenaje a uno de nuestros más célebres poetas áureos, el grancanario Cairasco de Figueroa.

Conviene resaltar en este Romancero sureño la perfecta conjunción de las partes expuestas, pues reflejan el extraordinario desarrollo sobre un mismo plano expresivo de un estilo bimembre que transmite al lector la certeza de que está ante un ejercicio literario maduro, firme, con personalidad propia. Aun cuando declara su vínculo al maestro Tarajano, de quien toma la esencia del romance como composición hecha para el pueblo por alguien del pueblo, nuestro autor sabe imprimir su propio sello estilístico de modo que sea posible fijar los márgenes de su ideario poético, compuesto, en líneas generales, por versos de arte menor, siempre asonantes, de esencia narrativa con el uso frecuente de encabalgamientos, con una predisposición al uso de aliteraciones y con un bagaje léxico que, tal y como expuse al principio de este preliminar, se nos muestra muy intenso en su carga cognoscitiva y con una singular capacidad para depositarse en el entendimiento del lector formando un sólido sedimento de sensaciones.

La exposición sobre la lengua poética de Faneque era necesaria porque, siguiendo la ruta trazada por la tabla de contenidos, representa el acceso de nuestro autor al estado donde se constituye su razón de ser literaria. La palabra aprendida se aprehende y se consolida una vez que ha sido cotejada con la de los otros referentes a los que ha accedido, en un primer estadio, como lector. En el horno de las lecturas se forjan los hierros de la creación literaria. Así, con los martillazos de la voluntad y el esfuerzo, se da forma al estilo. En la primera parte “De las artes”, nuestro autor nos ofrece algunas pinceladas de su nacimiento en la autoría literaria; en la segunda, en la mentada sobre las adhesiones artísticas, calibra para nosotros su sensibilidad compositiva.

Diana y Acteón es la más elocuente muestra de la conexión de nuestro autor con la literatura áurea española. Se trata de un poema basado en el mito clásico del cazador, Acteón, que es convertido en ciervo por la diosa Diana tras verla desnuda. Pero la composición de Faneque no se basa tanto en el episodio que narra Ovidio, entre otros autores que se han hecho eco del tema, como en la explicación de un cuadro de Tiziano en el que se representa la escena mitológica. Este cambio de punto de vista es determinante a la hora de fijar la posición del creador frente al objeto creado, ya que la belleza de este impresionante poema se articula en torno a una situación contemplativa y no frente a una posición narrativa. No importa tanto el relato del suceso, como la visión del cuadro en el que se relata el suceso.

Esta posición contemplativa se mantiene en la Oda a Mark Rothko. Del mismo modo que en las adhesiones literarias es perceptible el salto cronológico entre autores (del medieval Manrique se pasa a los contemporáneos y se consolidan partes del estilo en algunos escritores del siglo de oro), en las artísticas también se produce un desplazamiento en el tiempo, pues se va del corte clásico que representa Tiziano al expresionismo abstracto de Rothko. La pregunta ahora es inevitable: ¿Qué significado tiene, para la coherencia del Romancero sureño, estos cambios temporales? La respuesta solo puede venir ahora de otra pregunta: ¿Recuerdas cuando te hablé del tiempo y de su omnipresencia en nuestra obra? Las indicadas “posiciones” señalan el dominio espacial del autor frente al elemento inspirador; la conjunción de lo clásico con lo contemporáneo, su dominio del tiempo, lo que conduce a la intemporalidad de los mensajes: todos se mantienen siempre vigentes en la conciencia del lector.

El mejor ejemplo de conjunción espacio-temporal en las adhesiones artísticas está en los retratos ajedrecísticos, el del vencedor y el de la dama blanca: el primero, se construye sobre la mención a cuatro escultores modernos (Barlach, Boccioni, Smith y Gallardo); el segundo, hace lo propio con seis pintores de los siglos XVI y XVII (Rubens, Velázquez, Rembrandt, Murillo, Zurbarán y Valdés Leal). Arte eterno para unos versos llamados para la eternidad…

El último poema del grupo “De las artes” es muy especial porque toma como referente a un pintor singular, Alberto Lacave; un excelente artista con quien nuestro autor mantiene una relación de hermandad. Así lo declara en Cantos de mestizaje, obra que le dedica y que contiene sobresalientes muestras de su quehacer artístico. Con Lacave mantiene Faneque un compromiso que, en una estrofa preliminar de Cantos…, se formaliza en estos términos:

[…] Inspirando sus afanes
en la buscada ruptura
del esquema
que supone el mestizaje
de Poesía y Pintura
por sistema,
se dedica el poetastro
a escribir las desventuras
de un pincel
y a pintar el tiznacuadros
los desvelos de la pluma
y el papel […]

Icono mitológico es un poema que toma como eje una obra de Lacave; «que pinta como un Andy Warhol», nos dice su autor. El intenso cromatismo que desprenden los términos utilizados («Ensueño multicolor», «pájaro azul del amor», «en amarillo y en rojo», etc.) y el efecto erótico de la evocación literaria conducen al lector a una suerte de composición elaborada sobre patrones hedonistas tan del gusto de los escritores modernistas de finales del XIX.

