Demonios cervantinos. Bases para una cronobra de Cervantes, 1547-1616

Demonios cervantinos

Editorial: Mercurio Editorial | Primera edición: abril, 2017 |

ISBN: 978-84-946761-9-2 | Depósito Legal: GC 188-2017

Imagen de la cubierta: Nuria Santana Sanjurjo

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PREFACIO

DEMONIOS EN LOS NIDOS DE ANTAÑO CELEBRADOS EN EL 2016º AÑO

Hoy, 22 de abril de 2017, un año después de los principales hechos que se reflejan en este tomo, firmo este prefacio. Hace apenas un mes (el 17 de marzo), mi último hijo cervantófilo se ha presentado: Prontuario a una visión cervantina de la mujer [Mercurio Editorial]. Con él vengo a cerrar una lejana andadura que, a mi juicio, ya no ha de ir a más por la parte que me toca. Es uno de los tantos caminos por los que ya no voy a transitar. Se queda como está y que los cielos me perdonen si más tullido de lo que estaba lo dejo.

Como el tiempo apremia y en el horizonte se vislumbran las divisas de una meta desconocida hasta hace poco, aunque esperada desde hace mucho, no me queda más remedio que ser breve, efímero, fugaz… Sé que me lo agradecerán y sé que me lo agradeceré, pues he de evitar, en la medida de mis posibilidades, todo barroquismo en esta pieza escrita que ahora nos convoca para explicar lo que, en una trayectoria rectilínea, se ha de resolver de manera clara, diáfana, cristalina…

Afinada la voluntad, te cuento: las cuatro piezas que conforman este volumen representan, unificadas en este libro, la penúltima estación de mi camino cervantófilo tal y como ahora mismo asumo que ha sido, es y ha de ser.[1] Tres de las cuatro impresas simbolizan el acta intelectual y emocional de tres acontecimientos que se fijaron en tres instantes del año pasado al hilo de las celebraciones por el 400 aniversario de la muerte de Cervantes en las que me vi envuelto en tres lugares diferentes.[2]

La parte no sujeta a parámetro alguno de tiempo y espacio debe su lugar en este tomo a la función que le he atribuido: que sea mi singular ángel anunciador del último tramo de mi camino cervantófilo; de ahí que deba verse como un preludio, un adelanto, un andamio o estructura, un boceto… de esa última estación que hoy reconozco que me falta y, tras la cual, mi cervantofilia ha de descansar. Pero voy más lejos todavía: mi deseo es que sea la cronobra el penúltimo escalón; que, cuando llegue al final de sus páginas, tenga bien claro que ningún otro camino editorial me resta por transitar salvo el que me ha de conducir hasta mi Esto es todo, amigos que ya he empezado a componer. El tiempo apremia, repito…

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Este libro, pues, lleva como razón de ser el acceso tangible a ese final que, en ocasiones, pienso que he prolongado más de lo que yo mismo habría esperado y deseado. Tras la cura de humildad que supuso hallar en Cervantófila teldesiana el verdadero rostro de mi soberbia juvenil en forma de tropezones lingüísticos y literarias y literales caídas, he dedicado mis prosas cervantófilas a purgar aquellos textos y dar vida a otros nuevos para que la luz que debía subyacer sobre mi Cervantes, mis ideas, mis conclusiones, no quedase oscurecida. Por eso, a ese autor que obra en mi conciencia y con el que he convivido durante toda mi vida he dedicado la mayor parte de mis más amadas prosas.

Confieso que no sé si mi propósito me ha llevado a algún sitio ni si ha valido la pena estar toda la vida cabalgando sobre el esqueleto de mi Rocinante particular. El extenso y yermo paraje que hay frente a mí, que me rodea y que siento en mis espaldas me conduce a pensar que he sido un voluntarioso pero pésimo jinete, sin ingenio ni capacidad para trazar el camino que he recreado en mis pensamientos. Cuando las ideas dichosas no pueden casarse con una acertada y luminosa expresión lingüística, todo se vuelve desdicha; lo que me lleva a preguntarme, en estos ratos de incertidumbre que vivo, si es razonable o no que me deba considerar desdichado, puesto que desafortunadas han sido mis escrituras en tanto que no han gozado de la oportuna fortuna esperable para todo texto escrito: que sea leído.

En esta etapa de mi vida, percibo que todo lo hecho hasta ahora no ha sido más que un gran monólogo donde la escritura no tenía otro destinatario que no fuese yo mismo. Es posible, llegado a este punto, que deba reconocer mi convencimiento de que, sin darme cuenta, he cervanteado más para mí que para mi alumnado o mis escuchantes o posibles lectores, a pesar de que he escrito pensando en ellos y que todo el proceso editorial que he llevado a cabo se ha realizado pensando en ellos.

