“La Casa de Padreabuelo” de Juan Quintana Rodríguez

La Casa de Padreabuelo

Juan Quintana Rodríguez: La Casa de Padreabuelo (Mercurio Editorial, 2013)

Edición y preliminar: Victoriano Santana Sanjurjo.


La Casa de Padreabuelo

Hay una historia, un tipo de historia, más o menos oficial, más o menos rigurosa, que es objeto de análisis en los que se contrae lo dilatado y se expande lo que se muestra corto; y que se difunde en pequeñas dosis con el convencimiento de que, si no es útil su conocimiento, en el sentido de práctico, de utilidad para la supervivencia, sí es, al menos, nocivo para el presente que uno vive su desconocimiento. En general, es esta la historia que se enseña en los centros educativos, sea en el nivel o la etapa que sea, y que, por circunstancias que no vienen al caso detallar, “perseguirá” académicamente al discente sin llegar a alcanzarle en su totalidad (todo hay que decirlo, pues las estadísticas cantan).

Hay otras historias que, de manera lacerante, llegan a formar parte de un cóctel costumbrista que se ingiere, como si de una pócima rediviva se tratase, con el fin de afianzar una identidad que se desea amoldar a unos patrones prefijados y, hasta cierto punto, idolatrados. Según sea la dosis, estas historias podrán o no complementarse a la oficial, aunque muchas veces terminen proyectando su sombra sobre el manto de una suerte de mitología popular que termina desvirtuando los hechos que se consideran veraces para que no lleguen a acercarse ni tan siquiera a los que se esperan que, cuanto menos, sean verosímiles.

Mas hay otras historias, otro conjunto de textos históricos, que están en medio de los expuestos, en una especie de tierra de nadie: son reales porque, sobre todo, existe una tradición oral íntima, cercana, próxima, que permite verificar que han superado los márgenes de la señalada mitología popular, pero no acceden a la oficialidad porque, dada su cercanía, se terminan diluyendo del grupo compuesto por los considerados como “hechos trascendentales que han transformado a la sociedad”, así, entrecomillado, para que se perciba cuál es la característica más destacable de la que denomino para ti como historia oficial.

Me refiero con la que apunto a la que quizás debería reconocerse como historia cotidiana o, por buscar alguna denominación quizás más entendible, historia de los día a día; una historia sobre “eso” que Armstrong, cuando pisó la Luna por primera vez, apuntó como “pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”. Te hablo de los pequeños pasos imperceptibles que, con el tiempo, terminan convirtiéndose en largos caminos donde todo pasado ha sido transformado en su totalidad sin que apenas pueda haber una noción clara del cambio. Este apunte que comparto contigo se halla en el unamuniano término de “intrahistoria”, presente en la obra del célebre rector salmantino En torno al casticismo (1905):

[…] Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna; esa labor que, como la de las madréporas suboceánicas, echa las bases sobre las que se alzan los islotes de la historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido; sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo vivo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras […]

En este tipo de historias intrahistóricas cabe, a mi juicio, la novela que representa el tercer volumen de la Biblioteca Canaria de Lecturas, La Casa de Padreabuelo, de Juan Quintana Rodríguez, una obra ambientada fundamentalmente en el sureste grancanario de finales del siglo XIX y que atesora la esencia de un texto fundacional, similar en su espíritu a los compuestos por los descubridores, conquistadores y colonizadores de nuevos mundos. La tierra ya estaba y, en ella, sus moradores, quienes ven pasar las estaciones y sus vidas en una suerte de continuidad donde se funden el ayer con el hoy y el mañana; y así, sucesivamente, sin que nada perturbe de manera notable esta cadencia temporal. Así hasta que tiene lugar el punto de inflexión, que no puedo evitar fijar en un término común, pero trascendental para el progreso: la carretera; o sea, la vía que une, que desaísla a los que han vivido en el archipiélago de los pueblos desconectados entre sí.