ŸEl mundo de las impresiones que marcan las artes se ve complementado en la poética de nuestro autor por el de las expresiones que la naturaleza de las patrias le aporta. No es posible entender la poesía de Faneque dejando a un lado la influencia que ejerce el paisaje y paisanaje de sus patrias: la “grande” es la que reconoce en Canarias, a la que dedica el poema Archipiélago, todo un prodigio en esdrújulos que, repito, sirve para homenajear al primer poeta canario, Bartolomé Cairasco de Figueroa (1538-1610).

En ocho composiciones (una de introducción y una por cada isla mayor), nuestro autor sintetiza, a través de bellas pinceladas textuales, algunas peculiaridades de cada territorio. Su atadura formal a los dictámenes poemáticos del renombrado siglo de oro español no logran constreñir el profundo amor que destilan los versos de este “Archipiélago” hacia nuestra tierra, sentida en el ideario poético de Faneque desde lo más hondo.

Las dos patrias chicas son, por un lado, la isla de El Hierro y, por el otro, Agüimes. A la primera dedica dos poemas: uno de corte mitológico, El ocaso del Garoé; el otro, Mapa de El Hierro, el cual, gracias a la ligazón que mantiene con el tema de la inmigración, antecedió a “Naufragio en vida” en una primera versión del poemario. En la que ahora tienes en tus manos, aparece desligado porque la esencia de “Mapa de El Hierro” trasciende los límites específicos del tema en cuestión, ya que sus versos beben de una simbología que aúna la circunstancia geográfica, en la que el Atlántico está presente, con la representación de los sueños de progreso truncados. Es cierto que «el camino de Venezuela» o la tormenta que destroza la barquilla conducen al lector a que asuma que es el tema de la inmigración el leitmotiv del poema, pero yo lo concibo más como la expresión de un fenómeno histórico presente en la isla: su deriva con respecto al curso del trayecto que siguen los otros territorios canarios.

No debemos dejar de tener presente que nuestro autor es historiador y geógrafo, dos ciencias de las que se vale para configurar buena parte de los contenidos de nuestro Romancero sureño. El hecho de ser esta isla el finibusterre del Viejo Mundo y la preciosa e imaginativa representación que Faneque, en el privilegio de una conversación privada, compartió conmigo y en la que me mostraba El Hierro como una barca cortada por la mitad, situando la quilla en la Punta de la Restinga y, según cómo se mire, estribor en la Punta Norte y babor en Punta de Orchilla, consolidan esta visión de nave desviada de su trayecto con respecto al resto de las Islas Canarias.

Agüimes ocupa en el corazón de nuestro poemario y en el de su autor un lugar muy especial, puesto que representa su segunda patria chica. En los versos a este bello municipio grancanario, como en el indicado “Canto infantil solidario”, es donde más se evidencia el magisterio inspirador del gran Tarajano. En Romance de Agüimes, Templo de San Sebastián y “Las caras del Aguayro” hallamos versos en los que, a pesar de la sencillez de sus formas, se destila una intensa querencia por la tierra que se habita y en la que se ha asentado el hogar familiar.

La sombra del maestro está más presente que nunca en Las caras del Aguayro, cuatro composiciones que representan un ingenioso juego lingüístico con el lector, puesto que toma de las tradicionales adivinas la asociación de los accidentes geológicos del macizo agüimense con animales. Consciente nuestro autor de que algunas analogías pueden ser complejas de detectar, complementa sus composiciones con fotografías del Roque Aguayro desde cuatro posiciones diferentes, las denominadas “caras”.

Estamos ante un pasatiempo lingüístico similar al que de niños solíamos realizar cuando veíamos las nubes y apreciábamos en sus aspectos figuras imaginarias que el viento terminaba deformando hasta que, desaparecidas, se transformaban en otras, como si en el cielo se proyectase alguna secuencia continuada de esculturas algodonosas. La ubicación de este entretenimiento literario obedece al propósito de que sirva de preludio al tercer bloque elemental de nuestro poemario, el primero de la página par de la tabla de contenidos: “De los amores”.

…de la par

En “De los amores”, Faneque nos ofrece el resultado de conjuntar las artes con las patrias: el saber cómo testimoniar la dulce cotidianeidad (en Notas del diario) con la tristeza y el dolor por la pérdida de los seres queridos (Elegías a la muerte de mi madre). Para entender el alcance de estas páginas, es muy importante tener en cuenta que nuestro autor es un consumado especialista en genealogía canaria. Esta circunstancia nos obliga a tener en cuenta el valor que para Hernández tiene el bloque “De los amores”, pues está íntimamente relacionado con aquellas composiciones en las que la familia representa el centro inspirador del proceso creativo.

