Los placeres textuales de Ángel Hernández Suárez

Biblioteca canaria de lecturas

Ángel Hernández Suárez: Placeres textuales  (Mercurio Editorial, 2013)

Prólogo y epílogo: Salvador Rodríguez Álamo.

Ilustraciones de Elena Alfaro Cambres.

Edición y preliminar de Victoriano Santana Sanjurjo.


Placeres textuales de Ángel Hernández Suárez

Parte 1. Visiones

· Caribeñizados

· Cuando Juani encontró a Fani

· Carta al rey de un elefante de Valleseco

· Incómodo

· Reencuentros

· La Navidad del yonqui (versión Gáldar)

· Compás de espera

· The o-day

· Megadosis de desesperanza al abrigo de un café

· Cuando éramos hombres

· Una princesa en el barranco

Parte 2. Ficciones

· La nevera

· La matraquillosis

· El largo regreso

· Bajo las aguas del farallón

· Indocencia

· La patrulla


PRELIMINAR

Si alguna vez desease la intrahistoria buscar un lugar para un juntaletras como yo, no sé por dónde empezaría a buscar ni dónde acabaría perpetuándome en el abigarrado universo de los anónimos (queda descartado, por razones innecesarias de apuntar, cualquier plaza en la historia). No sé, repito, qué hueco me podría acoger, aunque sí sé cómo no me importaría ser recordado en este momento: por ser quien hizo todo lo posible por que este libro viese la luz. Si por esta circunstancia hay que validar mi camino vital, por bien andado lo daré. Y si, además, en la crónica de los pasos dados se anotase, aunque fuese a pie de página y con tipografía casi ilegible, que, emulando al Boccaccio que divinizó la dantesca comedia, me empeciné, tras el deleite que me produjo la lectura del manuscrito de esta obra, en que al término “textos”, que adjetivé en textuales, se le antepusiese el sustantivo placeres, con el que debía forjarse el título libresco más veraz de cuantos se me hayan podido ocurrir, ya puedo adelantar que grata será la posteridad que le espera a mi memoria. ¿Qué mérito mayor que el declarar que este magnífico libro nació porque desde el primer instante creí en que ningún otro servicio mejor podía hacer al parnaso de la creación literaria que aplicar todos mis esfuerzos por que las narraciones de nuestro autor tuviesen la oportunidad de florecer en el entendimiento de quienes las leyesen? Siendo excelente la obra que nos ocupa, ¿era justo o razonable que nada hiciese por mostrarla como se merece?

De buen grado me hubiese apuntado el tanto de haber descubierto a Ángel Hernández Suárez, pero no sería honesto hacerlo, pues el mérito recae en mis queridísimos hermanos Sánchez Araña, Rubén y Rafael, Rafael y Rubén, quienes fueron los primeros en ponerme sobre la pista del extraordinario escritor que ha llenado este volumen de composiciones tan entretenidas como comprometidas. Y eso que ellos, a su vez, no fueron tampoco los únicos en descubrir al Ángel que sobrevuela en estas páginas, no al menos en la línea de proyección que representa una autoría literaria como la que se formaliza en este libro. Los textos que nos ocupan han tenido una difusión previa entre las amistades del autor gracias a las aplicaciones web (red social, correo electrónico…). A pesar del uso de estos medios, la trayectoria de estos escritos no ha sido muy amplia porque poco interés tenía Hernández Suárez en que sus relatos llegasen al gran público. Se conformó con que girasen en torno a un reducido círculo de contactos que ha sido premiado en los últimos años con la recepción de unos escritos que ahora se editan a la vieja usanza (con papel, tinta y aromas de eternidad) y bajo el convencimiento personal de que esa masa indeterminada que representa el mentado “gran público” terminará sintiéndose muy afortunada por haber accedido a ellos, lo que no es baladí, pues, entre tanta oferta editorial como la que hay en la actualidad, siempre es de agradecer el haberse topado con un libro del que uno no se va a olvidar fácilmente.

