Un canario en la corte del Rey de Riquer

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Conocí a Martín de Riquer, al gran Martín de Riquer Morera, al hombre que me inició en la escritura sobre Cervantes, aunque él nunca llegase a saberlo, ni tan siquiera a imaginárselo, en noviembre de 1995. En mi memoria he conservado durante todos estos años un recuerdo muy especial de nuestro breve encuentro en su casa del barrio barcelonés de Les Tres Torres. Su reciente tránsito (17 de septiembre) me ha movido a plasmar por escrito un pasaje vital del que poco falta para que se cumplan dos décadas, aunque la esencia del mismo sea mucho más lejana en el tiempo.

Todo comenzó por una fascinación lectora… Mi primera lectura completa del Quijote la realicé a través de la edición de John Jay Allen, publicada en Cátedra. Tenía catorce años cuando emprendí una odisea que no estuvo exenta de tropiezos y caídas; sobre todo porque no dejé página sin leer. Al placer de la novela debía sumar los accidentes mentales que la introducción del norteamericano y el profuso aparato anotador que había realizado en el texto me producían; y no por deméritos suyos, sino por impericia mía. El caso es que, sorteada esta prueba, no dejé de acudir a la obra cervantina desde otras ediciones que adquiría y con las que iba engrandeciendo la que entonces debía reconocerse como vaporosa biblioteca. En algún momento, no sé cuándo ni sé cómo, cayó en mis manos la edición que Martín de Riquer había publicado en la editorial Planeta y que seguía la estela dejada por la magnífica que realizó para le Editorial Juventud en 1944. Ella cayó, mas yo sucumbí. La versión de la novela era tan hermosa como otras que había leído; lo cual, no tiene nada de extraño por cuanto, como bachiller que era, mis conocimientos sobre ecdótica y crítica literaria eran nulos. No podía adoptar ninguna posición sobre cómo había sido fijado el texto de Cervantes ni si la lealtad a la voluntad compositiva del autor alcalaíno era o no verificable. Repito, nada singular hallé en los capítulos leídos salvo el renovado placer de su lectura; mas lo que no me dio de nuevo el relato ficcional sí me lo aportó la filológica introducción, la extraordinaria y abrumadoramente bella introducción a la edición. ¿Quién dijo que un texto científico, expositivo, documentado… no puede llegar a ser ameno y conmovedor? Aquella era y es instructiva, sí, y formativa, por supuesto, pero además está llena de una dulzura y una humanidad tal que solo alguien que ha querido con sinceridad a un personaje como Don Quijote es capaz de llegar a comprender.

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Fue así cómo el sabio maestro catalán supo alterar los pilares más profundos de mi cervantofilia. No puedo afirmar que esta circunstancia fuese la que inclinó mi ánimo hacia la ruta académica donde fuese posible el estudio en profundidad de la primera de todas las obras de ficción de la Literatura universal; pero sí puedo declarar que ejerció una influencia importante. ¿Y si pululan por ahí textos sobre el Quijote tan deliciosos como el que Riquer había plasmado al principio de su edición?, me preguntaba. ¿Dónde hallarlos? ¿Cómo? Sí, la introducción de nuestro recordado cervantista fue relevante; entre otras razones, porque convertí su edición en una suerte de «biblia» cuyas lecturas y relecturas siempre eran recurrentes, y porque con ella adquirí el hábito de leer pasajes dispersos tras localizarlos de manera azarosa al hojear deprisa. Quijote, «biblia» y cervantofilia fueron los términos que me permitieron construir en aquel periodo preuniversitario una voluntad intelectual de la que todavía me siento investido: la de ser un «fraile-misionero cervantófilo» sin más aspiraciones que las de difundir la buena palabra de Cervantes por su beneficios estéticos, lingüísticos, ideológicos, etc.

