El “Ciudadano Yago” de Nacho Cabrera

"Ciudadano Yago" - Nacho Cabrera

Nacho Cabrera Gvedes: Ciudadano Yago (Mercurio Editorial, 2014)

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Versiones inglesa e italiana: Angela De Siena

Composición, recopilación y edición musical: Rubén Sánchez Araña

Fotografías (versión española): Víctor M. Muñoz Arocha

Edición y preliminar: Victoriano Santana Sanjurjo


PRELIMINAR

Escena 1ª

Pongámonos en situación. Tienes en tus manos un libro impreso en soporte papel. ¿Por qué no digital?, quizás te preguntes. Ya te responderé a esto en breve. Sigo: la cubierta te ha informado de que el conjunto de hojas impresas y encuadernadas por el lomo que contemplas contiene una obra titulada Ciudadano Yago. El nombre de Yago, por tus lecturas, te suena. Piensas en el Otelo de Shakespeare. Bien. No vas mal encaminado. Lo de “ciudadano” es más ambiguo de concretar, aunque los amantes del cine pensemos automáticamente en la grandiosa obra de Orson Welles Ciudadano Kane (1941) y los republicanos tengamos en mente el necesario y magnífico documental Ciudadano Negrín (2010) de Sigfrid Monleón, Carlos Álvarez e Imanol Uribe. Tal y como sitúes el prisma, verás que la luz del Kane o Negrín, proyectadas adecuadamente a través de sus cristales, no te alejan del camino que marcan estas páginas que ahora lees.

El autor del libro que en tus manos tienes es Nacho Cabrera, mi admirado y admirable Nacho Cabrera, cuya mención equivale a decir Teatro La República. Vaya, surge de nuevo el significante cuyo significado queremos que impregne el aire que respiramos: “república”… De manera instantánea, aparece el grato vocablo y los rayos matutinos de este libro iluminan la silueta de tres palabras clave para entender la obra que nos convoca: justicia, igualdad y, más que progreso, evolución, en el sentido de acceso a una situación mejor que la anterior.

Desde el proscenio, donde se hallan los aventajados, Nacho, un ejemplar ciudadano-ejemplar, nos traza una primera línea sobre lo que representa su función social: «Nuestro logo está compuesto por un hombre y un mono. Cada uno mira a un lado distinto: uno, hacia el conocimiento; el otro, hacia la sinrazón».

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La suya es, pues, una noble labor; una tarea indispensable para la sociedad porque se basa en mostrar de la mejor manera posible y al mayor número posible de ciudadanos cuál es la máxima que debe estar presente en las acciones y pensamientos de quienes aspiramos a contribuir con la edificación del mejor futuro posible para las generaciones venideras: morder la manzana; siempre y para siempre, morder la manzana…

Escena 2ª

Hace un tiempo, no sabría decirte cuánto, aunque deduzco que por las fechas de la publicación de mi Lecturas civiles, puesto que lo que deseo contarte está relacionado con un decálogo que aparecía en esta obra, al final, a favor de los libros impresos, alguien (sé quién, pero no debo desvelar su identidad) me preguntó sobre las razones por las que seguía haciendo uso del soporte papel para que viesen la luz mis publicaciones y, por extensión, aquellas otras que me tenían como editor o mediador editorial. Cómo es posible —me preguntaba mi interlocutor— que, no siendo lego en cuitas digitales, continúes defendiendo como lo haces la impresión de libros sobre papel. ¿Romanticismo?, preguntó con relativa sorna; amable sorna, sí, pero sorna al fin y al cabo. Yo, sin pretender ser cínico, le espeté un rotundo: «Es la economía…». Le expliqué a continuación que un libro impreso, mi dilecto lector, da de comer a muchas bocas. Quizás no tantas como puedas imaginarte, pero sí muchas más que un archivo digital. No niego la existencia de un cierto aroma romántico en el papel; pero, en estos tiempos tan verdaderamente poco proclives para la lírica, mi balanza tiende a ir, con más frecuencia de la deseada, hacia el lado de la supervivencia física.

En los agradecimientos de mi ‘Quijote’ tuneado, me acordé de todos o, mejor dicho, de buena parte de los poseedores de bocas que son alimentadas por los libros con lomo…

«Para que un libro llegue a las manos de un lector es necesario que muchas personas cumplan con la tarea empresarial que se les ha asignado: alguien tiene que hacer la revisión editorial y rellenar la hoja de créditos que ves en la segunda página, alguien tiene que negociar con la imprenta el coste de los ejemplares, alguien debe hacer las gestiones administrativas oportunas para que el libro quede registrado de manera adecuada, alguien debe configurar la maquinaria de impresión para que los ficheros del texto y de la cubierta se impriman, alguien debe hacer el trabajo de encuadernación del texto impreso y la cubierta, alguien debe supervisar que todos los libros se han impreso y encuadernado sin errores, alguien debe llenar las cajas con los ejemplares, alguien debe cargar las cajas de libros en el vehículo de transporte, alguien debe gestionar la documentación de la mercancía para que llegue a su destino, alguien efectúa el transporte desde la imprenta (lugar de origen) hasta el destino (la editorial), alguien debe descargar las cajas en el almacén de la editorial y de la distribuidora, alguien de la distribuidora llevará los libros a la librería, alguien de la librería los recibirá y los registrará para su venta, alguien en la librería lo vende… Quiero dar las gracias a todos esos “álguienes” que he enumerado y a los que, por despiste u economía de la enumeración, no he citado, a quienes pido perdón por la omisión. Si lees esto que te escribo es porque, desde que el fichero informático del libro se entregó en la editorial el 17 de febrero de 2013 hasta ahora, todas estas personas han cumplido a la perfección con su trabajo. De ahí mi agradecimiento».

… Frente a una economía que elimina puestos de trabajos, ¿qué tal una que traiga pan para los trabajadores y sus familias? Así se lo recordé a mi oculto interlocutor cuando volvimos sobre el tema tras la lectura de la señalada tabla gratulatoria; y así lo sigo defendiendo a día de hoy desde mi humilde posición de editor.

Ya tienes en este arranque una primera razón para que exista este objeto depositado en tus manos y, por extensión, en una colección como la Biblioteca Canaria de Lecturas.

Escena 3ª

La reflexión debe ir un poco más allá, debe ser aún más consecuente con la realidad. Vivimos en un mundo saturado de información. La facilidad para que una noticia llegue al mayor número posible de usuarios es tal que el número de emisores poco a poco va superando al de receptores. Ahora mismo es imposible asimilar la cantidad de datos que circulan por nuestros canales comunicativos, entendiendo por tales aquellos que se sostienen sobre los elementos de la comunicación aprendidos desde temprana edad: emisor, receptor, canal, mensaje, código y contexto/situación.

