En el «Caleidoscopio» de Julio Pérez Tejera

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Julio Pérez Tejera: Caleidoscopio (Mercurio Editorial, 2014)
Edición y preliminar: Victoriano Santana Sanjurjo.


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1erobjeto textual de forma irregular

Para empezar, necesito y quiero contarte una anécdota, una situación, una experiencia…, algo, en suma, que me ocurrió durante mis años de licenciatura universitaria (te hablo de un periodo comprendido entre 1991 y 1996). Me gustaría precisar en qué momento, pero no logro acotar ningún segmento cronológico concreto. No importa. Si en el transcurso de esta redacción logro acordarme, te lo digo, ¿vale? Bueno, sigo: recuerdo que ocurrió en las horas vespertinas de un día de vacaciones estivales (¿julio o agosto?) y que el acontecimiento se produjo en una guagua que cogí en la parada situada frente a la iglesia de San Gregorio, en el barrio teldense de Los Llanos de Jaraquemada. Mi destino era el Hospital Insular.

Llevaba conmigo un libro para entretenerme durante un trayecto que me sabía de memoria y cuyo paisaje, a fuerza de verlo diariamente, ya me resultaba monótono. Cogí el volumen de mi biblioteca. Aproximadamente, hacía un par de meses que lo tenía. A pesar de su hermoso título, no le había podido prestar una atención que fuese más allá de ver la cubierta y leer el texto de la contracubierta, quizás porque estaba envuelto en los exámenes previos al periodo estival. Ese día lo cogí sin más, lo puse en la mochila, llegué a la parada, esperé por el Salcai que hacía la línea 80, subí al vehículo cuando llegó y me acomodé en un asiento de los muchos que estaban sin pasajeros. Tras arrancar y dirigirse a la siguiente parada, la que había en la desastrosa estación de guaguas de Telde, la última antes de emprender el camino ininterrumpido hasta mi destino, abrí la mochila, cogí el libro y empecé a leer… Leí, leí más, leí mucho más, seguí leyendo, pasé páginas y páginas; leí sin apenas respirar, sin la mínima tregua para levantar la cabeza, sin cambiar de posición; leí sin tiempo, leí y seguí leyendo…

Cuando me quise dar cuenta, la guagua había llegado al final de su trayecto, en la estación de guaguas de San Telmo de la capital grancanaria. Levanté la cabeza y comprobé que se me había pasado la parada del Hospital Insular. «Mierda», me dije mientras, como un totorota, me volvía a poner delante de la puerta de la misma guagua que me había traído para que, en una suerte de retroceso absurdo, me llevase al destino previsto. La lectura me había hecho perder la noción del tiempo y el espacio; y me acordé del primer capítulo del Quijote.

Me propuse no despistarme y cumplir con el cometido previsto: llegué al Hospital Insular, hice lo que no recuerdo ahora que tenía que hacer (¿visitar a algún paciente, quizás?), despaché mi tarea con desesperación y corrí ansioso para coger la primera línea 80 que me devolviese a Telde. Durante el regreso, seguí leyendo, pasando páginas, descifrando aquel embrujado libro de bello título y cautivadoras palabras.

Me bajé en la parada del instituto José Arencibia Gil, donde cursé el Bachillerato, llamado entonces BUP, y el COU. De ahí a la casa de mis padres hay muy poca distancia. Llegué enseguida, no recuerdo qué hice después y sé que luego me encerré en mi habitación para seguir con el gratísimo cautiverio. Y leí, leí más, leí mucho más, seguí leyendo, pasé páginas y páginas; y leí sin apenas respirar, sin la mínima tregua para levantar la cabeza, sin cambiar de posición; y leí sin tiempo, leí y seguí leyendo…

El caso es que al día siguiente continué con la lectura al tiempo que empezaba a nacer en mí cierto desasosiego, pues comprobaba que el volumen se estaba acabando y… que no, que no era justo que se terminase, que eran necesarias mil, dos mil, cinco mil páginas más; que la narración no podía concluir sin más… Pero, como todo en esta vida, la historia se terminó. Cerré la novela. Cerré los ojos. Suspiré. «Sublime», musité… Y con impía pasión, con la intensidad de un desgarro en una cicatriz mal cosida, volví a releerla sobre la marcha:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo […]