Llegaron los años de estancia en la Facultad de Filología de la ULPGC. Aquella fue una intensa etapa existencial de la que tendré que rendir cuentas textuales en algún momento de los próximos años. Me embarqué en mil industrias que, a día de hoy, me cuesta enumerar y clasificar de manera precisa. Para lo que nos ocupa ahora, quisiera destacar una de ellas: los Encuentros de Jóvenes Hispanistas, «una de las iniciativas académicas más encomiables que jamás se ha hecho en la universidad española» (esta valoración no es mía, sino de una personalidad muy grande de la Filología Hispánica que no debo identificar por no disponer de su autorización para hacerlo).

Los encuentros eran unas jornadas anuales que se celebraban en la referida institución palmense y que nacieron con el propósito de que hispanistas no licenciados ni doctorados de España tuviesen un lugar donde intercambiar sus trabajos de investigación (que, con el tiempo, llegaron a ser tesis doctorales en muchos casos); exponer sus particulares observaciones sobre determinados temas relacionados con la lingüística y la literatura españolas o, si se daba el caso, universales; fijar contactos para futuros proyectos compartidos, etc.

Una sensación de bienestar me envuelve cuando evoco los días de estos encuentros y cómo el esfuerzo y el enorme trabajo que cargaba a sus espaldas el comité organizador daban unos frutos que causaban admiración en nuestra facultad, en particular, y en la comunidad universitaria española, en general. Cuántas solicitudes de participación recibíamos, cuántas conversaciones mantenidas con distinguidas personalidades (alumnado, sobre todo; profesorado, cargos…), cuánta energía desprendía el añorado salón de actos del Edificio de Humanidades… Qué orgullosos nos sentíamos los organizadores cuando veíamos el patio de butacas lleno y cómo la demanda de asistentes superaba, en ocasiones, a la de otras jornadas académicas de más peso. Sí, mi dilecto lector, aquellos Encuentros de Jóvenes Hispanistas movilizaban a nuestra facultad, y a la universidad, y a los altos cargos políticos, y a la prensa… Años dorados fueron aquellos, sin duda alguna, para nuestra filológica entidad y para los que, como alumnos, arrimábamos el hombro junto con el profesorado para sacar adelante una especialidad como la nuestra, tan llena, en ocasiones, de faltas reales de vocación por eso de que carecía de «numerus clausus».

Entré en el comité organizador de los Encuentros de Jóvenes Hispanistas en su tercera edición (30 de marzo, 1 y 2 de abril de 1993), cuando estaba en segundo de carrera. El primer año de universitario participé en el segundo encuentro (8, 9 y 10 de abril de 1992) en calidad de asistente, aunque llegué a sentirme tentado con la idea de presentar una comunicación sobre el elemento esvarabático (uf…). Todavía recuerdo mi inconsciencia, mi atrevimiento, mi osadía… frenados oportunamente por la bondad, amabilidad e incuestionable sentido común de quien en aquel tiempo ocupaba la dirección del Departamento de Filología Española, Clásica y Árabe, el doctor don José Antonio Samper Padilla. Con qué mesura y sapiencia supo desactivar este entrañable docente a quien por entonces era un insolente alumno que tenía en sus clases de Fonética y Fonología. Algún día tendré que relatar la anécdota con más detalle, aunque sea conocida en su extensión por algunos, pues, si no recuerdo mal, la conté en la presentación de algún libro o en algún acto público que ahora mismo no recuerdo.

Lo dicho: asistí al segundo encuentro y entré en la organización cuando se preparaba el tercero. Me asenté en la realización del evento en la cuarta edición (6, 7 y 8 de abril de 1994); y viví con mucha ilusión las jornadas del quinto, llevadas a cabo los días 25, 26 y 27 de octubre de 1995. El sexto ya me pilló mayor: se celebró el 25, 26 y 27 de marzo de 1998, y supuso la despedida efectiva como alumnos de la Facultad de Filología del grupo que, licenciado en su mayoría en el año 96, todavía seguíamos manteniendo vínculos con la institución.

Tras las jornadas académicas, por un lado fueron nuestros caminos y, por el otro, los de la generación de futuros filólogos que, en principio, debían tomar el testigo para seguir con una tradición que se consolidó con nosotros y que, para nuestro pesar, con nosotros murió. Mas quiero detenerme en ese quinto tan especial para mí, pues el cauce de esta historia que mal te cuento se sitúa a finales de 1995.