Esta imposibilidad, sin ser criticable (hasta ahí podíamos llegar), conlleva la necesidad de seleccionar lo que estamos dispuestos a adquirir teniendo en cuenta que nuestras horas de vigilia nos conceden un tiempo limitado para esta absorción de datos.

Hay que elegir, sí, vale, pero qué… Todo es efímero. El hecho de que sea fácil ser emisor, gracias fundamentalmente a un instrumento como Internet, conlleva que no sea difícil que nuestro mensaje se quede en el olvido: por cada paletada de arena que sacamos del hoyo nos echan diez más para cubrirlo. Te pongo un ejemplo: según las estadísticas de YouTube (no necesita presentación, ¿verdad?), más de mil millones de usuarios únicos visitan este portal cada mes, un periodo de tiempo en el que se reproducen más de 6.000 millones de horas de vídeo. Impresionante, ¿verdad? Pues esto no es nada, fíjate en este último dato escalofriante: cada minuto se suben 100 horas de vídeo a YouTube. Con estas cifras en la mano, las posibilidades de difusión de un mensaje multimedia quedan siempre supeditadas a un círculo cercano (saturado, por otra parte, de otras propuestas de visionado) y al azar (el que uno descubra no sabe muy bien cómo la existencia de un mensaje interesante).

Pero esto no es en sí el problema. La disposición de medios técnicos para llegar al mayor número de usuarios —aunque luego no se acceda a tantos como uno se imagina— no tiene nada de preocupante: si se llega bien; si no, pues a otra cosa. Lo que me inquieta como ser humano “tanatónico” (por tanto, individuo consciente de que el tiempo es una magnitud “muy” finita) es el consumo de horas y energías invertidos en un mensaje (texto, vídeo, sonido…) para que, por la naturaleza rápida, instantánea, inmediata del canal, termine pasando al olvido más pronto que tarde.

Otro ejemplo: he invertido cerca de una hora, aproximadamente, en redactar lo que has leído hasta este momento. Esta hora componiendo un mensaje incompleto se traduce, en los números de YouTube, en seis mil horas de vídeo; o lo que es lo mismo, en el equivalente a 250 días (el 68% de los días que tiene un año). Si la duración de este preliminar (hecho en varios días) se fijase en veinticuatro horas de trabajo, mi mensaje, mi único mensaje, mi sencillo mensaje, si se digitalizase y se ubicase en alguna plataforma de gran difusión como YouTube, tendría que enfrentarse en la captación de las atenciones de un usuario frente a lo que serían ciento cuarenta y cuatro mil horas de vídeos del célebre portal, que son las horas de vídeo diarias que, según las señaladas estadísticas, se suben.

 ¿Adónde quiero ir a parar? A que es buena la difusión de masas, pero es necesario, ante el infinito del cosmos digital, que haya una conciencia terrenal de permanencia en el tiempo para los productos culturales y artísticos que merecen la pena ser conservados. Los creadores se deben a su tiempo, sí, pero, tal y como yo lo veo, más a los tiempos, así, en general: toman del pasado sus instrumentos en forma de conocimientos; moldean en el presente sus enseres sobre el torno de sus reflexiones, su creatividad, su instinto estético…; y dejan para el futuro la utilidad de su obra, o sea, la capacidad de que estas impacten en nuestra conciencia para depositarse en nuestras singulares estética, creatividad y pensamiento.

Desde el punto de vista que ofrezco, las obras culturales no tienen sentido si no sirven para el futuro, que nunca es remoto, sino que surge como el segundo siguiente al que ahora es presente. Nuestro futuro ahora mismo, en estas páginas, lo determina la siguiente palabra o, por hilar más fino, la siguiente letra leída e identificada.

Es aquí donde, frente a la vorágine tecnológica, se hace necesaria la adopción de cierto sosiego en forma de perspectiva sobre los productos culturales para que puedan perdurar más allá del periodo comprendido entre dos simples clics. En este paso de la inmensa mayoría de usuarios a la inmensa mayoría de años, surge, para nuestro proyecto, la figura de ese editor que obra en nuestras intenciones.

El interés de un editor por la publicación de un libro debe sostenerse (insisto, es importante: “debe…”) sobre la confluencia de varias circunstancias: por un lado, la voluntad de cumplir con el código deontológico que asumen todos los que declaran su deseo de proteger y difundir la cultura, así, en general, entendiendo en todo momento que hablamos de una cultura alejada de exclusivismos ideológicos, políticos o estéticos. Esta voluntad debe traducirse en hacer lo posible y, si fuera necesario, lo imposible por la promoción de toda creación que considere digna de ser publicada. Para ello, debe partir, como no puede ser de otro modo, de su bagaje formativo: cuanta más preparación intelectual, académica, estética, creativa, etc., posea el supuesto editor, más posibilidades tendrá de acertar a la hora de realizar los ajustes pertinentes de su defensa cultural.

Por otro lado, debe tener presente este editor que su labor difusora, para desgracia de la cultura universal, depende en la actualidad de factores económicos. Esto significa que hay muchas bocas en el camino de su defensa; bocas a las que les parece muy bien eso de la difusión cultural, y tal, y cual, pero que no trabajan por amor al arte (nunca mejor dicho) porque tienen una hipoteca que pagar, y la luz no es gratis, como tampoco lo es el agua, el teléfono, la comida… Es todo muy prosaico, lo sé, pero este es el mundo que tenemos y que, para bien o para mal, nos condiciona. En consecuencia, este editor debe tener en cuenta que el producto por el que apuesta no debe generar pérdidas económicas: si se invierte un duro, que se recupere un duro. No más.

Fíjate: desde la posición en la que te escribo, no hablo de beneficios pecuniarios, pues entiendo que el cumplimiento del citado código deontológico debe verse en sí mismo como una suerte de impagable beneficio.

Por supuesto que de algo tiene que vivir este editor. Si su dedicación exclusiva fuesen los libros, que gane lo justo para la supervivencia será suficiente, ¿no te parece? («¡Comunista!», siento que algunos gritan tras leer esto. Sonrío…). En este sentido, reconozco que huyo de los editores estrellas: aquellos que, atentos más a la mercadotecnia que a la defensa del mentado código, manipulan los productos librescos de manera que puedan generar pingües plusvalías.