Pertenezco a la generación que vio nacer la autopista del Sur de Gran Canaria; o lo que es lo mismo, al grupo de grancanarios que no tuvo que sortear los fatigosos caminos de nuestros padres y abuelos para ir, desde mi Telde natal, a la capital, al aeropuerto o al sur de la isla, pero que, al mismo tiempo y por fortuna, no perdió la oportunidad de conocer cómo iban surgiendo prácticamente de la nada las poblaciones del sureste cercanas a la vía (El Carrizal, El Cruce de Arinaga, Vecindario…) hasta convertirse en las ciudades que ahora son, salvando las distancias, claro está, con lo que representan como urbe Las Palmas de Gran Canaria o, desde el siglo XXI, Telde.

Esta posibilidad de ver cómo han crecido los núcleos poblacionales de Ingenio, Agüimes y Santa Lucía de Tirajana puestos como ejemplo nos ha permitido establecer un vínculo efectivo entre lo que a día de hoy son y lo que fueron estas tierras antes de la autopista gracias, sobre todo, a lo visto con ojos infantiles y lo oído por quienes formaron parte del empedrado de particularidades humanas con el que se edificó la historia y, en algunos casos, la “prehistoria contemporánea” del sureste grancanario. Por decirlo de algún modo, la autopista situó en el espíritu de avance del siglo XX a unas tierras que, hasta bien entrada la centuria, seguían fijando su trayectoria a través del estatismo o de un progreso muy lento que no conllevaba el que hubiese diferencias notables entre lo que eran entonces y lo que fueron uno o dos siglos antes.

Concreto, es necesario: sobre el asfalto de la autopista circuló la prosperidad y en las carreteras que unieron los pueblos con la autopista viajó también la evolución; un avance que, para el caso que nos ocupa, debe interpretarse como la apertura del metafórico archipiélago al mundo que transita, el que se mueve, el que ajusta sus pasos a los latidos del presente y, al mismo tiempo, como una brecha abierta para que el mundo acceda a las islas de los poblados.

En la novela que nos ocupa, se habla de caminos que desde siempre fueron andados o recorridos con animales; se nombra a Juan de León y Castillo y el informe para el trazado de la carretera que, viniendo de Agüimes, llegará hasta Tejeda pasando por Santa Lucía y Tunte (cap. XI); Mateo Déniz descubre los seis kilómetros que separan el parque de San Telmo y el puerto, lo que será clave para el devenir de la narración (cap. XVIII); «Mateo Déniz, temprano por la mañana, subía a un charabán en las proximidades del hospital San Martín que lo llevaba a Agüimes, después de atravesar las cabeceras de Telde e Ingenio. Allí montaba a caballo y por un camino sinuoso y estrecho llegaba al anochecer a Tunte, con dos paradas, en Temisas y Santa Lucía, para que el animal abrevara y él estirar las piernas» (cap. XVIII); se da cuenta de cómo nace la carretera que conducirá a Santa Lucía y Tunte (cap. XX); y se habla del tomate, de sus cultivos, de su exportación al Reino Unido, lo que conllevará la necesidad de que los accesos a la capital sean más efectivos. Así se abre el mundo cerrado al que transita.

La llegada a La Casa Grande de Gregorio Chil y Naranjo (cap. III); la presencia del fotógrafo inglés John Harris Stone y de su esposa Olivia Stone (cap. X y XI), del citado León y Castillo (cap. XI) y, sobre todo, del francés René Verneau (cap. XVII) aparecen en la novela como las muestras de cómo el mundo exterior logra adentrarse en ese universo parado donde se sitúan los orígenes del protagonista de la novela: José Mejías, hijo de José Mejías y nieto de José Mejías. El mismo nombre, los mismos apellidos, la misma historia en el mismo entorno, el mismo paisaje y las mismas horas que no señalan ningún avance ni retroceso alguno. La historia mítica del estatismo se convierte en los nombres en una marca de pervivencia en un paraje que, de por sí, parece rendir cuentas a la eternidad. Aunque no cabe duda de que esta homonimia hunde su razón de ser en una tradición arraigada de nuestra cultura hispánica, en Juan Quintana debe percibirse también como un guiño amable hacia una referencia intertextual que, sin duda, habrá surgido en tu entendimiento: la estirpe de los Buendía de Cien años de soledad.