Dejando al margen el medio o el soporte de difusión, lo cierto y lo importante para el caso que nos ocupa es que ahora, en este preciso instante, tienes en este conjunto de hojas unidas una auténtica obra maestra, pues así merecen ser calificadas las que no causan indiferencia en los lectores, sean de la condición que sean, gracias a una serie de virtudes que atesoran y que en estos Placeres textuales se consolidan sobre un muy firme pilar: el logro de su autor a la hora de conseguir que el lector siempre encuentre asideros para hallar en estas páginas “algo” que le mueva a sentir como propio cuanto aquí se narra y se cuenta, bien por causar deleite, o por ser útil, o risible, o porque conmueve, o porque mueve a la reflexión, o porque agita el sosiego y minimiza la tranquilidad; etcétera; …; o…, oh…, o si me apuras, porque lleva al lector a preguntarse cómo es posible que este ángel no haya publicado antes nada. El caso es que hay algo, siempre hay algo, que endeuda nuestro ánimo con las páginas de este libro.

Gracias a su lectura ágil, amena, fácil de digerir, el lector puede atisbar toda una cosmovisión que, por su profunda coherencia, por su abrumadora claridad, permite la creación de sólidas adhesiones. En este sentido, es necesario que te advierta, mi querido lector, que es inevitable caer en la red que Hernández Suárez teje con sus palabras. ¿Que dónde reside la clave de su escritura? Por una parte, en que el estilo y la calidad de lo relatado es inmejorable; una circunstancia que, por lo general, no suele darse en los escritores noveles; no, al menos, en el grado que presentan estos Placeres… Por la otra, en el sabio bamboleo que permite la convivencia en el mismo espacio físico y, en ocasiones, textual de relatos profundamente divertidos junto con otros que son profundamente trágicos (por favor, permíteme que el adverbio se fije tal y como te lo muestro).

En diferentes dosis, y siempre según la naturaleza del texto, esta dualidad señalada se fusiona para componer un mosaico de narraciones impregnadas de una pátina de crítica social que, por convicción o resignación (de todo hay y de todo participamos), se nos muestra ajena a cualquier intención revolucionaria. En este libro no se reclaman barricadas que combatan frentes imposibles de derrocar. El enorme sentido común que subyace en la concepción de los hechos que relata Hernández Suárez le impide alejarse de los márgenes del pragmatismo que determina la función de contar lo que hay, sin corregir ni arengar explícitamente.

Ángel Hernández no pide, expone; deja que seamos nosotros los que nos movilicemos en función de lo que nos propone y que, como ocurre con las grandes obras, puede estratificarse en diferentes grados de profundidad: en la lectura superficial, todos los textos nos aportarán un rato de entretenimiento impagable; en la profunda, todos movilizarán nuestro ánimo. En medio, pulularán las mil sensaciones que, como parpadeantes focos, nos irán deslumbrando en función de cómo se realice nuestra función lectora. En el océano de estas páginas, sea cual sea el nivel en el que nos hayamos sumergido, siempre será posible detectar la abrumadora capacidad del autor (créeme: abrumadora, fascinante, asombrosa…) por captar singularidades lingüísticas, espaciales, emocionales, situacionales o individuales, lo que se traduce en muchas ocasiones en la asunción de que estamos ante un acta notarial, una radiografía, una fotografía… del entorno que nos envuelve.

No preside estas páginas ningún espíritu idealista de reconversión de la realidad, sino el ánimo por transcribir el mundo más cercano al autor, el más conocido, del que mejor puede dar fe, que, para bien o para mal, no deja de ser al mismo tiempo el más próximo a todos nosotros. De ahí que sienta que estos escritos son necesarios, esenciales, indispensables; pues, en el fondo, estamos ante una referencia válida (notarial, diría yo repitiendo nuevamente el término) de ese presente que fluye a nuestro alrededor y que, queramos o no aceptarlo, está impregnado en nuestro ánimo de cierto pesimismo (aunque tengamos que hallarlo en la última habitación oscura y cerrada con llave de nuestro entendimiento), pues, tomando la idea que Rodríguez Álamo plasma en el hermoso prólogo/epílogo de este libro, estos Placeres textuales no son otra cosa que una epopeya de los antihéroes.