Si tiene otras fuentes de ingresos para la supervivencia, qué mejor beneficio puede esperar este editor diferente a la satisfacción de ver hecha realidad su voluntad de defensa cultural. Este propósito debe ser vocacional y, como tal, debe huir de cualquier interés que conlleve trocar el tiempo y los esfuerzos invertidos por monedas que solo sirvan para abultar la buchaca.

Dos razones más se suman a la génesis de este libro: por un lado, que representa el cumplimiento deontológico del editor a la hora de fijar, proteger y difundir para el patrimonio cultural de nuestra comunidad una creación que, desde su modesto bagaje formativo, merece la pena que reciba todas las atenciones de la sociedad a la que pertenece; por el otro, que da de comer a un porcentaje del gremio libresco y que, al igual que con los otros títulos de la colección, permite el trazado de una convicción empresarial: hay muchas probabilidades de que se recupere la inversión realizada para que este libro vea la luz; si es así, será posible financiar otra iniciativa vinculada con nuestra biblioteca. Otro autor y otra obra podrán beneficiarse de lo que hayan aportado sus bibliográficos hermanos mayores.

Escena 4ª

La cuarta razón que justifica el nacimiento en soporte papel (1ª razón) de la extraordinaria obra (2ª razón) que tienes en tus manos y que forma parte de una más que sobresaliente familia bibliográfica que poco a poco va creciendo (3ª razón) comienzo a desgranarla para ti a partir de una imagen como la que te pido ahora que tengas en mente: piensa en una enorme catedral, en esa edificación religiosa imponente en la que muchas generaciones de obreros han trabajado para que se muestre, concluida, con esa majestuosidad que se espera de ella. Imagínate a los albañiles y a los peones, a los que ponen esto o aquello, a los que transportan materiales, a los canteros, a los que interpretan los planos y a quienes los realizan; imagínate a los artistas, a los escultores tallando, a los músicos probando acústicas, a los pintores llenando sacros óleos; imagínate a sus familias, a quienes esperan la siempre insuficiente soldada para comprar pan, a los hijos que siguen el trabajo de sus padres, a los nietos que terminarán haciendo lo mismo que sus abuelos. Pasarán años, lustros, décadas, siglos… y, un buen día, la catedral del pueblo, la que se edificó, parafraseando a Churchill, con la sangre, el sudor y las lágrimas de generaciones y generaciones, se termina. Desde ese instante, cualquier evento que se realice en el templo quedará bajo la supervisión exclusiva de un reducido y selecto plantel de religiosos, quienes, como viene sucediendo desde hace siglos, no admitirán directriz alguna que provenga de los civiles.

Ya tienes la imagen, ahora viene la solución a la metáfora: los grandes escenarios de nuestra tierra (auditorios, teatros…), sobre todo en estos tiempos, se han convertido en catedrales donde se requiere de cierta púrpura para acceder a sus altares, a pesar de que se han sufragado y se sostienen con dinero público.

No es este un absurdo canto que busque un “ábranse las puertas” sin más, al más puro estilo del Moisés bíblico, que separó las aguas del Mar Rojo, pero sí es una llamada de atención para que cese o, como mal menor, se suavice de alguna manera el exclusivismo catedralicio con el que los gestores políticos (insisto, es importante: “…políticos”) deciden utilizar los templos culturales y que trae consigo el que la corriente fresca de iniciativas no fluya con la pujanza que demanda el concepto de “evolución” cuando se une a expresiones como “regeneración”, “progreso”, “cambio a mejor”, etc. Al contrario, la savia nueva suele atascarse entre los estertores de un descorazonador cansancio como es el que produce el sentimiento de que se va siempre a contracorriente y que se invierte más tiempo y energía en sortear obstáculos que en dar forma a lo que anida en su ánimo e intelecto creativo.

Si es triste por estúpido que se reclame a los jóvenes experiencia laboral cuando no se les posibilita que trabajen y, en consecuencia, que adquieran la demandada experiencia; más triste, por vil, es exigir a los artistas locales que tengan la calidad de los consagrados cuando no se les permite que desarrollen su trabajo, su duro y, por los acomplejados, vilipendiado trabajo, con las mínimas condiciones que cabe ofrecer a un profesional.

Si existe una ley de paridad que busca el equilibrio entre mujeres y hombres a la hora de acceder a determinados desempeños laborales, ¿por qué no se hace lo posible por que haya una, aunque no sea escrita, que favorezca el equilibrio entre los de fuera y los de acá en aquellos programas artístico-culturales de mucho peso por su difusión y consecuente coste? ¿Por qué no se busca la manera de que los artistas locales también tengan una presencia que vaya más allá de la mera presencia residual que se zanja en los expedientes administrativos con un humillante “por cumplir con los paisanos”?

Ah, cuidado, que te veo venir: no es la mía una suerte de sermón de la montaña donde se me ocurra decir eso de bienaventurados los desprotegidos por la casta que gestiona la cultura oficial porque, aunque sean mediocres, de ellos será el reino de la memoria imperecedera… No, no y no. Eso sería, lo digo ya, una injustificable falta de respeto hacia el sentido común: pondérense los buenos, minimícense los malos o menos malos; pero que no se condene con el desprecio a quienes no se les da oportunidad alguna de probar su valía por mor de su origen.

Los templos son del pueblo; luego, facilítese al pueblo su uso más allá del paso por taquillas, impagables en muchas ocasiones para el vulgo (todo hay que decirlo, aunque no deba pasar ahora de este simple apunte). Permítase a los creadores el acceso a las catedrales, pero no desde la concesión de una dádiva que proviene de un ánimo clemente, sino desde la justa competencia, en igualdad de condiciones, con otros homólogos; y que, entre dos, escojamos al mejor, no al “amigo de”, “al contacto”, “al… de”. Me entiendes, ¿no?

Mi queja tiene un fundamento: me indigna comprobar que muchos artistas y creadores culturales de nuestra tierra, con una calidad más que sobresaliente en sus quehaceres, reciben la desconsideración más lacerante por parte de quienes moran en destacadas tribunas del servicio público simplemente por haber nacido, vivir aquí o no formar parte de la oficialidad.