2o objeto textual de forma irregular

Desde este estremecimiento, no he vuelto a sentir nada parecido con un libro. Si hubiese una escala de Richter sobre los efectos de la lectura, sin duda que Cien años de soledad hubiese merecido la calificación de 10. Todo mi universo retórico se vino abajo y todo se volvió a reconstruir nuevamente con una fortaleza imprevista.

En marzo de 2013, en uno de mis escasos hogares digitales, Canarias Cultura, una web donde me siento como en casa, mi muy querido y admirado José Brito López me hizo una entrevista a propósito de la publicación del que por esas fechas era mi último libro: El Quijote (1605) tuneado (Mercurio Editorial). En un momento de la conversación, me preguntó por el libro que me hubiese gustado escribir. Esto le respondí:

[…] Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, sin duda alguna. A pesar de tenerlo en un altar o quizás por eso, no lo sé muy bien, jamás me he atrevido a escribir nada sobre él. Me da miedo, me retuerce el alma hasta dejarme exánime. Acudo a él con devoción, como si fuese a iniciar un ancestral ritual mágico que me conecta con el origen mismo de mi estirpe, que, como las de todos nosotros, se remonta al inicio de los tiempos.

Sé que cabría esperar por muchos que respondiese el Quijote, pero mi acceso a esta obra se ha fraguado de otra manera: yo crecí con el Quijote, aprendí a escribir con esta obra y, sin duda, serán sus páginas las últimas que tenga que leer antes de morir. Toda mi vida se ha construido sobre una experiencia vívida de la novela cervantina; luego, forma parte de mi universo, de lo que soy y, en consecuencia, de aquello que no puedo crear como autor sin que parezca que me estoy autoescribiendo; pero Cien años de soledad entró de otra manera. Llegó como una revelación sagrada que solo pude entender gracias a que mi vida se había forjado sobre el mito literario del Quijote. Sé que puede resultar un poco complejo todo esto, pero mis horas se construyen sobre textos, sobre palabras, y eso hace que todo lo que me envuelva tenga que obedecer a una suerte de orden no escrito sobre preferencias, jerarquías, obras de la banda de acá y de la de allá, escrituras vitales y escrituras pasajeras […]

Reconozco que otros fenómenos sísmicos importantes he padecido en el planeta de mis lecturas. Antes del devastador, del épico, sentí alguno que otro, que logré identificar con posterioridad gracias a lo sucedido con la novela del colombiano; pero fue a partir de la epopeya de los Buendía cuando empecé a prestar atención a mi sismógrafo particular. De esta manera, he hallado que en toda la gama posible de los valores circunscritos a la calificación de nueve están situados, por un lado, el resto de las obras de García Márquez y, por el otro, toda la producción de José Saramago.

Luego, ha habido grados y grados, como libros y libros, como lecturas y lecturas… De los esperanzadores, poco es lo que suelo recibir; y muy buenos terremotos me han ocasionado otros de los que apenas esperaba nada. En este último caso, debo situar Tú no te acordarás… y otros relatos de Julio Pérez Tejera. Aclaro, es importante: nada esperaba de este libro cuando cayó en mis manos porque no sabía entonces que existía nuestro autor, nadie me había hablado de él, nada había leído de él ni sobre él.