(un minuto sin escribir)

He tenido que hacer una pausa para organizar las ideas. Intenso…, sí, el quinto fue intenso; y emocionante… Y muy-muy especial. Fue en este cuando me estrené como «orador-feriante cervantófilo». Todavía recuerdo el ritual previo a mi comunicación como ponente, y lo que siguió tras mis palabras. Fue en la última ronda de la mañana del 26 de noviembre de 1995. ¿Al mediodía, quizás? No lo recuerdo con precisión; sí, en cambio, que tras mis palabras nos fuimos a dar cuenta de un pantagruélico almuerzo.

Yo presentaba un trabajo cuya línea de investigación ha estado junto a mí hasta hace bien poco. La versión que entonces manejaba de mi estudio se titulaba: «Preliminares y razones para el incumplimiento voluntario de una promesa: el caso de la segunda parte de La Galatea«; y así se denominó la comunicación defendida. Cierro los ojos y me veo sentado en la mesa y dirigiéndome a un público compuesto por estudiantes, profesores, amigos… Esa mañana, temprano (muy temprano), cumplí con un ritual que he seguido haciendo desde entonces cuando participo en algún acto público muy significativo para mí (tesina, tesis, oposición, presentación de libros…): escuchar en las horas previas al evento el Live at Wembley’86 de Queen. Hay quienes rezan, los hay que necesitan un par de lingotazos de alguna bebida espiritosa para sobrellevar la responsabilidad, algunos necesitan meditar adoptando alguna postura imposible… Un servidor, ya ven ustedes, se hace acompañar de Freddie Mercury & Co. Qué se le va a hacer. Manías que uno tiene y que se asumen sin saber en realidad por qué.

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(otro minuto sin escribir)

Al margen de lo que significó mi estreno como expositor cervantófilo, lo importante para lo que te cuento al hilo del profesor Martín de Riquer es que fue gracias a este quinto encuentro cuando pudo fraguar la posibilidad de conocer en persona al que para mí era por entonces el papa del cervantismo. Fue así: entre los participantes de otras universidades españolas, vino un grupo de la Universidad de Barcelona -excelentes filólogos, inmejorables personas- gracias al estímulo recibido desde la entidad catalana por la doctora doña Emma Martinell Gifre. La comitiva estaba compuesta por: Mª del Mar Cruz Piñol, Mª del Mar Forment Fernández y Esther Blasco Mateo. Creo que no me olvido de nadie. Si es así, pido disculpas.

En el trabajo de Cruz Piñol, que debía remitirse antes de las jornadas para que la organización evaluase la idoneidad de su participación en el encuentro, se citó a la doctora doña Isabel de Riquer Permanyer como integrante (creo recordar) de un proyecto de investigación en el que la referida alumna participaba; obviamente, en el lugar que le correspondía según su rol académico. Al llegar el grupo de catalanes a Gran Canaria, tras las presentaciones y primeros intercambios de pareceres, pude preguntarle a la referida alumna, hoy profesora del Departamento de Lengua Española de la Universidad de Barcelona (como Forment y Blasco, que también pertenecen en la actualidad a este departamento para fortuna de sus alumnos y orgullo de quienes, en la lejanía del tiempo, las conocimos, tratamos y «apostamos», por decirlo de algún modo, por su valía permitiéndoles que compartiesen con nosotros sus líneas de investigación)…, vaya, cómo me disperso; bueno, a lo que iba: pude preguntar a Cruz Piñol si la referida Isabel de Riquer era la hija de… Lo afirmó y se ofreció a presentármela cuando se diese la ocasión. Y esta no es que se diese, precisamente, sino que se buscó al mes siguiente, cuando aproveché no sé qué para plantarme en casa de mis abuelos maternos y de mi tía Begoña, en el barrio de Poble Sec de Barcelona.