La cuarta razón señalada, pues, es la que se sostiene sobre la necesidad de crear un cauce que, aunque circule en paralelo a la vía adecuada, permita que no se ensombrezcan con el desdén aquellas obras que merecen la pena conservarse y difundirse. Es aquí donde entra este Ciudadano Yago que nos ocupa…

Escena 5ª

… y donde me veo obligado a proyectar mi malestar ante lo que considero una situación injusta: ¿Cómo no se articulan los medios necesarios para que las obras de nuestros autores circulen de la manera más adecuada; o sea, creando espacios permanentes para los ensayos, facilitando lugares dignos para que las obras sean vistas por el público, poniendo en marcha iniciativas para que puedan ser conocidos los actores, los autores y las piezas teatrales por nuestros escolares, nuestros mayores y, en general, ese pueblo que desea sentirse orgulloso de lo que hacen los suyos?

Sigo: ¿En qué medida están autorizadas las instituciones públicas (insisto, es importante: “…públicas”; o sea, del pueblo) para plantear cualquier rentabilidad económica vinculada con el fomento de la cultura? Es una infamia exigir rentabilidad pecuniaria a colectivos teatrales, musicales, artísticos, etc., que, por mor de la situación actual, no pueden dedicarse en exclusiva a sus quehaceres creativos. Digo más: es de una absoluta desfachatez que las instituciones públicas inviertan en costosísimas producciones culturales, que solo puede disfrutar una minoría, y que ello traiga consigo el olvido (cuando no el desdén) para apoyar a quienes lo necesitan, los que adolecen de una estructura de medios suficiente para poner en práctica sus propuestas.

Hay que plantear una política cultural que deje para las empresas privadas el riesgo de traer a los grandes y que obligue de alguna manera a las entidades públicas a que se ocupen y preocupen de los pequeños. Y sí, lo sé; sé que mis palabras así dichas son el hachazo a un tronco que no basta para creer que hemos hecho un mueble. Sé que la madera debe ser cortada, medida, pulida, barnizada… con los oportunos ajustes que deben provenir de unas reflexiones y negociaciones más concretas y transparentes en lo que toca a las intenciones de las partes implicadas, pero en el cedazo de mi malestar bailan lentejas con piedras, y tengo hoy en día la impresión de que el ingrediente principal de nuestro potaje no son las legumbres, sino los añicos que destrozan la dentadura de nuestros presupuestos.

Mientras tanto, al tiempo que se dirime si los ángeles tienen o no sexo, muchos individuos, muchos creadores, muchos artistas, muchos productores de esa cultura que merece la pena difundirse y protegerse, siguen arando sus tierras. Soy testigo, cada vez menos mudo (lo intento), de cómo estos labriegos de palabras, pues ellos, por mi dedicación libresca, copan todo mi interés, van cultivando sus terrenos con textos que no desmerecen a los de otros autores, encumbrados, en muchos casos, gracias a la mercadotecnia.

Como creo firmemente en la máxima de que uno es dueño de su silencio y esclavo de sus palabras, lo expuesto hasta ahora debe verse como el compromiso deontológico que, por escrito y, en consecuencia, huyendo del silencio al que tengo derecho, sostengo para llevar a cabo mi labor editora. De ahí que hiciese lo posible por que viese la luz esta biblioteca a la que pertenece el título que nos ocupa y por que guiasen mi acción todas las razones señalas al principio de este preliminar que me honra ver como el primer acto del extraordinario título que nos convoca, Ciudadano Yago.

Si como editor literario puedo concebir la existencia de poetas y narradores, ¿qué me impide volcar mis atenciones en los autores teatrales? Es cierto que el teatro se lee de otra manera y que tiene toda la razón del mundo el gran Nacho Cabrera cuando señala que «escribir es el primer estadio de la puesta en escena; con ello quiero decir que el teatro escrito como tal no tiene sentido. Su último fin es la representación y la puesta en escena»; pero, con el yugo del “problema catedralicio” antes expuesto asaeteándonos, el dilema de si debe o no publicarse un texto teatral lo he resuelto con la siguiente conclusión: creo que es importante crear un espacio donde los autores teatrales puedan mostrar sus creaciones sin que estas estén supeditadas a que puedan o no representarse.

Si las dificultades para que puedan ofrecerse a los espectadores son tantas en nuestros días, hay que hacer lo posible para que estas complicaciones se diluyan de algún modo sustituyendo al público por los lectores. No es lo mismo, sí, es cierto, pero ¿y si, gracias al texto publicado, el autor puede ser conocido por otro director u otra compañía que, situados en otro lugar y con otros medios, deciden poner en escena el texto? ¿No merece la pena intentar que este autor teatral tenga la posibilidad de darse a conocer?

Escena 6ª

Aunque Teatro La República no sea precisamente un grupo novel, las dificultades que afrontan sus miembros siempre que desean poner en escena un nuevo proyecto teatral y los principios que rigen su ideario como colectivo cultural, afines a los que se marcan en este preliminar, convierten a esta compañía en el mejor punto de arranque para la serie de textos teatrales que podrían llegar a ver la luz en la Biblioteca Canaria de Lecturas. No sé cuántos serán; sí, en cambio, que todos los que sean tendrán un hueco porque merecen tenerlo y porque se ha hecho todo lo posible para que lo tengan.

Para ese editor que obra en mis intenciones (el fiel cumplidor del ya referido código deontológico asumido por cuantos hemos declarado nuestro deseo de proteger y difundir los productos culturales), representa una inmejorable oportunidad para cumplir con la apuntada obligación el que se publique este Ciudadano Yago que nos vincula, una obra teatral compuesta por el magistral Nacho Cabrera y que, a partir del personaje shakesperiano, ofrece una reflexión profunda sobre la condición humana en el marco que determina un metafórico acto judicial donde la imagen es una sala de juicios y, la sociedad, personificada en el público, el término real.

Un personaje, Yago, se dirige a un jurado para exponer su posición. Lo admirable de esta situación es que la posición del personaje no se sostiene a partir de un hecho contemporáneo al texto de Shakespeare, sino que se sustenta sobre los juicios que la figura teatral ha suscitado a lo largo del tiempo; o lo que es lo mismo, no se juzga tanto al Yago que ha quedado fijado en la memoria de los lectores como instigador, taimado, cínico…, sino a la pervivencia de este juicio a lo largo del tiempo, a la inclemencia que soporta el personaje por culpa de los prejuicios. Yago, ante Otelo, siempre es condenado sin remisión, incluso antes de que la propia lectura del drama se haya realizado. No se habla tanto, pues, de un juicio sobre una base sincrónica de unos hechos literarios, sino sobre el sustento diacrónico de unos acontecimientos amparados en lo que sería la crítica literaria.