En este ritual de los nombres y de los días eternos (los del «como siempre… como siempre…» que se anota al principio del capítulo VI), el mundo, con sus capas oníricas y sus pensamientos, y el inframundo (cap. XXIII) se funden en una sola realidad con la misma naturalidad con la que se ve parir a las hembras o buscar el pasto para el ganado en “la otra parte” cuando las lluvias son esquivas y los animales demandan atenciones. Es una realidad que asimila las leyendas con los hechos incuestionables y que forja buena parte de sus convicciones sobre la base de las supersticiones o creencias que escapan a cualquier formalidad amparada en la razón: por ejemplo, que la ceguera es contagiosa (cap. II) y que la ciencia de Chil y Naranjo nada pueda hacer contra el poder curandero de Fatimita para devolver la vista a José Mejías hijo (cap. III).

 En la novela, la otra parte es el lugar donde se halla el forraje que alimenta a las bestias cuando la sequía está presente, pero es también la representación de donde proviene el progreso: de ahí, de la otra parte, del lugar opuesto a donde uno está y donde siempre ha estado. Por eso, la llegada del pajarero de la capital siempre despierta el interés del curioso José Mejías hijo: «Echaba en falta a aquel señor que siempre puntual venía en el mes de mayo, se sentaba en el muro, colocaba una gran jaula de caña en el empedrado y le contaba historias de su puesto en el Puente Palo, allá en Las Palmas» (cap. IX); y por eso mismo siente que tiene «que estar al corriente de las noticias que vienen de fuera» (cap. XV).

A medida que sean más nítidas y transitables las venas que comunican los mundos interiores y exteriores, el archipiélago terrestre y la que se “autoreconoce” como civilización, las convicciones se irán desmoronando paulatinamente hasta que, mordida la manzana, termine imponiéndose el pragmatismo de la supervivencia («Tengo que alimentar siete bocas: cinco hijos, mi mujer y yo», cap. XX) a cualquier noble idealismo («No me perdonaría que por mi culpa se sequen las fuentes dejando sin agua a los caseríos», cap. XIX; «Nada me apartará de mis convicciones», cap. XX), aunque por medio tenga que ejercer su imperio la Muerte a través de la sangre y el dolor. Por eso hablo de texto fundacional al principio, porque este encuentro entre mundos, similar al de todo proceso de descubrimiento, conquista y colonización de nuevos mundos, supone una transformación para los que están y para los que llegan. Lo que estaba ha podido permanecer “puro” de manera indeterminada; mas una vez que se produce el contacto, nada volverá a ser como antes.

El título de la novela es el del centro de un universo particular: una casa, una familia, un hogar; un lugar donde sus dueños duermen en las “sábanas calientes” que el padre, ya muerto, en sueños sugiere a su hijo que busque porque ya es hora (cap. XVII). Es aquí donde surge el principio de todo (cap. I): aquí nace José Mejías y recibe el bautismo pagano de un cabezazo en la tierra tan pronto como sale de su madre, María Piedad. Del mismo modo que el bautismo cristiano vincula al hombre con Cristo, el pagano de Mejías lo unirá a la tierra de manera singular («Ya entonces empezó a percibir los sonidos que le transmitía la tierra», cap. II). La tierra le dará la vida a través de su relación con el agua y será la tierra, en forma de piedras, la que se la quite. El mismo día de su nacimiento, José Mejías hijo comienza a morir, pues con él nacen los antagonistas: por un lado, los hermanos Coruña Ramírez, Antonio y Manuel; por el otro, Mateo Déniz (cap. I).