¿Julio Pérez? Y, ¿quién es Julio Pérez?…

3erobjeto textual de forma irregular

En octubre o noviembre de 2011, no puedo ser preciso con esto a pesar de la cercanía temporal, mi muy apreciada amiga Rita Navarro me pidió que presentase el libro de Julio en el casco histórico de Santa Lucía, en las casas consistoriales. El libro se había presentado por primera vez en la Casa-Museo León y Castillo el 14 de junio, siendo la directora de la Casa-Museo Pérez Galdós, Rosa Mª Quintana Domínguez, quien ejerció entonces la labor que ahora me proponía Rita. Yo acepté sin más porque a las buenas amistades, atentos a la fidelidad que se les debe, nunca se les dice que no.Tu_no_te_acordaras

Es cierto que para este “sí” indubitable contaba en mi haber con la experiencia de alguna que otra presentación de libros que había aceptado realizar por compromiso y que había resuelto de manera satisfactoria gracias al palabrerío de la retórica; luego, estaba dispuesto a echar mano de mi artillería para resolver la situación si la obra no atesoraba a mi juicio un mínimo de calidad con el fin de que todos estuviesen contentos con mi intervención: el autor, los asistentes y, sobre todo, quien me había hecho la petición.

Lo dicho: solté un «venga, dalo por hecho. Consígueme el libro y concrétame el lugar, la fecha y la hora de la presentación». Días más tarde, tuve en mis manos el mentado Tú no te acordarás… y otros relatos.

Nada más verlo, me investí con esos ropajes de pontífice pedantesco que me son tan familiares y con los que uno trata de cubrir el desnudo de su pobreza discursiva. Una vez que ya estaba acorde para la ocasión, me dispuse a ver de qué iba la obra.

Empecé por el paratexto, por todos esos elementos del libro que no tienen nada que ver con el texto literario (cubierta, portada, hoja de créditos, índice, preliminares, tipo de papel, ilustraciones, tamaño…) y que sirven, por un lado, para aproximarnos al libro como elemento físico y jurídico; y, por el otro, para detectar algunos detalles que pueden ser relevantes de cara al contenido poético.[1] Así, pues, me dispuse a cumplimentar mi ficha de datos paratextuales:

ficha1
·

Luego, como suelo hacer, fui anotando en otras fichas pequeños bloques de texto con ideas sueltas de cara a la exposición:

ficha 2

ficha 3

ficha 4a

ficha 4b

4o objeto textual de forma irregular

Zanjado el estudio del envoltorio y hechas las anotaciones meramente anecdóticas, traté de ver qué se podía sacar de la obra. Cuando llegué al texto, a las dos o tres primeras páginas de la narración que da el título al volumen, me envolvió una sensación sísmica parecida a la que experimenté con las primeras de Cien años de soledad. La sensación fue y todavía sigue siendo indescriptible.

Ante todo, me llamó la atención, por un lado, la pulcritud de su escritura; por el otro, su prestancia, esa cualidad poética de los textos que te permite acceder al placer lector ciñendo únicamente tu lectura a las formas expresivas y dejando al margen la profundidad de su contenido, que en Pérez Tejera no es, por cierto, escasa ni fatua.

Enseguida se me ocurrió una sentencia que, según cómo se vea, podía llegar a interpretarse como una perogrullada, pero que, mirada desde la adecuada posición, tiene su importancia: «estamos ante un libro muy bien escrito». No es esta una cuestión baladí. Por fortuna o desgracia, según cómo se mire, la tecnología ha permitido que la publicación de un libro sea una actividad relativamente económica, al menos en comparación a como lo era antes. Ello ha traído consigo que muchos escritores lo sean por tener libros con su nombre en la cubierta, pero no porque merezcan ser ubicados en el tropel (en el mejor de los casos) de los más idóneos redactores de crónica social o, si me apuran, de horóscopos y demás ejercicios propios de los escupe-vocablos.

La prosa de Pérez Tejera es, repito, precisa, impecable; con buenos trazos conceptuales y con una admirable y, en la parte que me afecta, envidiable capacidad para elaborar desarrollos narrativos que enganchan al lector desde el principio y que no lo sueltan hasta el punto y final.

Reconocí entonces y todavía hoy en día sigo reconociendo y proclamando que disfruté mucho con la lectura de un libro como el que nos ocupa, que, además, tiene como felices circunstancias, que nos deben llevar a sentirnos muy orgullosos de esta publicación, el que sea, en general, muy canario (si es que la oriundez se puede cuantificar) y, en particular, muy sureño.