A partir de este punto de vista, Nacho elabora un texto que no se aleja de las referencias shakesperianas. La obra primigenia está presente, pero el foco de los sucesos no centra su iluminación en las estancias lectoras del original, sino que pretende sacar de la sombra las razones que nunca se han considerado como atenuantes. Es un juicio, mi dilecto lector, y todo atenuante siempre será bienvenido por el que pudiera llegar a ser nuevamente condenado. ¿Nuevamente? Sí, nuevamente. En el texto de Shakespeare, ya tiene la condena por los indicados hechos sincrónicos; en el de Nacho, pudiera tenerla por los diacrónicos. Quien juzga en esta ocasión es el espectador. De ahí que al final de cada versión de este Ciudadano Yago que manejas haya una papeleta similar a la que el público utiliza para dictar su veredicto.

En esta obra, Yago lo es todo; por eso, todo gira en torno a él, todo conforma un mismo universo; todos los discursos en estilo directo son los suyos, aunque provengan de diferentes personajes; todas las recreaciones se formulan desde la misma perspectiva… Y por eso hay dos actores en escena. Nada más. ¿Dos?, me preguntarás. Sí, dos: el ego y el alter ego de Yago; el haz y el envés; el anverso y el reverso; la luz y la oscuridad… Uno es palabra; otro, música. Uno es retórica; el otro, sentimiento.

El que haya dos actores sobre un escenario es una opción de montaje; un montaje que debe plantearse como un “o a todo o a nada”. Aquí no hay término medio que valga. Era un reto y es (todavía sigue siéndolo) un reto confrontar, por un lado, a un actor sobre el que reside el grueso del texto y a un músico que apoya puntualmente ese texto con movimientos y textos aislados; y, por el otro, a todos los personajes que deambulan en este texto y que son recreados precisamente por el actor y el músico. Es un complejo desdoblamiento que impregna la esencia de la representación y que permite la fijación de un objetivo estimulante: que cualquier persona, al margen de su conocimiento de Shakespeare o nivel cultural, fuese capaz de entender el entramado de lo contado y que pudiera sumergirse en el universo y en la argumentación del personaje.

[…] ¿Por qué la música? Para mí, como director, siempre ha sido una liberación jugar con todos los elementos desde la óptica de un ente interpretativo más. Del mismo modo que la escenografía no es un módulo inerte en el escenario, y que esta toma vida a cada momento convirtiéndose en un elemento o en un espacio en combinación con el resto de los módulos, la música también es un elemento que propicia un nivel de interpretación que va más allá de la mera descripción del momento narrado. Nunca pretendí que la música fuera descriptiva únicamente; siempre me posicioné en la concepción de una música que creara climas y atmósferas. Las propuestas vinieron todas del violinista-intérprete Rubén Sánchez. Fue consciente y consecuente con la necesidad que tenía esta obra, y cada paso suyo siempre supuso un avance dentro de la selva argumental en la que nos metía el ciudadano Yago.

Escena 7ª

La obra empieza a componerse un año antes de su estreno, hacia el mes de julio de 2012, como resultado de un proceso de reflexión que llevó algún tiempo y que se tradujo en un deseo de la compañía por volver a vincularse con algún texto de Shakespeare: «Nuestros procesos de concepción y maduración de un texto teatral son amplios. Desde que ronda la primera idea por la cabeza hasta que se materializa, perfectamente pueden mediar dos años», afirma nuestro autor.

Deseaban, de algún modo, repetir la intensa experiencia que supuso el Macbeth tuneado de Cuando las mujeres asaltaron los cielos (2003). Es posible que una década después de la pieza teatral que no dejó indiferente a nadie, el grupo sintiese la necesidad, porque así lo demandan los tiempos, de hacer nuevamente buenas las palabras de Nacho cuando, al hilo de la versión del citado texto shakesperiano, apuntó: «Situar a Shakespeare en el mismo lugar de Dios, es insultar al viejo inglés. Hacer dogmas de sus textos es tratar de crear una nueva Biblia y descerrajar el espíritu de la bestia errante escocesa. Empalemos las divinas palabras y abramos en canal los textos de museo. Hay veces que las vitrinas se construyen para ser destrozadas a base de golpes». Sabían a quién querían; pero no qué querían del genio de Stratford-upon-Avon.

El debate se resolvió gracias a Melisa Espino, la responsable del área pedagógica de la compañía, quien consideró interesante, tras descartar el clásico Romeo y Julieta o volver sobre Macbeth, que el próximo proyecto de la compañía, el que debía seguir al célebre A quemarropa (2012) que por entonces estaban representando, fuese Otelo. Es ahí, en esa indeterminada conversación sin fecha, donde debe situarse el origen del universo “ciudadanoyaguesco” del que forma parte este libro que ahora nos une.

Nace el punto de referencia, Otelo, y con él una nueva deuda con su autor: «Ciudadano Yago le debe todo, absolutamente todo, al texto de Shakespeare, pues nos ha dado motivos más que sobrados para enamorarnos nuevamente de un texto tan antiguo como contemporáneo en su posicionamiento», me apunta Nacho; yo, contraataco: «¿Qué le debe el de Shakespeare a este texto?». Responde: «Sería pretencioso decir que Shakespeare nos debe algo. Lo único que hemos querido hacer con esta versión es indagar en las motivaciones del verdadero personaje. Es nuestro Yago, pero el Yago más actual que quizás hoy podamos ver».

Esta humilde y sincera respuesta de Nacho, filtrada a través de mi diabólico tamiz, tiene un “pero”: Shakespeare no podrá dar las gracias personalmente a Nacho por lo que ha hecho con Ciudadano Yago, pero sí se le podría ver el detalle al mundo shakesperiano de dárselas, aunque sea simbólicamente, en nombre del dramaturgo, pues ha logrado su autor que la figura de ángel caído que representa el personaje de Yago deje de percibirse desde un solo punto de vista, tan simple como injusto. La humanización completa de Yago es la mejor manera de actualizar el texto original, la mejor concesión que se le puede dar a un personaje para que sobreviva más allá de los límites visuales de una fotografía sepia en la que nadie se ha molestado por imaginar cómo es lo que no se ve. Ciudadano Yago aporta al siglo XXI la perspectiva videográfica, que es, en buena medida, la manera en la que nuestra sociedad traduce su realidad…

(El autor del preliminar silencia su escritura. Es consciente de que la fervorosa pasión por exponer su visión sobre la obra que nos ocupa ha hecho que se desvíe un tanto del camino que venía siguiendo a la hora de relatar la historia de Ciudadano Yago. El autor respira hondo. El autor, más calmado, prosigue)

—2012. Julio. Nacho Cabrera: «La obra comienza a escribirse desde el mismo momento en que se hace la primera lectura. Es un proceso por el que pasa cualquier texto que Teatro La República decide poner en escena. El texto que se publica es la séptima versión con la que trabajamos después de la primera lectura y de las primeras notas que tomamos, que abarcan desde estudios técnicos teatrales a reflexiones personales, las cuales nunca son ajenas a la fijación de una posición política y social determinada […] Se escribe en Gran Canaria, entre mi despacho personal y el escenario donde se estrenó, en Ingenio…».