Noviembre es un mes maravilloso para estar en la Ciudad Condal: no hace el calor húmedo, pegajoso, antipático, del verano; ni el frío corta-almas del invierno. En primavera tampoco se está mal, pero uno tenía que atender a su obligación de cumplir, aunque fuese de tanto en tanto, con unos estudios universitarios que iba resolviendo con el mismo desparrame con el que hago todas las cosas en mi vida: con mil calderos en el fuego y procurando que no se me queme lo que pretendo cocinar.

Al día siguiente de mi llegada, me dirigí al edificio antiguo de la universidad barcelonesa. Hay que ver -me dije-, con la de veces que he pasado por delante de esta fachada y ahora tengo la ocasión de traspasarla, y entrar adentro; y pasear por las aulas, los despachos, la biblioteca… Mis excelentes anfitrionas (Cruz y Forment) me recibieron con la alegría compartida de un reencuentro. Conocí a la doctora Martinell Gifre, que había estado ya unas cuantas veces en Gran Canaria y que me encandiló por su inmensa amabilidad; y me presentaron a la doctora doña Rosa Navarro Durán, lo que fue para mí todo un privilegio, pues es una de las autoridades que todo historiador de la literatura española (historiador e «historiapuf» como yo) debe tener siempre en cuenta, sobre todo en lo que se refiere al Siglo de Oro. Más tarde, llegó el momento de conocer a la doctora de Riquer Permanyer, que impartía docencia en Literatura Románica Medieval; o sea, una dignísima sucesora del legado académico del sabio maestro catalán.

Doña Isabel… Aunque reconozca que no es esta la expresión adecuada para referirme a alguien que atesora una distinción académica, social y personal más que sobresaliente, no sé con qué otras palabras decirlo que no sean estas: doña Isabel era encantadora. Sentí que compartía conmigo la felicidad que yo tenía por conocerla y, por extensión, por poder conocer a su padre. Y hubo algo más que necesito compartirlo en estos días en los que hay un intenso debate sobre la independencia de Cataluña: a pesar de su profundísima catalanidad (sus apellidos y la historia familiar que la contempla no dejan que mienta con esta afirmación), a pesar de ello, repito, nunca atisbé en ella ninguna muestra de desprecio o desdén hacia quien venía de donde venía y solo podía dirigirse a ella en lengua española; como tampoco la sentí en las doctoras Navarro Durán y Martinell Gifre, ni en las futuras docentes Cruz Piñol y Forment Fernández, ni en los cientos y cientos de catalanes que he conocido desde que tenía un año y, de la mano de mi madre, inicié con relativa periodicidad mis viajes y estancias en Barcelona. Siempre me he sentido acogido y bien tratado, a pesar de que solo poseo la lengua española como vehículo de comunicación y que me he desarrollado en un entorno cultural que ha sido esculpido por una historia escrita con trazos bien diferentes a los que recogen el pasado de Cataluña. Me apetecía hacer esta anotación. Sin duda que no contribuirá al debate aludido, pero no era esa mi intención. Quería, ante todo, destacar lo muy bien que me trataron y me hicieron sentir las personas apuntadas durante los poquitos días de noviembre que pude estar con ellas.

Y llegó el día de conocer al maestro. Ahora mismo no recuerdo con precisión si quedé primero con doña Isabel o si llegué directamente hasta el domicilio de su padre, cuya dirección y hora del encuentro me había facilitado por teléfono. Tampoco recuerdo (creo que sí, pero no puedo confirmarlo) si me recibió en la entrada la esposa de mi homenajeado, doña María Isabel Permanyer Cintron, quien falleció el 12 de enero de 2000. Qué lástima no tener claridad en estos detalles para redondear lo que ahora comparto contigo. El caso es que fui cortésmente recibido y conducido hacia la enorme biblioteca del maestro, quien me recibió levantado.

(hagamos una pausa. Lo entiendes, ¿verdad?)