Del agradable ejercicio de la lectura de este volumen saqué algunas observaciones que me complace compartir ahora contigo y que deben servir para que te hagas una idea más o menos general del contenido de Tú no te acordarás… y otros relatos, la obra que se erige en la primera parte de este Caleidoscopio que nos convoca.

Como apunté en la ficha 1, el libro está compuesto por 23 relatos, la mayoría de corta extensión. En las anotaciones que realicé de cara a la exposición, concluí que había dos tipos de relatos: por un lado estaban los que reconocí como relatos anecdóticos; por el otro, aquellos que denominé relatos trascendentes.

La ubicación en uno u otro apartado obedeció a la consideración de este humilde expositor sobre qué prevalecía más en cada escrito. Cuando se detectaba la presencia de un narrador en primera persona, un yo-autobiográfico, que contaba una historia para entretener (con su principio, desarrollo y desenlace), situaba a estos textos en el apartado de los anecdóticos; en cambio, cuando percibía la presencia de un espíritu narrativo donde lo que verdaderamente importa no es la conclusión, sino el trayecto de un pensamiento que se convierte en reflexión filosófica envuelta en una estructura sumamente poética, señalaba que estos textos eran los metafísicos.

Así las cosas, hice una tabla clasificadora como esta:

division textos

Reconocí entonces que esta división era incompleta, pues echaba de menos algunas subcategorías dentro de los apartados generales; e imprecisa, ya que muchos artículos atesoran en ocasiones muchos contenidos que pueden llegar a hacerlos merecedores de formar parte del otro grupo. Un ejemplo de lo apuntado: los textos “El huerto de las higueras” y “Obcecados” eran para mí anecdótico y metafísico, respectivamente; pero hay en su lectura momentos en los que no pude dejar de plantear la posibilidad de que perteneciesen al grupo contrario. Concluí mi apreciación de entonces con la siguiente observación: «Insisto en la presencia de cierta arbitrariedad a la hora de situar a unos textos u otros donde aparecen, pero mi entendimiento los distribuye de esta manera. Supongo que en un estudio más profundo sobre este singular y magnífico libro estas ubicaciones pueden verse alteradas».

753 días después de haber hecho esta afirmación, ya puedo señalar que mi clasificación, además de incompleta e imprecisa, encima es inútil, pues se sostiene sobre una absurda necesidad de encasillar la naturaleza de unos relatos que, según como sean leídos, pueden situarse en cualquier estantería del conocimiento y del placer estético. ¡Qué manía la de los críticos y seudocríticos por atomizar unidades de pensamiento y creación compactas! ¡Vaya mentalidad de reponedores de supermercado que mostramos la mayor parte de las veces que nos proponemos hacer un análisis textual! ¡Cómo nos olvidamos de que libros como el que centra mis atenciones en este preliminar se elaboran para ser leídos y no para ser estudiados!

¿Qué debo hacer, pues? Nada más y nada menos que ofrecerte algunas anotaciones sueltas (insisto: anotaciones sueltas), elaboradas en su momento y reelaboradas en estos días de trabajo sobre el “preliminar caleidoscópico”, sin otro objetivo que no sea el de presentarte aquello que me llamó la atención del relato y que puede serte de interés: bien porque te ayuda a que vislumbres alguna clave de la historia desde algún punto de vista (literario, cultural, etc.), bien porque puede estimular tu ánimo para que leas con otros ojos la narración. Veamos:

Relato 1: Tú no te acordarás -Caleidoscopio­-

Es el relato principal del libro. Ocupa 68 páginas (de la 9 a la 77). Está distribuido en 32 bloques textuales. Entre el bloque 25 y el 26 hay un intersticio de 17 páginas.