La mirada de Nacho se hace ahora más incisiva. En el fondo hay algún retazo de ternura, pero siento que se la ha arrebatado, una vez más, la indolencia de los de siempre: «Ingenio es mi pueblo natal. Allí comencé a hacer mis primeros pinitos como actor y dramaturgo en ciernes. Me parecía bonito volver al primer espacio municipal donde hice teatro. Era como una vuelta a casa. Todo es como una vuelta a casa. Este texto es, a su manera, un regreso al teatro de autor, al teatro en esencia. Esta voluntad de retorno fue como una premonición de lo que acabaría sucediendo: que las condiciones de estreno y de creación nunca fueron las mejores. Es lo de siempre; la misma maldición de siempre… Contar con políticos que no creen en el arte sino en el teatro de escaparatismo es un handicap».

Habla claro nuestro autor porque lo tiene todo muy claro y porque esta claridad de pensamiento no se sostiene sobre una actitud ególatra, como la que envuelve la manera de ser de los escaparatistas, sino sobre la contemplación de una exasperante realidad: que, desde el poder político, somos guiados por individuos cuyos asentamientos intelectuales, creativos, morales y estéticos les sitúan en la escala evolutiva de los homínidos situados al mismo nivel que los australopitecos, siglo arriba, siglo abajo. Hay excepciones, sí, claro, pero cuesta tanto verlas que a veces se termina concluyendo que esas rarezas forman parte de una lejana leyenda relacionada con una indeterminada edad dorada.

—2013. Febrero-julio. Ensayos en Ingenio. Aproximadamente, 30 ensayos, treinta acciones para calibrar el punto de mira del arma cargada con esas palabras-balas que han de impactar donde habita la conciencia del espectador: «Cada versión es filtrada en escena, con lo que podemos comprobar si lo escrito tiene sentido y verosimilitud escénica. Es un proceso artesanal, como artesanal ha de ser el teatro. Escribir es el primer estadio de la puesta en escena; con ello quiero decir que el teatro escrito como tal no tiene sentido. Su último fin es la representación y la puesta en escena. Por eso es probable que el texto que hoy se publica tenga que entrar en “talleres” con el paso del tiempo, porque la literatura escénica no solo queda supeditada a quien la escribe, sino a quien la dirige e interpreta. En concreto, la versión final que hoy tenemos en nuestras manos se termina de escribir un mes antes del estreno, aunque, en honor a la verdad, pocos días antes del estreno oficial todavía estábamos haciendo ajustes textuales que, en esencia, tenían que ver con la motivación interna y los ritmos del acusado ciudadano Yago».

—2013. Julio, 4. Estreno de Ciudadano Yago, «en el antiguo Cine Plaza; o antiguo Centro Cultural de la Villa; o antigua Escuela Municipal de Música pública; o actual cuchitril que el gobierno municipal tiene dejado de la mano de Dios; un lugar cargado de historia que un gobierno insensible de derechas es incapaz de cuidar y de dar el valor que se merece».

Observo detenidamente a Nacho. Veo la fortaleza de su mirada, la firmeza de sus gestos, el inmenso halo comunicativo que le envuelve… Sé que nuestros compromisos ideológico, político y social siguen la misma órbita y que se nutren de esa manzana que no dudamos en morder y en compartir con la sociedad. Hemos aceptado con orgullo nuestra posición antifascista y el destino que nos espera si algún día se repitiese un infausto 18 de julio: el tabique de un cementerio y acribillados por fusileros. Por eso, lanzo sobre el tablero de nuestra conversación las dos cartas clave de nuestro universo: la que, desde el nombre de la obra, tiene subrayada la palabra ciudadano; y la que, desde el nombre de la compañía, muestra, también subrayado, el término república. Desde el fondo de su sosiego, emerge nuestro autor cual titán; y a mí, como leal cumplidor de mi función trovadoresca-instigadora, solo me corresponde ahora anunciarte que «habló Nacho, bien leerás lo que dijo»:

CIUDADANO…

El título es siempre determinante para mí. Siempre empiezo por él porque, de alguna manera, tengo que saber cómo se va a llamar la criatura. Luego, puede que cambie, pero necesito tener un nombre al que agarrarme.

En primera instancia, iba a llamarse En auxilio de Otelo. Sabíamos que todo el trabajo iba a girar en torno a un monólogo sobre la obra de la vieja bestia errante. En este sentido, no fue difícil determinar cómo se iba a desarrollar la obra, pues contábamos con el mejor actor para defender el texto, Miguel Ángel Maciel. Cada día me convenzo más y más de que es imposible imaginar a Yago al margen de Maciel.

Sigo. A medida que iba escribiendo la obra, percibía cómo se desataba una batalla interna entre el propio Otelo y Yago. En la primera versión, tuve que tomar una decisión en el cruce de caminos más jodido que nos planteó el texto: si escribíamos desde la perspectiva de Otelo, si lo hacíamos desde la de Yago o si, por el contrario, volvíamos a hacer el Otelo de siempre, pero contado por una sola persona.

Dejamos que fluyese la lectura original hasta que la intuición le fue dando voz propia a Yago…

(como el fantasma de un condenado que vuelve para reclamar justicia, pienso)

…, quien, a partir de ahí, fue libre para que el propio personaje se manifestara. Así nació el siguiente título: Yago.

Finalmente, nos acabamos decidiendo por Ciudadano Yago. No porque fuese, por sí mismo, un título atractivo…

(…y con atractivas connotaciones, como apunto al principio de este preliminar)

…, sino porque a lo largo de todo el proceso de escritura y creación se desencadenó una batalla sobre lo que históricamente se ha dicho de este personaje. Esto que nos condujo a la esencia del montaje.

Veamos: siempre nos hemos guiado por lo que el propio Shakespeare y el resto de los personajes de la obra original han dicho de Yago, pero nunca se ha atendido a la versión de los hechos del afectado, el referido Yago.