Nada en estas páginas es irreal ni inocente. Nada es prescindible, vacuo, hedonista sin más, pues todo gira, de una manera u otra, lo acabo de apuntar, en torno a nosotros. El mérito de Hernández Suárez es haber sabido dar en el clavo a la hora de exponer sus preocupaciones y/o sus observaciones o/y sus impresiones y/o sus reflexiones o/y etcétera con admirable precisión y sin dejar por ello de ser amable en su expresión gracias a la ironía, al humor, a cierto punto de sarcasmo que asoma en ocasiones, a ese dulce aroma de socarronería isleña…, en suma, a esa sonrisa que se pilla por instantes y que suaviza la dureza de los fondos, los trasfondos y los abismos interpretativos que subyacen en todo lo que nos cuenta.

Este libro nació a partir de algunos textos sueltos que en su momento me remitió Rafael Sánchez Araña. Recuerdo que el primero que leí fue La nevera, un texto que hubiese alumbrado el propio Tarantino o interpretado un Eastwood en el papel de Harry el Sucio; el caso es que el «Sayonara, baby» con el que termina el relato nos produce la misma catarsis que cualquiera de las escenas cinematográficas referenciadas. La virtud de este texto con respecto a la edición que nos ocupa es que con él empezó lo que cabría identificar, en terminología callejera (que no de la calle) como el “principio del mosqueo”: «Vaya —debí decirme—. Buen relato: bien estructurado, excelente prosa, ajustada tensión, personajes bien trazados… Hum… ¿Y este autor…?», y ahí dejé la pregunta hasta que me llegó el siguiente relato, que no fue otro que el felicísimo The o-day, el cual terminó por convencerme de que no podía quedarme impasible ante el talento narrativo de nuestro autor, pues no recordaba haber leído que una situación tan cotidiana como ir al urólogo se pudiese convertir en una pieza que firmaría sin dudarlo ni un instante cualquier monologuista de pro de “El club de la comedia”:

[…] Después de abrirte en canal, se te despoja de tu ropa y se te invita a ponerte sobre una camilla en posición fetal. Hablar aquí de vulnerabilidad sería quedarse corto: vulnerable es una tortuga en la carretera, vulnerable es un pez fuera del agua, vulnerable es Falete sin chocolate; allí, sobre esa camilla y con las rodillas tocándote la barbilla, tú estás literalmente vendido. El frío de la vaselina avisa; y el esfínter, por acto reflejo, se cierra cual ostra al tacto. El profesional no se amilana y busca su momento: extiende la vaselina, mira la pantalla del ecógrafo, te comenta b-analidades… hasta que encuentra una falla, un mínimo de laxitud que permita la intrusión. Y entonces boqueas, y te falta momentáneamente el aire, y sabes que te ha cogido el fallo […]

Más adelante, fue el propio autor quien compartió conmigo, sin tenerlas todavía todas consigo sobre la enorme calidad literaria que no dejaba un servidor de encarecer, otros escritos que, a su entender, podían llegar a hacerme desistir de la empresa que yo estaba dispuesto a llevar a cabo con esta edición. Mas nunca nadie pudo estar convencido de un error tan grande, pues al fuego que ya ardía en mi ánimo por sus escritos, no se le ocurrió otra cosa que añadir el combustible en forma de joyas como: Carta al rey de un elefante de Valleseco, una deliciosa e hilarante fábula narrada por un elefante llamado Casimiro que escribe una carta al rey a propósito de la muerte de su primo Manolín en Bostwana:

[…] Como he visto que además te dedicas a coleccionar otros animalitos, y como me niego a aceptar que seas un cazador tan chaflameja, quería hacerte una oferta que puede que se te apetezca: me he dado cuenta que entre todos los bichos que mataste te falta uno, el burro. Así, a toque pito, igual no parece gran cosa, pero aquí en la finca tenemos un burro cubano que se llama Emilio y que sería un verdadero trofeo. De hecho, lo llamamos Emilio el Sotroso porque tiene una bondiola de metro y medio, negra, venosa y brillante. Estamos hablando de una cosa de envergadura, un cacho cable pelao que cada vez que se le empalma al animalito le da fatiga por la falta de riego en la cabeza. Hasta a mí me da respeto, y mira que yo no la tengo chica. Encima, el pobre Emilio anda siempre más salido que una tacha, y a poco que lo soltemos se espicha hasta las gallinas. Las cosas de su sangre caribeña […]

Repito, desternillante relato que todavía me hace llorar de la risa. O este otro: Cuando Juani encontró a Fani, un prodigio narrativo que logra, con una pandilla de chulos de barrio, lo que Sánchez Ferlosio consiguió con El Jarama. Todavía resuena en mi ánimo el antológico final del relato: «[…] A ver, tú, pundonó, por eso me metieron pa’dentro, por pegarle una jalá a la sunormal esta». Por no hablar de una situación tan embarazosa como la que describe en Incómodo y que todos, absolutamente todos, hemos llegado a padecer. Repito, todos…

Consciente Hernández Suárez de que su «pero, ¿estás seguro de que esto merece ser publicado?» no lograba hacerme desistir de mi propósito de editar sus relatos (estoy “literaturizando” el entrañable proceso de gestación de estos Placeres…), decidió contraatacar con otros escritos más crudos, más inclementes, más intensos en la amargura subyacente (a pesar del citado tono amable de su escritura). Hablo de relatos que, como cuchillos afilados, se clavan sin obstáculos en el lugar del corazón donde reside la anestesia y el olvido, y logran que de los cortes supure la conciencia de que la manzana ha sido mordida, que no existe el Edén a pesar de que vivamos en una sociedad empeñada en hacer de la felicidad de cartón piedra los fundamentos de su razón de ser. Con sorpresa, con gratísima sorpresa, me encontré con estos escritos a un autor que se situaba sin complejos a la altura del grandísimo Pérez Reverte de Patente de corso, Con ánimo de ofender, No me cogeréis vivo o Cuando éramos honrados mercenarios.

En unos, la droga tomaba como protagonistas a dos pobres diablos (La Navidad del yonqui y Una princesa en el barranco) que lograron, gracias a la extraordinaria habilidad de nuestro autor a la hora de reproducir situaciones incómodas…

[…] Como esperaba, no tarda en darme un último alto: —Oye, ¿no tendrás 50 céntimos para dejarte, verdad? Casi me alegro de que me pida dinero y terminar con esto, no puedo soportar seguir viendo la agonía abstinente contenida bajo la carne decrépita y seca de su cara. Saco cinco euros de mi cartera. […]

o escenas brutales

[…] Guaci la Yegua no sentía dolor alguno mientras el yonqui seco y frío la empalaba salvajemente por detrás. Es una de las pocas cosas buenas de la heroína: nunca pierde su poder analgésico. Como un saco de huesos, su cuerpo menudo y mustio, casi ectoplásmico, se sacudía al ritmo de las brutales embestidas del drogata, en una colosal sinfonía carnal con tempo de crack. Lástima que el jaco no suprimiese también el gusto o el olfato, pues sabía que en breve tendría que paladear el sabor dulzón de su propia mierda mientras aquel animal le desparramaba su simiente podrida garganta abajo […]

que los ánimos felices de los escritos anteriores sucumbiesen en la dureza de los detalles narrados.