En la nota previa a los relatos, titulada “A modo de justificación”, el autor señala lo siguiente:

[…] El título de Tú no te acordarás responde al hecho de que la verdadera memoria no es, la mayoría de las veces, un ejercicio consciente sino más bien un cúmulo de experiencias ancestrales recibidas a través de la sangre y con cada célula, y que nos hace desear, temer, acoger o rechazar de forma instintiva según qué cosas. En definitiva, un lugar que enrasa a todos sus personajes (aquí no hay héroes) y los reviste, sin más explicaciones, con esa pátina que da el tiempo. La acotación “caleidoscopio” acude al recuerdo de aquel juguete hecho de trozos de color con espejos, para construir una realidad ilusoria, cambiante, a medida que vamos dando vueltas al tubo que los contiene […]

La lectura completa del primer relato nos mueve a tener presente  Crónica de una muerte anunciada de García Márquez: múltiples personajes cuentan desde su perspectiva la muerte de Edelmiro a manos de Fermín Almeida, el padre del protagonista principal de la historia. En medio, se entrelazan los recuerdos de quienes conocieron a los padres de Gervasio, el hijo de Fermín, en el marco de su Tirajana natal.

Hay concesiones al realismo mágico en diversos pasajes; el más sobresaliente, a mi juicio, se halla en el relativo a la fertilidad de un personaje llamado Facundo:

[…] Pero a pesar de no llevarse bien con él, Pepito soportaba a su tío Facundo porque todo lo que intentaba con las plantas o los animales resultaba de una fecundidad exuberante. Según decía la gente, su madre deseó tanto tener aquel hijo que proyectó en él toda su fertilidad y no faltó quien dijera que debió llamarse Fecundo en vez de Facundo. Tardó tanto en concebirlo que, cuando lo dio a luz, su única hija ya estaba casada. La criatura vino al mundo con buenos augurios en una primavera que llegó de golpe a la mañana siguiente de aquella noche, con la mar como un plato y la luna llena colgada sobre Melenara. Después del cansancio del parto, la madre se durmió y despertó con un alarido del chiquillo, de tal envergadura, que hizo abrirse de una vez todas las flores del patio.

[…] Si alguna vez arrimaba la cochina al varraco, aquella paría no menos de catorce lechones, de modo que él, con ternura de padre, debía retirar a alguno de los recién nacidos de los pezones de la marrana, pues tocaban a menos de uno por cabeza, y así poder amamantar a toda la camada. Las gallinas ponían, invariablemente, huevos de dos yemas y, si alguna incubaba, era digno de ver cómo de cada uno iban saliendo los pollos a pares.

[…] Sin embargo, aquella condición suya le acarreó más de un acceso de desconsuelo porque cada vez que quiso acercarse a una muchacha con intenciones serias, ésta salía huyendo por temor a contraer embarazos triples o vaya usted a saber. Las únicas relaciones que pudo mantener para aplacar sus urgencias fueron con mujeres de la vida, que tomaban sus precauciones, aunque, si en el relajo de sus desahogos les contaba su desdicha, terminaban echándolo y maldiciendo la hora en que habían arriesgado su sustento y hasta sus vidas sin saberlo […]

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Relato 2: Juan Caballero

Narración breve: dos páginas (81-82).

Juan Caballero forma parte de esa estirpe de hombres grandes en dimensiones, grandes en fortaleza y grandes en el pragmatismo con el que se destilan los quehaceres del día a día. En la Canarias de mi infancia conocí a muchos de ellos, pues formaban parte del sustrato popular que componían las llamadas gentes del campo.

Este personaje literario me recuerda a mi abuelo paterno, José Santana Santana, conocido como Navarro, uno de los tantos cosecheros-exportadores que hubo en Telde entre la década de los sesenta y setenta del siglo XX. De él siempre oí anécdotas, a caballo entre el relato veraz y la leyenda, relacionadas con su proverbial fuerza: algunos me cuentan que desplazó a un burro que no quería moverse de un sitio a otro levantándolo del suelo; otros, que acoquinó a un toro que había embestido un coche amarrándole los testículos con una soga y tirando hasta que se rindió el animal; y no faltan quienes trabajaron con él y cuentan cómo era capaz de cargar sobre sus espaldas lo que dos hombres fornidos podían transportar.