Atendiendo a lo que consideramos un derecho inalienable, surge en esta situación la necesidad de preservar los derechos y deberes de cualquier individuo ante un juicio y ante la opinión pública. Yago, así visto, deja de ser un personaje literario más de la galería shakesperiana para convertirse en un símbolo. Por eso quise que el concepto que encierra un término como “ciudadano” quedara patente desde el minuto uno.

Finalmente, que sea el público el que decida sobre la culpabilidad o inocencia de nuestro Yago. Nosotros no lo juzgamos, sino que le aseguramos el derecho de cualquier ciudadano a que tenga la oportunidad de defenderse.

Esta reivindicación de una justicia independiente, imparcial y competente surge en la esencia del texto como un grito desgarrador en un momento histórico tan convulso como es el que vivimos: una etapa en la que asistimos a un retroceso muy preocupante de los derechos civiles y, por extensión, humanos en Europa y, sobre todo, en España. Aunque sea aquí, en España, donde esta involución está siendo más dañina, pues representa la vuelta al fascismo soterrado de la derecha política y mediática, donde el ciudadano ha pasado de ser un poso de derechos y deberes a un sospechoso permanente al que se le recortan libertades.

El Yago de nuestro texto no es solamente un personaje, un hombre, una sombra; ni una posición activa para conseguir fines al precio que sea. Yago también son los que se han posicionado en el lado pasivo de la vida y piensan que lo malo pasará, como cuando la tierra tiembla bajo nuestros pies a causa del terremoto. Yago es una manera de ver el mundo y una manera de actuar.

Hoy en día, Yago es la aplicación del pragmatismo en cada momento de nuestras vidas. Yago es permanecer impasible ante un desahucio, ante el robo del erario público pensando que es un mal menor, ante el acomodo de una justicia a la carta para que los de siempre y sus hijos se vayan de rositas.

Yago es una marca simbólica donde se refleja el desmonte de lo público bajo el pretexto de un mejor funcionamiento desde lo privado; es la contemplación pusilánime del infame trasvase de dinero desde la caja de todos a la caja de unos pocos. Yago es la degeneración de todos y cada uno de nosotros cuando nos empecinamos en trazar argumentaciones imposibles para justificar inverosímiles actos.

A pesar de todo eso, a pesar de la desgracia que supone esta imagen de Yago, los ciudadanos reconocemos en el personaje la igualdad de su condición con la nuestra; de ahí que proclamemos la “presunción de su inocencia” y hagamos una firme defensa de sus derechos, por muy atroz que haya sido su crimen.

En cada uno de nosotros anida un “Yago” que pugna por una salida silente y discreta. Por eso, nuestro objetivo no es otro que mostrar cualquier puerta donde el espectador pueda ver el letrero luminoso de exit, con independencia del espacio al que se llegue traspasado el umbral. Las puertas no son respuestas, sino preguntas.

Cualquier tipo de montaje de Teatro La Republica busca remover el interior del espectador y en Ciudadano Yago esta alteración de la tranquilidad proviene de la perturbación que debe anidar en la conciencia de los humanos cuando saben que la vida de un semejante está en sus manos.

Nos gustaría que cada uno de nuestros espectadores fuera consecuente con el derecho que este texto le otorga a la hora de emitir el veredicto final del espectáculo que acaban de ver. Debe tener en cuenta que el clímax de la representación no se halla en ningún final catártico o en punto álgido alguno donde se resuelva un nudo argumental, no, ahí no ha de hallarlo; ni tan siquiera en el posible placer de oír las palabras de Miguel Ángel y la música de Rubén, y premiar la audición con aplausos al finalizar el espectáculo. Tampoco ahí se encuentra la cima de nuestro Ciudadano… Quizás algo haya de ese punto culminante cuando, frente a la urna, deba emitir su voto de inocencia o culpabilidad. El apogeo de nuestro Yago está en la soledad de una reflexión sobre el voto emitido, fuera de los límites del teatro, bajo un techo donde mora la cotidianeidad. Ahí es donde la obra adquiere la fortaleza con la que ha sido compuesta a partir de una justa convicción. Ese es el auténtico desafío que nos hemos trazado: el ser una bomba con espoleta de retardo que debe estallar en el intelecto del espectador mucho después de haber contemplado la obra.

…LA REPÚBLICA

Detrás de la estructura social, cultura y de empresa que representa la compañía, hay una visión concreta de nuestro mundo y del arte teatral.

Teatro La República no es un nombre aleatorio que pusimos porque nos gustaba su sonoridad. No. Detrás hay toda una declaración de intenciones que va desde la Res publica romana hasta la visión más política y actual de confrontación con cualquier tipo de monarquía; contra la sinrazón de las monarquías y, con ellas, la lógica de la elección de los dirigentes que queremos que lleven las riendas de nuestro pueblo.

Teatro La República nació con un ideario perfectamente definido. Literalmente, la república es una forma de gobierno en la que el pueblo ejerce la soberanía directamente o por medio de delegados elegidos. También es un tratado platónico de filosofía política donde se expone un modelo de régimen ideal, a partir del análisis de las nociones del bien, la justicia y el alma.

Quizás, dentro de muchos años, aparecerá también en las enciclopedias el término de “La República” para referirse al grupo de teatro canario que trató de romper, en la medida de sus posibilidades, con un régimen dictatorial de cultura escénica, donde sólo se primaban determinados modelos que respondían a cánones preestablecidos y poco beligerantes con el “anestesiante” sistema cultural predominante.

El reto es ilusionante porque siempre ha sido ilusionante. El inicio se fragua en diciembre de 1995. En la soledad de los ensayos y de años de preparación en la oscuridad de distintas salas de trabajo entre Agüimes e Ingenio, surge La República. Nos guió entonces la misma idea que sigue presidiendo nuestra razón de ser: poner en escena, si no un teatro nuevo, sí, al menos, distinto. De esta manera, toman sentido para nosotros las palabras de Francisco Nieva en Nosferatu (1961) y que nosotros parafraseamos aplicándolas al hecho teatral canario:

Estamos en la Canarias fatal del expresionismo. Cientos de barrancos la cruzan irremisiblemente. Cielo de estuco abullonado. Patria de la mala ley bajo el orden. Urinarios góticos, teatros mesopotámicos y periódicos en el viento con noticias de política cubista.

En junio de 1997, La República estrena su primer espectáculo, asistiendo así al nacimiento de la única compañía de teatro contemporáneo en Canarias que, a día de hoy, sigue con una labor continuada en el mismo campo.

De nuestros orígenes conservamos casi todo: la rebeldía escénica, la osadía para afrontar textos de vitrinas, el descaro para jugar con el teatro que nos sobrepasa en peso y tamaño, etc.