Pero vayamos por partes y centrémonos ahora en Notas… Seis poemas constituyen este grupo. Del mismo modo que “Las caras del Aguayro” puede considerarse como el prólogo a la referida página par de la tabla de contenidos, cabe ver en Retrato de Nayra y Retrato de Aitami, los dos primeros poemas del apartado, como los epílogos de la impar. Se fija de esta manera un engranaje que ensambla los elementos arte y patria con amores y rebeldías.

En los retratos se constata el vínculo que las artes plásticas mantienen en la poesía de nuestro autor, lo que permite vislumbrar su sentimiento de paternidad desde la vertiente de quien siente que son sus hijos la mejor de las obras de arte que jamás hubiera podido hacer. La trascendencia poética de sus vástagos debe verse en el contexto de un amante del arte que, con literaria expresión, declara su orgullo y amor hacia los llamados a continuar la saga que iniciara, como nos refiere el poeta en los títulos que preceden a este Romancero sureño, una María González Maninidra (¿1485?-1543) o una Ana de los Reyes, por citar dos de las líneas de descendencia que se exponen en estos libros. Un orgullo y un amor que, expresados a sus hijos, deben fraguar en sus nietos. Es así cómo nace el sentido del caligrama Alfar, el tercer poema de “Notas…”.

Bautizo de trucha, Río grande y Añorándote son esquirlas de la cotidianeidad a la que hemos sido invitados por nuestro anfitrión. La llegada de una mascota a la familia («Del recién llegado bicho / que viene a ocupar el lugar / que dejó Tirma, la brava»); una situación concreta de incomunicación padre-hijo («¿Qué le ocurre a mi riachuelo / que lo siento oscuro y lento? ») y una tierna evocación hacia la compañera desde la distancia («Hacia el sur, son tan solo dos mil millas, / mi bella maguada, las que nos alejan») sirven, respectivamente, para representar situaciones familiares puntuales que deben siempre interpretarse como una muestra de algunas instantáneas hogareñas muy entrañables por el mucho cariño que desprenden.

A esta calidez de los anteriores poemas se oponen, parafraseando a Miguel Hernández, el manotazo duro, el golpe helado, el hachazo invisible y homicida de la parca. Las Elegías a la muerte de mi madre están compuestas por cinco poemas que, por el nombre que las engloba, están relacionadas conceptualmente con las célebres coplas de Jorge Manrique, publicadas en el siglo XV. Las cuatro primeras composiciones se centran en el paulatino desembocar de la madre de nuestro autor, doña Pura Bautista González, en el mar, «que es el morir», como se lee en las citadas coplas manriqueñas; la quinta es un canto de amor hacia la que reconoce como “última princesa de Gáldar”, su tía Saro, la que cierra el ciclo iniciado por la histórica Arminda Masequera.

Las piezas a Pura Bautista son un muy sentido homenaje que Faneque hace a su madre. Cuentan de manera secuencial cómo esta inicia el camino hacia el mar con la aparición de la evocadora imagen de la abuela del autor, la madre de la madre (América redescubierta); cómo se van perdiendo las expectativas de que el trayecto se invierta y de que una luz aparezca «para alumbrarte el camino de vuelta / desde tu alejado mundo en tinieblas» (Voladores de esperanza); cómo, en un trasunto del medieval Stabat Mater, ahora convertido en Stabat Filius, la contempla su hijo al llegar al destino («Duerme tú ahora tranquila / que soy yo el que te canto / esta sentida elegía», en “Día aciago”); y, finalmente, cómo se llega al adiós definitivo e intemporal, el que se deposita en el camposanto y se inscribe en la lápida: «Fue tu mano laboriosa / la que hilvanó las hechuras / de siete bellas personas / que te deben su fortuna» (“Epitafio”).

De todo el Romancero sureño, son estos poemas los que más me han sensibilizado, pues no he podido evitar la traslación de este camino hacia el mar con el que compuse en su momento, con idénticos fines, cuando abordé los últimos días de mi padre en Exitus (Beginbook Ediciones, 2010). En esta analogía, dejemos al margen las calidades, pues aquí tengo siempre las de perder: al hermoso lirismo de los versos de Hernández Bautista no se puede igualar la tosquedad prosaica del juntaletras que te escribe.

Los poemas a Pura Bautista abruman por la exquisitez con la que se talla la expresión emotiva de cada verso. La extremada atención y cuidado habituales en la escritura de Faneque, en estos poemas adquiere una nueva dimensión, si cabe, pues nuestro autor ha sabido traducir sus sentimientos de dolor de una manera elegante y conmovedora, sin el patetismo que, por otro lado, comprenderíamos ante el luctuoso suceso.