Con cuatro retazos, Julio logra construir a ese “Juan Caballero” que, como mi abuelo y como tantos coetáneos suyos, eran hombres de pocas palabras (solo dice las justas y necesarias) y que hacían uso de la lógica en su manera de resolver los conflictos:

[…] −¿Cuántas espuertas de tierra harían falta para rellenar la montaña de Las Palmas si se derritiera?

Y Juan Caballero, sin que se le mueva en la cara otra cosa que la boca, responde:

−¡Hombre…, siendo la espuerta tan grande como la montaña, con una basta! […]

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Relato 3 (83-87): Isla intestina

Tras la primera lectura, uno no puede evitar dejar de tener presente que Julio es un profesor de Formación Vial.

Estamos ante una magnífica metáfora de las carreteras y los coches que circulan por ella. Pero no cabe aquí una visión tan simple del relato. A la metáfora inicial (carreteras versus intestinos) cabe una más profunda: carretera versus vida… La célebre metáfora manriqueña de la vida como río cabe reescribirse con esta nueva imagen.

Hay que destacar la encomiable capacidad del autor a la hora de trasladar su observación sobre las múltiples intrahistorias que confluyen en un lugar concreto del tiempo y del espacio, y que nos envuelven.

[…] De pronto comprendo que soy material de desecho. He abandonado ese interminable intestino de la carretera. No sé por qué recuerdo aquella frase: “Donde está el cuerpo, está la muerte” y a la vez pienso: “Donde está el cuerpo, está la vida. Soy todo lo que preciso para ser feliz o desgraciado y, cuando digo nosotros, abro las puertas de un amplificador sobre el infinito, para bien o para mal.” ¿A dónde me lleva entonces la carretera? ¿A qué tanto ir y venir? Camino alumbrándome con el reflejo de una luna tímida que asoma entre nubarrones y me embarga la alegría de sentir cómo los músculos de mis piernas se mueven. Y me desplazo, a una velocidad deliberadamente lenta, disfrutando de cada movimiento, como en una danza o en un ritual, sabiéndome parte del universo. ¡Estoy vivo!

 A medida que se avanza en la lectura, la carga de profundidad conceptual del texto aumenta, convirtiéndolo en toda una declaración de principios sobre lo que somos y la posición que mantenemos con nuestra realidad y el mundo al que pertenecemos. Se es uno entre un montón, sí, pero uno siempre en su singularidad.

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Relato 4 (89-90): La ciudad de la bruma

Es este un texto muy descriptivo en el que destaco la identificación entre el beduino y el visitante en el marco de un espacio como el del desierto. Una identificación que me ayuda a consolidar el mensaje de “Isla intestina”: «Todos somos todos en el tiempo y el espacio».

Me gusta mucho la idea de la bruma como elemento de confusión, como gran mezclador de condiciones y situaciones. En la bruma, como en la noche, como ante la misma muerte, todos somos iguales o todos podemos ser identificados con todos. La realidad del beduino, la jaima, el desierto…, tomando como referencia “La ciudad de la bruma”, se muestra como un sueño, un espejismo o un simple pensamiento transportador sobre la base de esta analogía de igualdad.

[…] El último león del desierto rugió con todas sus fuerzas y derrumbó la ciudad que quedó convertida en estas montañas que vemos. Por eso los beduinos vivimos en tiendas, preparados siempre para salir huyendo cuando aparece la bruma que, en los días de sol, trata de atraparnos con reflejos de ciudades y oasis inexistentes para adueñarse de nuestra sangre. […] El camino de regreso se pierde delante en la arena. En el espejo retrovisor, el beduino y su jaima también han desaparecido. El sol cae envuelto en una nube roja […]

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Relato 5 (91-95): La cámara

Narración muy bien trazada (engancha su lectura), con final sorprendente y con referencias topográficas (Carrizal, El Burrero…) muy concretas que permiten a los lectores de la zona que podamos identificarnos con la trayectoria de un relato muy verosímil; tanto, que la frontera entre literatura y reportaje periodístico o crónica de un suceso a veces se confunde.