En otros ejemplos, se mostraba la certera expresión de quien se siente testigo (el narrador y yo con él, lo declaro) del deambular a su alrededor de lo que podría percibirse como las marcas de un probable futuro perdido (Megadosis de desesperanza al abrigo de un café):

[…] Tienen derechos, como tú y como yo; pero las obligaciones no venían incluidas en el traspaso. Intentamos educarlos, pero tienen derecho a ignorarnos, en el mejor de los casos. El ladrillo entró un día por la ventana del aula y todavía sigue rebotando. ¿Peones y albañiles en la ESO? No, no estás delirando… La formación ya no se lleva, proscrito el universitario. Curro en el sur, y sueldazo. La cultura para esos babiecas, que yo me quedo con el bemeta. Y así se ganan la vida, entre pelotazo y pelotazo. Eso sí, poca nómina y mucha precariedad; el dinero, oscurito como el cubata; todo menos perder la ayuda del Ayuntamiento, o el pisito que da el Cabildo, o la subvención gubernamental que me merezco, porque yo lo valgo. Todo es poco para esta clase obrera con depresión crónica y mueca infinita de hartazgo[…];

de un pasado irrecuperable (Caribeñizados):

[…] Y lo que más me seca: la falta de modales, el embrutecimiento… Que toda una dependienta de El Corte Inglés te llame «mi amor» o «cariño» a las primeras de cambio no es algo bonito, ni tierno, ni cercano. Es un confianzudeo impropio de una operación comercial ya no seria, sino digna. Pocos son ya los que se acuerdan de dar las buenas horas, o los que se molestan en usar las mínimas formas de cortesía ante cualquier trámite público. ¿Canarios afables, acogedores, amables? Cada vez menos. Me lo decía el otro día un buen amigo taxista: aquí, la gente «se alimenta de nervios». No quiero sonar clasista, ni racista, ni culturalista —de verdad que no doy ninguno de esos perfiles—; solo reconozco mi indignación ante la pérdida de unos referentes culturales que nos han traído, con todas sus miserias, el poco de desarrollo (no solo económico, sino también sociocultural) que hemos acumulado hasta el momento. Pienso en el viejito trajeado y altivo que pasea por Vegueta con aire inglés, en la socarronería portuguesa de los cumbreros, en el espíritu comercial holandés de los ya escasos tenderos, en la escandinava tolerancia que nos trajo el turismo. Y me pregunto si alguien más ahí fuera, en la eterna primavera, comparte mi nostalgia por los canarios que éramos […];

o de un presente incómodo (Compás de espera):

[…] La mano del padre encuentra el viejo y remendado compás sin mirar a los ojos del profesor, que perdona la descortesía. Desenfocado, entre la V que forma el compás abierto, el padre sonríe […],

cuando no patético (Reencuentros):

[…] Vaya por delante que servidor no se considera un hombre miseriento ni “jediondo” a la hora de surtir una mesa, y más cuando se trata de agasajar a los demás. Sin embargo, hubo en toda aquella compra cierto halo extraño que desvirtuaba el objeto primero de la misma, como si para mi amigo importase más que se supiera que podía comprar algo que el hecho de comprarlo propiamente dicho. Lo cierto es que después de una hora de puro desparrame consumista, y de una factura obscena pagada con una de esas tarjetas áureas que nunca tendré, nos encontramos cargando todo el matalotaje en el Land Cruiser más grande que he visto en mi vida […],

absurdo (Cuando éramos hombres):

[…] Lo que sí que resulta innegable es el hastío que estos superhombres —mis perdones a Nietzsche— empiezan a generar en un número creciente de mujeres, una de las cuales me dejó hace poco este impagable relato de una jornada de playa en la dudosa compañía: —A la playa una se lleva la cesta de paja, dentro de la cual introduce la toalla, el protector, el peine, la mascarilla para el pelo (solo si te acuerdas); la Coca-Cola Light, si tienes en casa y, si no, la que pilles; y, cómo no, el tradicional sándwich de atún, millo y mayonesa. Pero él, ese hombre, se lleva una mochila de un tamaño considerable que contiene: toalla, protector, aceite acelerador de bronceado, aceite de coco con brillo añadido, cera para el pelo, pinzas de cejas (muy fuerte), protector labial y la comida. Y la comida: tupper de kilo y medio de pechuga y 800 gramos de arroz, ni uno más; son 800, los pesó la noche antes, no hay margen para el error, deben ser 800. Se completa el menú con un paquete de tortitas de arroz, no le vaya a dar un antojo, y una Coca-Cola Zero. Y ya se le está yendo de las manos, que eso tiene gas y, por lo tanto, ¡infla! […]