Una verdad apocalíptica se ha adueñado desde hace tiempo de mi ánimo con forma de demonio cervantino: que nadie lee cuanto compongo, que nadie se ha percatado de mis mensajes, que las trampas literarias con las que siembro el terreno de mis escrituras jamás atrapan a ningún incauto porque nadie pasea por la sabana de mis textos. Esa es la verdad y es tan incuestionable como mi carencia de talento. Por eso he llegado a la conclusión de que no tiene sentido intentarlo muchas más veces: la pobreza que ves es la que tengo; la falta de gracia, la que me adorna; la carencia de brillantez, lo que me identifica. Aquí no hay trampa ni cartón; wysiwyg es mi acrónimo. Debo reconocer que, a día de hoy, por un lado, escribo para coetáneos que llegarán a mis textos por error o por azar, cuando sea y donde sea; y, por el otro, que a veces escribo pensando en que hacia el año 2433, aproximadamente, habrá un victorianosantanasanjurjo que haga lo que en 2003 yo hice con Bernardo González de Bobadilla y su Ninfas y pastores de Henares [Alcalá de Henares, 1587].

Sé que (ya sea hechos, esbozados o como simientes sin fecundar en sus semilleros) me quedan todavía muchos escritos que reclaman una atención que ya no puedo darles, no debo darles ya y, probablemente, no quiero darles. Los dejaré donde están, al fondo de muchos cajones sin fondo, en el infinito oscuro de los armarios que, en un cementerio, llevarían un cartel que reza “osarios”. Allí han de quedar como hasta ahora, desterrados de mis inquietudes editoriales, hartos de oír la cantinela de que «más tarde los retomaré»; sí, allí los he de dejar hasta que haya para mí una suerte de Juicio Final, en forma de Esto es todo, amigos, donde salgan como humildes pecados para redimirme como ignorante, aunque pertinaz, pecador.

Hubo un tiempo -qué curioso es cuanto ahora voy a contarte- en el que estaba convencido de que este dejar para después obedecía a una biológica pereza que se apoderaba de mí y que me volvía absolutamente indolente; mas ahora ya no creo que esa sea la causa de que los haya aparcado o de ya no mire hacia lo que haré o haría porque me entretengo viendo lo que hice. Mi indolencia no es el producto de una natural y reconocida vagancia que se me pueda atribuir, sino de una ya incuestionable y fácil de atisbar impericia; o sea, una notable incapacidad para hacer, en el ámbito editorial, algo que supere el calificativo de mediocre o malo.[3] Así, pues, creo que de gandul o vago quizás no se me debería acusar, pues la inversión de horas que realizo en la ocupación de leer y escribir con ínfulas académicas son tan elevadas que, salvo cuando duermo o hago los escasos menesteres que se me requieren para la supervivencia, el resto de mis jornadas se entregan en cuerpo y alma al quehacer lingüístico y literario, ora como docente, ora como gestor de asuntos editoriales.

Si eres persona con cierta sensibilidad, es posible que mi descarnada confesión te haya podido desconcertar y, hasta cierto punto, apenar; si así fuera, gracias por solidarizarte conmigo y perdona la incomodidad ocasionada y la falta de mesura a la hora de exorcizarme, pues no he tenido en cuenta que, con la debida perspectiva, debería desdramatizar un tanto la situación, pues he sido feliz durante todo este tiempo creando mis prosas sobre mi Cervantes, he disfrutado mucho de la escritura y lectura documentadas, y me siento muy orgulloso y honrado de que mi condición de misionero cervántico me haya llevado, por un lado, a recibir el sustento editorial afectuoso y desinteresado de mi editor, Jorge A. Liria Rodríguez, y de mi mujer, Patricia Franz Santana; y, por el otro, a conocer a personas y entidades muy interesantes, como el colectivo que representa la Asociación Peritia et Doctrina de la ULPGC, que será el primero en tener en sus manos este libro, pues gracias a la impartición de un seminario sobre Cervantes acordado para los días 2, 4, 9 y 11 de mayo del presente año, se aceleró el proceso de elaboración de este volumen.[4]

Dije que quería ser breve y lo seré. Dos cosas, no más, ha de contener este prefacio tras dejar clara cuál es mi posición ante el trabajo cervantófilo que he realizado a lo largo de mi vida: la primera, dar cuenta, bajo la síntesis de un decálogo, de por qué mi Cevantes y, de paso, por qué mi adoración hacia el Quijote; la segunda, dar gracias a una serie de títulos cervantistas que me han acompañado durante todos estos años y que han formado parte de todas las bibliografías consultadas; gracias a sus autores, gracias a la sapiencia y la luz mostradas y ofrecidas para que ciegos como yo no nos perdiésemos en el camino de nuestras insolencias y deslavazadas escrituras.