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Relato 6 (99-104): La voz del espantapájaros

Sin duda alguna, es uno de los grandes relatos de este libro (para mí, todo un “primus inter pares”) y un ejemplo claro de la presentación de una realidad mágica en la narrativa de Pérez Tejera. No hablo de la expresión “realismo mágico”, que no es ajena, por otro lado, a determinadas escrituras de Julio, sino de “realidad mágica”; o sea, aquella que logra captar en la cotidianeidad, en el runrún del día a día, la excepcionalidad, la melodía, y le concede a lo percibido una entidad propia: un objeto, una situación, un pensamiento…

Al más puro estilo del unamuniano San Manuel Bueno, mártir, un espantapájaros dialoga con el lector (aunque parezca que el suyo es un soliloquio) sobre su condición, su razón de ser y lo que observa a su alrededor; y lo hace a partir de una cosmovisión basada en cierta congoja existencialista que se sustenta en la palabra, la capacidad para gestarla y expresarla; y la conciencia (realidad mágica) de su imposibilidad para hablar, aunque sepa quién es el receptor de su mensaje:

[…] Es cierto que ya no soy el de ayer y, por tanto, tampoco el de mañana, pero no es menos cierto que éste de hoy no sería posible sin el que fui. Y, creo que a los humanos debe ocurrirles lo mismo, aunque no parecen darse cuenta, porque, a veces, se les ha escapado algún suspiro y hasta una lágrima, hablando de algo que sucedió. ¡Ah, las lágrimas! No acierto a entenderlas muy bien. Yo sólo he sentido resbalar por mi cara la tarosada y, en las mañanas frías, no siempre resulta agradable. A ellos también parecen molestarles porque, tan pronto surgen, se apresuran a secarlas y a esconder la cara entre las manos. Si pudiera hablar me gustaría preguntarles cuál es el origen de las lágrimas. Bueno, ¡me gustaría preguntarles tantas cosas…! Pero esto no pasa de ser una ilusión. […]

Me gusta muchísimo el dualismo que en el desarrollo de la historia ofrece la lucha entre lo tecnológico, lo actual, y el uso de artilugios tradicionales. La conclusión es que el hombre, en su propósito de ayudar, empeora las cosas, pues no cesan sus actos (voluntarios o involuntarios) de ataque a la naturaleza. En un determinado momento de la lectura, se puede leer esta aplastante deducción:

[…] Comenzaron a esparcir, aquí y allá, unos polvos azules y, con una máquina que llevaban colgada a la espalda, metían no sé qué en los agujeros del majano y las paredes. Sólo un par de días más tarde entendí a qué se dedicaban: ¡Mataban bichos! ¡Y eran Especialistas en Biosistemas! Yo los habría llamado Especialistas en Necrosistemas. […] Las moscas y los mosquitos habían desaparecido, pero las alpispas morían frente a mí, sin razón aparente. Un cernícalo bajó en picado para atrapar un ratoncillo que andaba, medio atontado, entre los surcos. La presa era fácil y el cazador la inmovilizó con sus garras, miró en todas direcciones hasta sentirse seguro y comenzó a comer. Todavía no había acabado cuando cayó de modo extraño hacia delante, desplegó una de las alas y abrió desmesuradamente el pico como si quisiera lanzar un grito que no se escuchó. Se incorporó de nuevo y se arrastró dando tumbos hasta que llegó a mis pies, donde quedó inmóvil. Estaba muerto. Ahora lo comprendía. ¡Aquello que habían sembrado en toda la finca era veneno! […]

La primera frase que escuchó fue reconocida por el personaje como “la voz de mis sueños”, lo que viene a situar la capacidad lingüística como una circunstancia nacida de lo onírico; como un deseo más que como una realidad, como algo involuntario…

[…] ¡La voz de mis sueños! Esta fue la primera frase que escuché en medio de la noche. Iba a decir –ahora sí– que sentí un estremecimiento, pero tampoco tengo corazón, ni nervios y no sabría cómo expresarlo. Bastaba con dejar escapar los pensamientos para que el aire los llevara hasta la boca, donde las hojas se encargaban de darles cuerpo sonoro […]

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Relato 7 (107-110): Domingo Cabrera

Un texto con un perceptible aroma a los de Rulfo y García Márquez, y a los del Víctor Ramírez de Nos dejaron el muerto. Dentro de la obra que nos ocupa, se sitúa en el mismo universo narrativo que “Tú no te acordarás” y “Juan Caballero”. La presencia de un nombre propio en el título determina una marca de identidad de la persona con sus hechos.