A los tres se les presupone cristianados con el agua bendita y los tres darán cuenta en sus pasos vitales de la importancia del agua: para Déniz llegará a ser el último eslabón para un progreso económico que nunca alcanzará; para los Coruña, un medio que les ha de conducir hacia donde puedan sobrevivir, ya sea emigrando por mar hacia América (cap. XV), ya sea regresando al lugar desde el que nunca deberían haber salido; para Mejías, el agua será una confidente que enriquecerá su cosmovisión, pues solo a él le mostrará el sonido de su presencia. En sus manos está el poder material, pues esta intrahistoria se fundamenta sobre lo que la historia oficial no puede obviar: quien tenía agua, tenía poder. En este sentido, en Canarias, un “aguateniente” tenía en la época de nuestro relato mucho más peso que un terrateniente. Mas nuestro protagonista, consciente de la importancia que tiene el líquido para todos, renuncia a los bienes materiales («Dime dónde oyes el agua y te haré rico», le sugiere Déniz en el capítulo XIX) con tal de no perjudicar a nadie, lo que terminará pagando con su vida.

A partir de esta decisión, se edifica una imagen mesiánica del personaje, quien muere para que todos, de alguna manera, se salven de la ruina y, en última instancia, de la misma muerte; y que, atentos a la formación humanística del autor, podría movernos fácilmente a concluir que en su trazado hubo cierta inspiración en Jesucristo, aunque sea tangencialmente: «Él sabía que había nacido del vientre de su madre y que su madre se llamaba María, pero él no se llamaba Jesús» (cap IV). No faltan en la novela personajes (Remedios como Magdalena, por ejemplo) ni situaciones (la conciencia de que va a morir y el miedo o inquietud, hechos equiparables al pasaje del huerto donde es prendido el que será crucificado) en los que el lector no deje de sentir cierta analogía con lo que se apunta en los evangelios, pero esta interpretación no termina de convencerme del todo, pues más que mesías, veo en José Mejías hijo el símbolo del hombre que comulga con su tierra y con todo lo que esta significa, y que, sin renunciar al pasado, es capaz de mirar hacia el futuro, metaforizado en la inmensidad del océano (el agua que bautiza el progreso, el agua “carretera”…), aunque asuma que no será partícipe de él:

[…] A la mañana siguiente, de madrugada, se levantó con la idea de ir a ver el mar de cerca. […] Se sentó en la loma y después de un largo rato contemplando aquella inmensa planicie rizada de bucles de destellos plateados, hipnotizado, se limitó a decirse: “Esto es el mar”, y su cuerpo se estremeció igual que cuando vio por primera vez los incipientes pechos de Anita Cruz […] (cap. XXI)

José Mejías hijo pertenece a una estirpe que ha participado, de una manera u otra, en la configuración del señalado símbolo. Su abuelo, por ejemplo, sin renunciar a la quietud temporal y mental del entorno, dio un paso evolutivo con respecto a su padre, su abuelo y toda la parentela que le precedió: tras servir a la reina Isabel, construyó una casa a su regreso porque «no quería seguir viviendo en una cueva, que quería vivir en una casa, como las personas» (cap. IV). Su padre también: mostrándole el firmamento (el océano del cielo), construyendo en torno a la contemplación de las estrellas el concepto de “inmensidad”, aquello que supera los límites de lo que les circunda (cap. II). Abuelo, padre e hijo comparten una misma línea, de ahí que se sienten sobre la misma piedra en la era, que, a modo de trono, señala la regencia temporal del Mejías de turno: abuelo y padre morirán allí y serán sucedidos allí por la generación siguiente; mas no el hijo, quien morirá lejos del trono y sin sucesor explícito. Es así como se rompe la cadena de la tradición; así y de la mano de Remedios Arcángel. Sus contactos con la mulata Remedios, que le llegará a mostrar hasta qué punto carece el hombre blanco del sentido comunitario (cap. XVI), terminarán de romper el ancestral tramo existencial de la estirpe, al menos como se ha venido dando hasta la muerte de José Mejías hijo, y representan, en sí, la clave para la transformación absoluta de Mejías en el símbolo señalado.