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¿POR QUÉ LEER A CERVANTES?

1º. Cervantes es el autor del Quijote. Cervantes es, de alguna manera, el Quijote. Llegados a esta conclusión, me veo en la obligación de reproducir mi “Decálogo sobre por qué leer el Quijote”, cuya última versión aparece en El Quijote (1605) tuneado que publiqué en Mercurio Editorial (2013). Dice así:

RAZÓN 1ª: Porque lleva cuatrocientos años siendo la primera de las obras literarias. Hubo un antes y un después del Quijote. Después de la novela cervantina, la literatura universal no volvió a ser la misma. Todos los autores posteriores han tomado el Quijote como un elemento clave para su formación como escritores. Ha sido elegido el mejor libro de la Historia por más de cien escritores pertenecientes a cincuenta y cuatro países.

RAZÓN 2ª: Porque su lengua original es la española, la que usamos y une a más de cuatrocientos millones de seres humanos en la Tierra. La lengua española, gracias en buena medida a los americanos, es la lengua de la literatura universal (sin que deba traducirse la afirmación como un menoscabo a la lengua inglesa, claro está). Como obra lingüística, el Quijote representa la cumbre de nuestro idioma: «[…] Afirmar que Cervantes escribía bien es una perogrullada, pero hay en su época muchos escritores españoles mucho más correctos gramaticalmente que él, si es que es lícito examinar su obra a la luz de una gramática cuyas reglas son en gran parte posteriores […]» [RIQUER, edición del ‘Quijote‘, 2004 : LXVII].

RAZÓN 3ª: Porque Don Quijote y Sancho representan las dos caras de una misma moneda: el mundo tal como es y, a la vez, el mundo tal y como creemos que es. En este sentido, ambos personajes son el reflejo perfecto de la condición humana; de ahí que, hasta el día de hoy, no haya lectores de esta novela que no perciban algún tipo de identificación con estos personajes ante determinadas situaciones o ideas expresadas.

RAZÓN 4ª: Porque es todo un prototipo de nuestra cultura, la hispánica, la que nos hace sentir muy próximos a la América hispanohablante; lo que no ocurre con los europeos o los norteamericanos, por ejemplo. Uno de los representantes más indiscutibles de la referida cultura es el Quijote, pues solo en los países con la marca de “hispánicos” se puede entender una figura como la de Don Quijote. Un término como “hidalgo” solo es concebible dentro de nuestro ámbito; los anglosajones, por ejemplo, carecen de un significante que pueda asociarse a nuestro concepto de hidalguía.

RAZÓN 5ª: Porque es un libro que fomenta valores (la amistad, el amor, la justicia, la lucha por las cosas que uno quiere y en las que uno cree, la igualdad…) y abarca un amplio abanico de sentimientos (es divertido, triste, emocionante; intangible, en ocasiones, y al mismo tiempo de una abrumadora accesibilidad; etc.).

RAZÓN 6ª: Porque es un libro del que hablan mal quienes no lo han leído y alaban sin límites quienes lo han leído hasta el final. Lo que nos conduce a un proverbio que reza así: «Algo tendrá el agua cuando la bendicen».

RAZÓN 7ª: Porque posee unas cifras editoriales desconcertantes: en 1605, el año de su publicación, casi diez mil ejemplares vieron la luz (una cantidad desorbitada para la época). De esos ejemplares, tres mil eran ilegales, piratas… Unas cifras extraordinarias si tenemos en cuenta que la mayoría de la población era analfabeta.

RAZÓN 8ª: Porque tiene muchos niveles de lectura: desde el nivel superficial (el de la anécdota), que basta para convertir a la novela en un texto entretenido, hasta el más profundo, en el que navegan los especialistas de la obra cuando tratan de analizarla. En medio, hay cientos de niveles que permiten que la novela se amolde a las circunstancias de sus lectores: formación cultural, interés mostrado en la lectura, etc.

RAZÓN 9ª: Porque millones de lectores, de distintas épocas, culturas, credos, formación intelectual, inquietudes; y diferentes circunstancias históricas, sociales, económicas… no pueden estar equivocados cuando han contribuido, de una manera u otra, a defender la valía y conveniencia del Quijote.

RAZÓN 10ª: Porque no se escribió con las pretensiones de otras obras literarias: el triunfo y la fama de su autor. Al contrario, el Quijote se escribió en buena medida para que su autor liberase en él la cantidad de frustraciones que había cosechado a lo largo de su vida. La novela, que se compuso para atacar a los libros de caballerías, según declara para despistar el propio Cervantes, en el fondo no era más que un medio para canalizar todos los malestares y pesares que había acumulado a lo largo de su vida.