o abiertamente irritable (Indocencia):

[…] Inconscientemente, pasó a modo-policía, ese comportamiento que todo profesor con tablas sabe que debe asumir antes de poder dar en condiciones una clase de ESO. Ordenó, recolocó, apremió y cuasi pastoreó a la masa caótica de alumnos, una ratio pornográfica de treinta y tres adolescentes de entre 14 y 16 años que ya saturaba el ambiente en la clase. Estrógenos y testosterona en cantidades no asimilables derramándose por los pupitres, irreverencia, acné pustuloso y alientos a snack barato con sabor a queso, con esos retales se cosía el patchwork lisérgico de cuarto B a primera hora de un martes. […] Apenas da la espalda a la clase, se oye caer una silla, a lo que siguen unas risas demasiado estridentes, abiertamente irritantes. Se da la vuelta y dirige su mirada al tío que está de pie, al fondo, descojonándose en medio de un follón de libros y material vario desperdigado por el suelo. Es el de siempre; el “ínclito Echedey”, en palabras de Pepe, el de filosofía; “el puto Echedey de los cojones”, en la jerga personal de Jonathan: un galletón que pasa de largo el metro ochenta, de complexión atlética, morenote y con facciones toscas, el clásico guayre del noroeste. Lleva puestos cerca de cuatrocientos euros en ropa y zapatillas de marca —o de firma, como dicen ahora— y en la mochila esconde un móvil que cuesta más que el viejo Golf que conduce Jonathan. Un niñato de libro, único bastardo de una pareja —de profesores, manda huevos— que se echó la siesta hasta los catorce años del churumbel y ahora culpa al mundo por la montaña de partes de incidencias que cada día salen del centro con su nombre por cabecera. Un machango malcarado que conoce el sistema y lo explota en su beneficio, tensando lo justo la cuerda para no sobrepasar la delgada línea roja que separa la reprimenda verbal de la expulsión u otras consecuencias administrativas de peso. Un cabrón, en definitiva, que disfruta reventando clases bajo el paraguas del “garantismo educativo” y la protección gremial de sus padres […]

En todos los casos, el reverso de lo que había sido cómico hasta ese momento termina confluyendo en una suerte de inquietud, pues lo no cabe ninguna duda sobre la veracidad del trasfondo de lo narrado, aunque todo se envuelva en el celofán de unos textos que, según la clasificación que el propio autor fijó para este libro, se erigen como visiones y como ficciones; o sea, como documentos trazados desde una percepción absolutamente personal y sin la pretensión de señalarnos con el dedo al tiempo que dice: «Esto es así, ¿acaso no lo ves? ».

¿Que dónde se haya la veracidad a partir de esta actitud? Sin duda, en que nada de lo narrado es ajeno a lo que conoce el autor, nada se presenta como el reflejo de una imagen distorsionada con o sin intención. La visión de Hernández Suárez es, en buena medida, la misma que tenemos un colectivo muy amplio que compartimos muchos rasgos comunes con el autor. Por la parte que me ocupa, estas similitudes pueden verificarse en que ambos somos docentes (luego, sabemos el alcance de los apuntes expuestos en Compás… e Indocencia); ambos pertenecemos a la generación “baby boomers” (lo que nos sitúa en una posición muy concreta con respecto a Cuando éramos hombres); los dos hemos vivido situaciones similares a la narrada en Reencuentros porque tuvimos compañeros que sustituyeron el dinero fácil por el dinero estable; y tanto él como yo nos sentimos parte de una Canarias abierta, atlántica en su acepción y concepción de la pluralidad, y alejada de los tintes propios del ultranacionalismo caleidoscópico y sin asideros estables en los modos de interpretar el pasado ni de construir el futuro.