Las escasas pero productivas jornadas escolares de José Mejías hijo bastarán para que se adhiera a su entendimiento el «agobio por el cinturón de piedra que lo rodeaba y que no le permitía ver el horizonte» (cap. V). El valor de la educación se constata en que permitirá al personaje dar un paso más en la escala evolutiva de su entorno: el planteamiento de que más allá de los límites donde se encuentra hay otra parte. Este asentamiento en la conciencia aviva la imaginación constructiva, la que permite avanzar, y se opone a la que se forja en las calles donde todos conocen a todos, todos sospechan de todos y todos aceptan el poder de corte caciquil de los Déniz, del párroco, del alcalde…

Esta referida imaginación constructiva expande el símbolo apuntado y supera los márgenes que determinan los actos que mecánicamente se realizan para solventar las cuentas necesarias para sobrevivir. A la eficaz manera de cazar conejos por parte de los analfabetos hermanos Coruña, se contrapone la inteligencia de Mejías para salvar la vida de la cabra Cuatro Chorros, una inteligencia predispuesta para el aprendizaje y el razonamiento:

[…] Intentó levantarla y comprobó que el animalito no podía sostenerse y la pata colgaba como cuelgan las ramas tronchadas por el viento. Permaneció un rato sin saber qué hacer. Luego recordó haber oído hablar de los esteleros e intuyó que los huesos también tienen cura. Corrió y cortó dos pencas de pita, limpió las púas que podían herir al animal, comprobó que la rotura se había producido a mitad del muslo, juntó las dos partes del hueso de forma que encajaran, rodeó el muslo con los canales de las pencas y las ató fuertemente con una cuerda que siempre llevaba para sus juegos. […] comprobó que en la rotura se había formado un feo muñón que no impedía que Cuatro Chorros correteara, recuperando así la libertad y volviendo a ser el animal travieso que siempre fue […] (cap. V)

El narrador reafirma el valor de la educación con apuntes como este:

[…] José Mejías hijo no envidió más a los gemelos Coruña, él también era capaz de hacer cosas. Lo que ellos sabían hacer era puro automatismo consecuencia de estar siempre practicando y lo suyo era resultado de la intuición e incluso de la fantasía y de ello la culpa la tenía la escuela. Y redobló su interés por aprender […] (cap. V)

La escuela no le enseñó a curar patas de cabra, sino que le permitió vislumbrar la posibilidad de que había otras alternativas para Cuatro Chorros que no fuesen las del sacrificio (sangre, dolor…). En esas “otras alternativas” se halla la clave para que se mueva lo que está quieto.

La escuela le enseña los beneficios de la lectura. A medida que va leyendo Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne, libro que le presta doña Isabel, la maestra y la madre de Mateo Déniz, encuentra «cosas útiles para su vida: aprendió que la temperatura aumenta hacia el interior de la tierra y eso explicaba por qué cuando él se bañaba en la fuente el agua salía tibia en invierno y fresca en verano» (cap. VIII). Y la escuela, de alguna manera, le predispone para adoptar una actitud científica ante los fenómenos:

[…] Y fue sacando algunas conclusiones: que era capaz de percibir el sonido del agua, que cada fuente tenía su propio comportamiento, que los nacientes tenían que ver con el agua de la lluvia que de alguna manera se almacenaba en las pendientes de las laderas. El agua no podía venir de un gigantesco mar interior como se describía en el libro que estaba a punto de terminar. Y se juró no contar a nadie sus descubrimientos hasta que no los pudiera demostrar […] (cap. IX)