Estas formas bien entrelazadas de la pena por la pérdida de quien ya no participará en el día a día del hogar y que, para un genealogista como nuestro autor, supone su acceso a un estado de referencia histórica logran trascender los límites estrictamente familiares para situarse en el lugar donde se ubica la idea platónica de la aflicción. Su dolor es también el nuestro como lectores porque los filamentos con los que se hilan nuestros pesares ante la muerte están constituidos por las mismas fibras que en esta bella Elegía… adquieren el aspecto de versos.

Para ir concluyendo mi discurso, es preceptivo abordar el último bloque de la página par de la tabla de contenidos y, de paso, de nuestro Romancero sureño: “Rebeldías”. El apartado está constituido por tres composiciones desiguales en extensión y contenido, pero muy unidas cuando se las ve a través del ventanal pedagógico de los compromisos, aquel desde el que puede atisbarse el horizonte de un mundo con conciencia social integradora (Naufragio de la vida) e igualitaria (Cuento infantil solidario).

El historiador, geógrafo, genealogista, profundo conocedor del arte y excelente poeta es, por encima de todo, docente. El didactismo es consustancial al quehacer poético, como se puede percibir, de una manera más o menos evidente, a lo largo de este romancero. Los dos poemas señalados en el párrafo anterior y, sobre todo, el último del libro, “Desafío y muerte de Doramas”, son las mejores pruebas de lo que afirmo.

Digo lo de sobre todo en lo que respecta a “Desafío…” porque, como ya expuse hace unas cuantas páginas, en la búsqueda de la necesaria coherencia que debía tener la ubicación de las diferentes composiciones dentro de los límites de este romancero y, por extensión, en los márgenes de toda la producción literaria de Faneque publicada hasta ahora, el poema que nos ocupa debe verse como el preludio (no cronológico, por supuesto) de los títulos que vieron la luz en 2010 y 2011. En consecuencia, para abordar este “Desafío y muerte de Doramas” es necesario hacer extensibles a su condición las siguientes palabras que inserta nuestro escritor, hablando de sí mismo, en el prólogo de La reina de Canaria:

[…] El autor es profesor de Ciencias Sociales de Secundaria. De ahí su interés, a través de la poesía épica, por hacer más atractiva la enseñanza de la Historia de Canarias. Desde pequeño siempre estuvo prendado del Romancero Viejo y los Cantares de Gesta. Ahora, como poeta novel, trata de emular a aquellos maestros juglares anónimos con los que tanto disfrutó como lector. Su pretensión es también la del investigador que busca ser estrictamente fiel a los acontecimientos y personajes. Por ello, estos romances de la conquista son el resultado de una investigación histórica y genealógica de varios años […]

ŸSin duda alguna, la composición más emblemática del Romancero sureño es la mentada Desafío y muerte de Doramas, un sublime cantar de gesta que tiene como protagonista al guayre teldense y, como suceso histórico, la mezquina muerte que le infligieron los conquistadores, dirigidos por el vil Pedro de Vera.

A través de catorce estrofas que recuerdan, entre otras referencias literarias, al propio Cantar de Mío Cid, Faneque va describiendo con precisión de detalles, riqueza léxica y sobresalientes dotes narrativas cómo se produce el encuentro entre los aborígenes y los castellanos; cómo se acuerda un enfrentamiento entre sus cabecillas, que traiciona De Vera; cómo una aliterada «rehala rabiosa de perros endemoniados» aborda cobardemente a Doramas, lo malhieren y el propio De Vera lo apuntilla; y cómo la imagen de Doramas trasciende los límites humanos para acceder al universo de los símbolos de lucha por la libertad que representan los alzados y que recuerda a la asunción de la libertad desde una posición de lucha que apunté cuando te hablaba del poema “Soneto de los cuatro poetas”.

He aquí el compromiso de nuestro autor, quien con este poema asume un nuevo rol que debemos sumar a los que ya atesora: el de ser veraz cronista de unos hechos que, por su intemporalidad (otra vez el tiempo, que no deja nunca de ser ni estar), siguen todavía presentes en nuestros días, transmutados en otros rostros, otras situaciones, otras voluntades… Como Doramas del presente, continuamos con la lucha por desmayar las cadenas que subyugan y por anclar en las conciencias del romancero, que son las de los pueblos metafóricos señalados al principio, las palabras de Rómulo Gallegos que nos recuerda el maestro Tarajano hacia el final de su admirable prólogo a nuestro Romancero sureño: «No puede ser un buen ciudadano de La Tierra entera quien no sabe serlo hoy del pedazo de ella que es su país».


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Canarias Cultura