¿Del porvenir? Del porvenir lo esperamos todo: lo malo y lo bueno, el éxito y el fracaso. Ni una cosa ni otra nos harán perder el norte. Seguiremos de frente mientras nuestro proceso creativo siga teniendo una finalidad y nuestras conciencias trabajen libres y sin intoxicaciones.

Muchas veces miramos el camino recorrido y nos sobrecogemos. Qué lejos queda el inicio y cuánto ha recorrido esta República, nos decimos; cuántas piedras sorteadas y cuántos pétalos recibidos, mas cuánta rabia e impotencia al contemplar que nuestro camino se halla rodeado de mar. Para las ansias de proyección que nos envuelven, qué corto ha sido el trayecto y, lo peor, qué corto nos parece que es.

La memoria nos reconforta con el recuerdo de los inicios en aquel lejano 1995 o con la participación, representando al teatro canario, en el Festival de Palma del Rio en Córdoba; nos agrada pensar en todos y cada uno de los buenos momentos pasados, el cariño recibido, el seguimiento entrañable de nuestros fieles, pero la nuestra, ante la vida, no puede ni debe ser una actitud contemplativa.

Por eso, nos aguijonea el alma muchas invitaciones recibidas que no fraguaron por culpa de la desidia institucional. Pienso ahora en una gira programada por Nueva York, Washington y Miami que nunca apoyó el Gobierno de Canarias; o la invitación del CELCIT (Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral) para recorrer todo el cono sudamericano, que también desechó nuestro máximo organismo cultural, y eso por señalar dos eventos importantes para la compañía y, por extensión, para lo que representa.

Y nos aíra ver en qué ha quedado el buen propósito que guió la sala de teatro “La República”, inaugurada el 23 de abril de 1998 con la idea y el espíritu de mantener un espacio permanente de encuentro de distintos grupos canarios. Un recinto este donde han actuado grupos de la Península, cubanos, chilenos, etc., y que, por causa de la desidia del Ayuntamiento de la Villa de Ingenio, hoy solo es un recuerdo de lo que pudo ser.

Pero, frente a las adversidades, la entereza de ánimo. Seguimos en la brecha fortaleciendo el trabajo directo con los mejores autores españoles contemporáneos: Juan Mayorga, Yolanda Pallín, Borja Ortiz de Gondra, Rodrigo García, Javier Yagüe, Itziar Pascual, Antonio Morcillo, etc.

El público en general y los que saben del quehacer teatral, tanto de nuestra tierra como de fuera de ella, tienen referencias claras sobre nuestra labor. La prensa de Canarias y diarios como El País se han hecho eco de nuestros trabajos; al igual que un buen número de revistas especializadas en cultura y en teatro, como Anarda, Disenso, ADE Teatro, Masteatro, Primer Acto, etc. Todas, en mayor o menor medida, son las mejores notarias que tenemos para dar fe del trabajo que hemos realizado a lo largo de todos estos años.

¿Que qué vamos a hacer? Que no quepa ninguna duda al respecto: vamos a seguir alimentando nuestro teatro con todas aquellas experiencias que provengan de la cultura y de todas las facetas artísticas a las que seguimos vinculados.

Desde esta atalaya donde se otea el, a veces, desierto panorama teatral de las islas, La República prepara entre horas de ordenador nuevos trabajos, nuevos proyectos que tarde o temprano saldrán de nuestros talleres para verse materializados en montajes que, esperamos, estén acordes a la calidad que de nosotros se espera.

También, desde esos mismos talleres, la investigación teatral y la búsqueda de nuevas formas y métodos de training aglutinan parte de nuestro esfuerzo, un esfuerzo creador que nos mantiene en vilo, en guardia, y que nos permite ser absorbentes a todo lo que nos sitúe de frente y en continua evolución. Nunca hemos perdido (espero y deseo que siga siendo así) nuestra vieja costumbre de dar una vuelta de tuerca más a nuestro cada vez más amplio currículo [La compañía teatral ha puesto en escena las siguientes obras: Chatarra (1997); Olé, torero (1998); Lista negra (1999); El hacha (1999); Dedos (2001); Cuando las mujeres asaltaron los cielos (2003); Nano (2003); NWC (No War Cabaret) (2006); Hamelin (2009); A quemarropa (2012) y la que nos ocupa, Ciudadano Yago (2013)].

El futuro de Yago se escribe ahora desde tu visión, mi dilecto lector. El Yago de Nacho, el de Teatro La República, vive en estas páginas una transición para convertirse en tu Yago y, con él, en la responsabilidad de juzgar los prejuicios que el tiempo ha sedimentado en el personaje como metáfora de una sociedad anquilosada en el propósito de evolucionar a pasos cortos para, luego, involucionar a través de grandes saltos.

Este Ciudadano Yago que nace en tu biblioteca también debe hacerlo en otros escenarios y con otras direcciones. Es normal que así sea, va en el género. A diferencia de los poemas o las novelas, que suelen mantenerse incólumes con el paso de los lectores (salvo, claro está, que a un inconsciente le dé por tunear un clásico), los textos teatrales son, por lo general, generosos en su disponibilidad para que sean llevados al escenario atendiendo más, en ocasiones, a los criterios del adaptador que a los del propio autor. Es normal que así sea («el teatro escrito como tal no tiene sentido; su último fin es la representación y la puesta en escena», dice Nacho); es normal, pues, repito, que para que perviva una obra teatral haya en los autores cierta voluntad de liberar su texto para que se amolde a la cosmovisión de quienes lo vayan a recrear a su manera para que perviva nuevamente.

Sobre ese otro Ciudadano Yago que espera, desde estas páginas, a revivir en otros escenarios a través de otras manos, Nacho señala: «Del mismo modo que cuando leo una obra con intención de montarla, lo primero que hago es borrar cualquier acotación o didascalia que me pudiera condicionar, yo le propongo a cualquier director que quiera y pretenda montar este texto que se sitúe ante él de manera libre y sin condiciones. Es, sin duda alguna, una experiencia muy enriquecedora el ver también cómo otros han interpretado tu obra y cómo se han posicionado ante los limpios renglones que en nada quedarán llenos de carne de interpretación. Lo único que le pido a ese director imaginario es que mire a Yago con ojos de juez imparcial, y que le deje expresarse libremente y sin ataduras. Que proponga mil variantes e infinitos argumentarios a ese público que, espero, llegue a este espectáculo lo más virgen posible».

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Última escena

España, mañana…



Artículo publicado en
Canarias Cultura


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