El contacto con los investigadores (León y Castillo, Stone, Verneau) unido a su instinto (que le permitirá, entre otras cuestiones, replantear cómo es la relación marital de sus padres, cap. X) incrementarán «sus deseos de ver otros mundos, lejos de aquel cinturón de piedra que lo agobiaba» (cap. XI). El término “agobiar” es importante en la medida que connota ‘molestia’. Toda molestia genera “inquietud”. Toda inquietud conduce a la voluntad de cambio y se opone a lo que ha sido habitual donde el tiempo se muestra quieto: la resignación. La resignación, en este punto, es la antítesis al rigor científico; de ahí que no pueda aceptar José Mejías hijo sin más la cómoda afirmación «el agua sale sola» (cap. XIV) de los habitantes de La Culata, Risco Blanco y Taidía.

Pero ni la ciencia ni su inteligencia o instinto impedirán que las consecuencias de su negativa a localizar acuíferos para Déniz se terminen produciendo. Se sabe condenado a muerte desde el instante en que dos pieles de conejo cuelgan, en distintos momentos, de una rama seca de almendro. Cada piel representa a cada hermano Coruña. Así se anuncia el nombre de los asesinos. La tercera señal es la que avisa de la inminencia del crimen: aparece ahorcado bajo un castaño el perro de José Mejías (cap. XX). Se nos confirma de este modo quién ha de morir en breve.

En este estremecedor juego de avisos, que nos avanza el qué renunciando al cómo, Mejías asume que su círculo existencial debe quedar resuelto con la visita al mar (cap. XXI). En sus sueños, se entremezclan las visiones placenteras con las horribles:

[…] En unas, unos baifitos retozaban y mordisqueaban la hierba recién nacida; en otra, él daba de comer a un cochino lustroso y vivaracho. Y, como fogonazos persistentes, se le cruzaban las contrarias: aquel hombre, que no era su padre, que de un tajo separaba la cabeza de los cuerpos de los baifitos o que le asestaba una puñalada certera en el lado del corazón al cochino. Y no pudo evitar pensar cuál sería irremediablemente su fin, por dónde le llegaría el golpe, por dónde el tajo o la cuchillada […] (cap. XXI)

El hombre que alimentó, curó e insufló esperanza de vida a los animales que cuidó, morirá como si fuese otro animal, como si de otra bestia más de ganadería se tratase.

Pero su muerte no quedará impune, pues su vida ha quedado ligada a la de sus asesinos (cap. XXIII). Como si del propio Judas apóstol se tratase (de nuevo el aroma evangélico pulula en la intertextualidad del relato), los Coruña Ramírez, que se ofrecieron a traicionar la bondad de quien nada malo les había hecho, enloquecen hasta el punto de ahorcarse sobre el tirante que hay encima de la cama donde nacieron, como si quisiesen enmendar, con su muerte en el lugar del natalicio, el error cometido por la naturaleza al permitir que existiesen. Quienes amenazaron con dos conejos muertos colgados de una rama, en el fondo (¿azar? ¿destino?), no estaban anunciando otra muerte que no fuese la de ellos en similares circunstancias.

Y Déniz, su otro asesino, cayó de su caballo al fondo de un barranco (¿destino? ¿azar?) y alimentó con su cuerpo el de las aves carroñeras; permitiendo así que sus semejantes en el reino animal cumpliesen con su razón de ser, del mismo modo que él, siendo como era, no pudo evitar ser como fue.

