Una inquietante absurdidad (emulando a Gila)

— Oiga, señor, no sé si está dando cuenta, pero se está ahogando.

— ¿Quién? ¿Yo? ¿Qué le hace pensar a usted que me ahogo?

— Supongo que verle en medio del océano, sin salvavidas y braceando a diestro y siniestro sin un rumbo fijo.

— Pues sepa, señor auxiliador, que lo tengo todo controlado: soy un buen nadador y sé hacia dónde me dirijo.

— No dudo de que sepa nadar ni de que domine el arte de la orientación siguiendo la posición del Sol, pero repito, está en medio de un océano. Si sigue dando brazadas como las da, terminará cansándose y no tiene nada a lo que agarrarse para descansar.

— ¿Me va a decir usted lo que puedo o no puedo hacer? ¿Me va a dar lecciones de supervivencia; a mí, que fui capaz de salir airoso y sin manchas de un mar de chapapote?

— Señor, estoy convencido de que usted es capaz de hacer muchas cosas y mis lecciones de supervivencia no son más que razones basadas en el sentido común, no en la experiencia de haber pasado lo que usted afirma que ha pasado, pero la cosa ahora es más complicada: quedan muchas millas hasta la costa y comienzo a ver que le cuesta respirar y que está tragando más agua de la aconsejable…

— Por favor, señor que auxilia, no se preocupe más y vaya a atender a los bañistas bávaros del Danubio, que esos sí necesitan ser rescatados.

— Pero…

— Sí, por favor, hágame caso; y déjeme ya, que no logro oír la lista de jugadores españoles que participarán en la Eurocopa.

— Señor, se está ahogando… ¿Me deja que le rescate?

— Y dale. Desde luego, no hay peor sordo que el que no quiere oír.


Artículo publicado en Teldeactualidad

5 comentarios sobre “Una inquietante absurdidad (emulando a Gila)”

  1. Mágnifico cuento Victoriano, pero de donde no hay no se puede sacar, salvo el poco dinero de los más necesitados para acumulación de los que más tienen, a lo que llaman buena gestión.
    Enhorabuena.

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