Allí, de pie, extendiéndome su brazo izquierdo, me saludó. No sé qué balbuceé, ni qué dije tan pronto como estreché su mano; no sé cómo se inició aquella conversación breve y, en lo intelectual, muy enriquecedora. Sé que le di las gracias; y lo que pudo interpretar como un agradecimiento por el encuentro, luego quedó concretado en los términos que se ajustaban a mi propósito: gracias por su Quijote y por su inspiradora introducción; gracias por los trabajos académicos cervantinos y medievales que había realizado y que yo había, en unos casos, consultado y, en otros, leído con verdadera fruición; y gracias porque, sin saber de qué manera, se había convertido en un referente académico muy importante para mí, que acababa de defender una comunicación en un encuentro de jóvenes hispanistas y que sentía que mi escritura «cervantófila» tenía un horizonte cuyas baldosas habían sido colocadas por él: «He viajado a Barcelona para darle las gracias por enseñarme el camino. Nada más».

Me preguntó qué investigaba. Le respondí que la vida de Cervantes, que me interesaba muchísimo todo lo que condujo a que el Quijote se compusiese y que veía en La Galatea y en el viaje a Barcelona del Manco de Lepanto en 1610 dos claves fundamentales para entender cómo se llegó a la primera de las novelas de ficción de la Literatura Universal. Le tracé de manera muy superficial mis razones sobre el «desinterés» de Cervantes por la autoría literaria durante el periodo previo a su ópera prima y en el tramo comprendido entre 1585 a 1605, el cual terminó por traducirse en un giro copernicano de su afinidad hacia el género pastoril. Me advirtió de que tuviese cuidado con Astrana Marín (autor de la monumental Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, 1948–1958), y me sugirió que tuviese siempre presente a Canavaggio (quien es considerado hoy en día el mejor biógrafo del alcalaíno). Algo más nos dijimos, nuevas gracias le expresé, afectos hubo en la despedida y una suerte de bendición en su «suerte con su trabajo cervantino».

Me apetecía compartir contigo todo esto. Hacía tiempo que quería buscar el modo de contártelo, pero supongo que uno va dejando que el tiempo y el azar sitúen las obligaciones escritoras en los tramos vitales convenientes. Y este luctuoso momento ha sido el que la fortuna consideró oportuno, a pesar de que tras mi encuentro con el maestro hubo un pequeño intercambio epistolar y bibliográfico con doña Isabel que, sin saber cómo ni por qué, se fue diluyendo hasta quedar situado todo en el lejano anaquel donde se guarda aquello que no forma parte del presente ni del pasado inmediato.

Repito, he querido hacerte partícipe de un, para mí, bonito recuerdo. Supongo que puedes pensar que nada llamativo o destacable te he narrado; y deduzco, si escribo esto, que cabe la posibilidad de que te haya defraudado lo contado porque tus expectativas eran otras. Es cierto que mi encuentro con el sabio maestro catalán fue tan breve y superficial que cualquier alumno suyo, hasta el más indolente que haya podido tener en su listado docente, superaría con creces la asignatura «Convivencia con Martín de Riquer», pero estoy absolutamente convencido de que muy pocos (y mucho menos desde este lado del Atlántico) han sentido la devoción por el profesor y la emoción con sus palabras que yo he sentido. No sé cuántos lo consideran un guía ni cuántos se sienten profundamente orgullosos por haber compartido con él un mínimo espacio físico en una mota temporal de su existencia. Yo jamás renegaré de la influencia que ejerció y todavía ejerce sobre mí con su obra ni renunciaré a decir con orgullo, aunque pueda darte la impresión de que soy un papanatas, eso de que «conocí a Martín de Riquer, al gran Martín de Riquer Morera, al hombre que me inició en la escritura sobre Cervantes, aunque él nunca llegase a saberlo, ni tan siquiera a imaginárselo, en noviembre de 1995». Tampoco desatenderé a lo que fluye en mi ánimo cuando el nombre del maestro surge donde sea y cuando sea: mi agradecimiento, mi más sincero y humilde agradecimiento como discípulo suyo «en las distancias» que me considero.


Artículo publicado en
Canarias Cultura

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