2º. Cervantes nos muestra que las fronteras entre la veracidad y la verosimilitud no son tajantes: cuenta como historia lo que es literatura y hace de la literatura un abrumador ejercicio de historia. Esto le permite que sus registros no se adscriban exclusivamente ni a un campo ni al otro.

3º. En Cervantes no importa lo que se cuenta, el fin del relato en sí, sino cómo se cuenta. Esta es una virtud atribuible solo a los clásicos. Lo de menos es cómo termina una composición, lo que importa es la composición en sí misma. Por eso, Cervantes es un autor que perfectamente puede ser leído abriendo los libros que contienen sus obras por cualquier página.

4º. Cervantes es un artesano de la palabra, sabe hacer un uso del idioma preciso. Ojo, no debe confundirse el uso preciso con el correcto manejo gramatical y ortográfico siguiendo la actual normativa. Cervantes es un comunicador nato, alguien capaz de transmitir cualquier historia de la manera más asequible. De hecho, podríamos leer sin problemas de comprensión notables cualquier obra suya escrita en el español original, ya sea del siglo XVI o XVII.

5º. En Cervantes se encierra un pequeño gran filósofo. Sus obras están repletas de sentencias y pensamientos que en muchos casos no son citas extraídas de otros autores, sino cosecha propia. Su experiencia vital le permite hacia el final de su vida, cuando se concentra la mayoría de su producción literaria, convertirse en un fiel consejero-docente del lector cuando aborda, por boca de sus personajes, numerosos temas relacionados con cuestiones tan variopintas como la literatura, la milicia, los hijos, el gobierno de las naciones, etc.

6º. Su capacidad para manejar el idioma con desparpajo y su experiencia vital, repleta de sinsabores, le llevan en ocasiones a adoptar una postura en su escritura en la que predomina la vis cómica, en sus vertientes irónicas. En sus textos, la comicidad está presente de una manera u otra, ora de manera evidente, ora encubierta dentro de una suerte de texto aparentemente neutro.

7º. De la fusión de vida y literatura ya expuesta, aparece un recurso cervantino muy notable: la presencia del autor dentro de lo que se narra, por un lado, y, por el otro, la capacidad del autor para reírse de sí mismo, que entronca con lo apuntado con anterioridad sobre el humor.

8º. Pero no dejemos de lado algo importante: con su ironía, su desparpajo, su espíritu filósofo y didáctico… a cuestas, Cervantes también arrastra demonios e ir a la caza de ellos es un ejercicio lector apasionante. Cuando Cervantes aborda un tema concreto, el lector que sabe de su vida es incapaz de no fijar la pregunta clave en estos casos: ¿Por qué? ¿Por qué aborda este tema? ¿Por qué ha pastoreado al rebaño de personajes para llevarlos hasta el punto de tratar de tal o cual tema?

9º. Cervantes es inmensamente humano, brutalmente humano. No se escuda en los artificios literarios para aislarse de los lectores y mostrarles, como si fuera una película, una serie de secuencias literarias con vistas al mayor o menor entretenimiento, sino que “escupe” en su escritura lo bueno y lo malo que tiene, lo que le angustia y le alegra, las risas y las penas… Es demasiado cercano, está demasiado próximo a nuestras pulsiones existenciales.

10º. Aunque lo haya situado al final, lo más importante para responder a por qué leer a tal o cual lector literario, (Cervantes en el caso que nos ocupa) se encuentra en una realidad incuestionable: porque es entretenido, porque su lectura nos evade y nos hace disfrutar el tiempo que le hemos dedicado. Y Cervantes es insuperable en este tipo de realidad.

[…]

[1]. Véase la nota final 2 del primer artículo y contrástese con lo que al respecto señalo en el epílogo.

[2]. Tres, tríada, triángulo… pirámide.

[3]. Por eso creo que ya debo dejar de lado el esconderme detrás de Plinio el Viejo y su manoseado «No hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena». Ya va siendo hora de que Gayo Plinio Segundo deje de ser el flotador que sirva para relativizar naufragios.

[4]. Procede dar las más sinceras y efusivas gracias a la Junta Directiva de la mentada asociación, presidida por D. Víctor Manuel Girona Quesada. Además del nombrado presidente, conviene señalar, en la vicepresidencia, a D. Saturnino Armas Marrero; en la tesorería, a D. Ceferino González González; en la secretaría, a Dña. Ángela María Quintan Gómez; y, como vocales, a Dña. Milagros Pérez Rodríguez, Dña. Concepción Plaza Martín, Dña. Yolanda Torres López, Don José Luis Bello Giz y, por último, a Dña. Menchu Rodríguez Brehcist. A todos, de todo corazón, muchas, muchísimas gracias por honrarme al permitirme compartir con sus asociados algunos humildes frutos obtenidos de mis cosechas cervantinas.