Podría decirse que los nacidos el mismo día han muerto al mismo tiempo y que, en consecuencia, el orden de antaño ya se ha restablecido. Se diría, pues, que el círculo se ha cerrado y se ha vuelto al punto de partida (el mito del eterno retorno); mas no es así: los testigos vitales dejados por los Coruña y Déniz seguirán en el archipiélago terrestre, pero los cosechados por Mejías trascenderán las fronteras del espacio reducido donde el tiempo siempre estaba parado. Cerca de La Casa de Padreabuelo quedará Remedios Arcángel como la receptora del legado; muy lejos, en París, quedarán unas notas manuscritas; y, alrededor de todo, una carretera cuya grandeza es pareja a los movimientos (primero, lentos; luego, no tanto) de las manecillas del reloj.

La novela en la novela

Una carta descubierta del que fuera primer estudioso de la Cueva Pintada de Gáldar, Diego Ripoche Torrents, a su amigo René Verneau en la que le da cuenta del trágico final de José Mejías hijo, una sinopsis novelesca del propio Verneau sobre la vida del asesinado y la relectura de Cinq années de séjour aux Îles Canaries, obra que publicó el francés en 1891, en concreto del pasaje donde cuenta sus andanzas con quien le guió por San Bartolomé, son suficientes para que el narrador sienta el estímulo de indagar quién fue aquel misterioso personaje de cuya existencia se hacen eco dos distinguidos intelectuales de finales del siglo XIX. Es así como se decide el narrador a «rastrear los caminos que frecuentó José Mejías» (prólogo), donde halló a quien le contó lo suficiente para que naciese en su imaginación la historia que se cuenta en los capítulos I al XXIII.

El epílogo se erige en la novela como la entidad textual que permite consolidar en el lector la impresión de que todo cuanto se ha interpretado como verosímil en los veintitrés capítulos es, en el fondo, veraz. Así tuvieron que ocurrir los hechos de José Mejías, si existió; o los de cualquiera que, llamándose de otro modo, bien pudo merecer ser el José Mejías hijo del relato.

Mas la historia de José Mejías hijo es también la de sus coetáneos gemelos Coruña y Mateo Déniz. Los tres (o cuatro, según cómo se vea) comparten un mismo espacio de oriundez y crianza (la escuela, la llamada a filas…); una trayectoria vital de acciones, pensamientos e ideologías diferentes (uno se queda; los otros emigran a América, aunque luego regresan igual que se fueron; y el tercero, Déniz, “emigra” a la capital, donde hallará la fórmula de la prosperidad económica siguiendo la estela de sus sueños de grandeza); y un destino común: la muerte antes de la madurez, el fin de sus días sin haber descubierto lo que es dormir en “sábanas calientes”. En la novela, asumen los tres una cierta función alegórica en la que Mejías representa de alguna manera el futuro; los gemelos Coruña, con el espíritu de supervivencia, el presente; y Mateo Déniz, con la preservación del clasismo, el pasado. Así se escriben los renglones de las historias que encajan en el hueco que queda entre las que son consideradas oficiales y las que sucumben al costumbrismo deformador.

Y aquí volvemos nuevamente a lo apuntado al principio sobre los textos intrahistóricos: la obra que nos vincula rellena un hueco de la señalada como “historia oficial” aportando rutas y diálogos que el sentido común y el instinto académico solo pueden percibir como auténticos o, hasta donde sea posible la afirmación, como aceptables en sus líneas conceptuales (lógicos; en suma, que pudieron darse con toda probabilidad), aunque el relato se niegue a prescindir de su “literariedad”.

La frontera entre la ficción en La Casa de Padreabuelo y la realidad como fenómeno histórico no es tan perceptible como pudiera pensarse de una obra adscrita al género propio de las novelas. Toda concesión a la literatura se ve siempre bien sujeta por el afán del autor, muy del realismo decimonónico, por la descripción precisa de los espacios (que conoce con milimétrica precisión) y las acciones. Pero la suya es una hábil atadura en la que no puede dejar de hacer concesiones a sus deudas, sobre todo, con el realismo mágico hispanoamericano, lo cual, en el fondo, también es una manera de amarrarse a la realidad de una mentalidad propia de los pueblos sin contacto con el exterior, donde hay hueco en la conciencia para que los espíritus convivan con los vivos.