La valía de esta tercera tanda de relatos enviados por Hernández Suárez para que me terminase de convencer de si merecía o no la pena seguir adelante con mi propósito la ubiqué en el anaquel donde se custodia el convencimiento de que con ellos cualquier lector, como me había ocurrido a mí, podía conseguir la asunción de cierta perspectiva sobre lo que no podía dejar de reconocerse como un cúmulo de pruebas sobre lo que, si no cabe definir como “fallos sociales”, sí, al menos, debe  englobarse en el grupo de los “preocupantes desajustes” de nuestro presente.

Como puedes suponer, tras la lectura de los textos que te he indicado, ya no solo quise publicarlos, sino que casi «exigí» que viesen la luz cuanto antes, que era imperativo edificar un volumen con lo que me había mandado y con esos otros textos que, según me había apuntado, sin ser profundamente divertidos o profundamente trágicos, sentía el autor que formaban parte de un universo paralelo a sus ejercicios de escritor. Fue la última remesa de escritos recibida una vez relajadas las barreras defensivas propias de la incertidumbre y de los naturales temores de quien nunca antes ha publicado nada. Te hablo de las narraciones más literarias de este libro (en la acepción de texto redactado para el exclusivo deleite), las que conectan a nuestro autor con otros y, sobre todo, con la Biblioteca Canaria de Lecturas (BCL).

En esta línea ubico: El largo regreso, un maravilloso ejercicio que entronca el paisaje y el paisanaje con esa suerte de realismo mágico tan de nuestra tierra, y que permite que nuestra obra gire en la misma órbita que algunos textos de Julio Pérez Tejera [BCL, tomo 1] o la novela de Juan Quintana Rodríguez La casa de Padreabuelo de Juan Quintana Rodríguez [BCL, tomo 3]; y Bajo las aguas del farallón, un texto ambientado en el entorno aborigen del noroeste grancanario y que reproduce de manera magistral una escena de supervivencia en el marco de una comunión entre la naturaleza terrestre y marina, y el hombre isleño (muy presente en el tomo 4 de la BCL con el Romancero sureño de Faneque Hernández).

La patrulla es una narración que el mismo Stephen King de Creepshow hubiese reconocido como suya. Es un relato de suspense, en la misma línea de La nevera. Mantiene en vilo al lector en todo momento y se erige, por su dedicatoria, como el perfecto colofón de estos Placeres textuales, pues aúna la pasión escritora de su autor, quien testimonia con el relato su buen quehacer a la hora de confeccionar un texto narrativo, con la que siente por el mar (es un consumado marino, como se puede comprobar también en el mencionado Bajo las aguas del farallón).

De todas las composiciones de este libro, la que más reminiscencias intertextuales posee es, sin duda alguna, La matraquillosis, una magistral adaptación libre (genial, divertida, exquisita, con una importante carga de profundidad, impecable en su escritura…) de La metamorfosis de Franz Kafka. Este fue el último o penúltimo relato que me llegó de Hernández Suárez y, sin duda, uno de los mejores que jamás he leído, pues la fina ironía que rezuma en sus párrafos y el sorprendente final vinculan a nuestro autor con el mejor Roal Dahl, lo que confirma el acierto (disculpa la inmodestia, por favor) de hacer lo posible por que viese la luz estos Placeres textuales, llamados a iniciar la que será, con toda seguridad, una brillante y fecunda posteridad literaria de su autor; y, con ella, un buen descanso de mi memoria en el panteón de los “intrahistóricos”. Amén…


Artículo publicado en
Canarias Cultura


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