Un prólogo, veintitrés capítulos y un epílogo se concentran bajo un título, La Casa de Padreabuelo, para ofrecer al lector un prodigioso relato que no deja indiferente a ningún aficionado a la lectura, sea del nivel que sea, pues la solidez narrativa con la que Quintana traza la corta vida de José Mejías sorprende en la medida que es propia de un novelista avezado, de alguien sobre el que jamás sospecharíamos que ha publicado su primer libro con 66 años.

En las páginas de La Casa de Padreabuelo se vislumbran muchas marcas singulares de su autor que merecen ser destacadas: una de ellas, muy presente en esta novela, es la que determina el trazado de los sólidos vínculos que logra fijar Juan Quintana entre la concepción popular canaria de una realidad que, como ya apunté anteriormente, funde las leyendas, las supersticiones o creencias con la ciencia, creando así una cosmovisión propia e identificable únicamente en los archipiélagos terrestres donde habita la idiosincrasia de nuestro pasado, entre esto, repito, y la precisa captación de la esencia del ya citado realismo mágico hispanoamericano, testimoniada por las sombras alargadas de Rulfo y García Márquez, las cuales, de una manera u otra, no dejan de proyectarse a lo largo de la novela.

Uno de los mejores ejemplos de esto que te apunto lo tenemos en el final del capítulo XXIII, con el reencuentro de la madre y el hijo, ambos muertos, en el hogar familiar; en el viento que los desparrama y en esas luces de farol que juntas suben por Montefema y que me recuerdan, como referencia externa al proceso literario que nos ocupa, a la maravillosa escena de la danza macabra del final de la película El séptimo sello de Ingmar Bergman.

[…] Pasaron un rato en silencio mientras el viento arreciaba fuera y silbaba al colarse por las rendijas de la casa.

Hasta que María Piedad volvió a hablar:

—El cuerpo me pesa y no puedo descansar. Anda, José, ve y abre la ventana a ver si se me alivia el cansancio.

—Ya voy, madre —y acercándose, la abrió de par en par—.

Al abrirla, una ráfaga de viento entró por la ventana y esparció por el suelo de tierra apisonada las cenizas de María Piedad. El viento rebotó en la pared del fondo y en su regreso apagó las lámparas que permanecían encendidas detrás de la puerta. Todo quedó a oscuras en el interior de la casa.

Fuera dieron las siete en el reloj de la iglesia, allá, en la cavidad hueca, como único testigo de vida.

Pasado un rato, dos luces de farol subían por Montefema, una detrás de la otra.

Oscurecía en La Caldera.

Poco después, el sol de los muertos se hizo visible en Los Pechos. […]

Esta marca singular por un lado; por el otro, hay que apuntar hacia sus no pocas adhesiones lectoras con otros autores, al margen de los mentados Rulfo y García Márquez. En este sentido, nada más lorquiano, por ejemplo, que las estrofas sobre el asesinato del jarabandino del capítulo XII, muy en la línea del Romancero gitano).

La tercera gran marca vendría representada por su extenso bagaje como historiador y docente o viceversa, según sea el pasaje novelesco, pero nunca hasta el extremo de que el lector pueda concluir que frente a sí tiene un remedo literario, un texto didáctico encubierto, etc. Al contrario: es tanta la destreza con la que elabora el relato que toda influencia detectada, toda marca enumerada, todo rasgo estilístico expuesto, no es más que un suave, vaporoso, sutil… envoltorio que jamás logra ocultar la valía del regalo, el propio texto compuesto por quien, por la edad y la firmeza narrativa, más parece próximo al Cervantes del Quijote (publicada cada parte cuando el alcalaíno contaba con 59 y 69 años, respectivamente) que a cualquiera de los autores que ha podido servirle de inspiración.


Artículo publicado en
Canarias Cultura


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