Extraordinario manejo del tiempo narrativo: sobre la base de un entierro real, se cuenta la ficticia muerte del que ahora es el propio difunto, un tal Domingo Cabrera que llega un día a casa de los padres del narrador.

El final debe servir de aperitivo para ti, mi dilecto lector:

[…] Esta tarde, el cielo está encapotado y, mientras parece que el mundo se va a hundir en agua, nosotros acompañamos a Domingo Cabrera, que esta vez se murió de verdad, al cementerio de San Gregorio. El cortejo avanza entre el resplandor de los relámpagos y el retumbar de los truenos, y mi padre, renqueando a mi lado por los años ya, me dice por lo bajo: «¡Vaya fiesta le están haciendo allá arriba!» […]

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Relato 8 (111-114): Cheo

Dentro del género de las églogas renacentistas, centradas en su mayor parte en lo pastoril, hubo una línea de composición cuyo entorno inspirador no era el campo, sino el mar, y que se conoció como égloga piscatoria. Los pastores predominaban en las primeras; en las segundas, los pescadores.[2]  Pues bien, dentro del marco labriego de corte autóctono, folclórico… que se puede hallar en la obra que nos convoca, “Cheo” representa la concesión de Pérez Tejera al mundo del mar y de los pescadores.

Aunque el narrador sea un niño, no es este “Cheo” un relato infantil, si por tal hemos de entender aquel que se adecúa por su temática y desarrollo a los niños. Al poco de empezar, esta circunstancia ya queda clara:

[…] Yo sé que a ella no le gusta que la llamen así, porque, cuando alguna vez se me escapa, me grita: «¡Hijo de puta! ¡Encima que te mantengo mientras tu madre anda en casas de tapadillo! ¡Te voy a partir la boca!» […]

Este es un relato-crónica de cualquier presente que, más que duro, es inquietante, pues da en la clave de todas las angustias que noche tras noche azotan en los corazones de quienes ven salir a la mar a los suyos; una preocupación esta que, por otro lado, suele ser ajena a las de los labradores de tierras. De ahí la excepcionalidad de este muy recomendable texto.

Por otra parte, y dejando al margen el contenido, esta narración me ofreció un punto extra en la valoración de Julio como contador de cuentos, pues me expuso la enorme capacidad que atesora para acercarse al mundo infantil de manera madura y sin concesiones a la ñoñería. Sabe cómo darle a la narración ese matiz de humor[3]  que, según Roal Dahl en su célebre “Racha de suerte”, es esencial cuando se escribe para los niños. En este “Cheo” para adultos se percibe el don del narrador para acercar una historia a un no-adulto creando una atmósfera de lectura confortable por entrañable. El comienzo es una buena muestra de lo que señalo:

El otro día, Ramiro, el guardia, me dijo que yo me llamo José y yo estoy por creer que no sabe lo que dice porque todo el mundo me llama Cheo. También es verdad que algunos me llaman Pepe, otros Sene, pero el único que me llama José es Ramiro. Yo creo que Cheo está bien. Sobre todo, porque Bernabé me llama de ese modo. Bueno, me llamaba, porque hace unos días que salió a pescar con el barquillo y La Guapa anda desesperada diciéndole a todo el mundo que a Bernabé debe habérselo tragado la mar. La Guapa es la mujer de Bernabé y yo no entiendo muy bien por qué le dicen La Guapa. Si les digo la verdad, a mí me parece más bien fea, pero la gente, con eso de los nombres, anda siempre jugando […]

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Relato 9 (117-122): El huerto de las higueras

Este es uno de los textos ambiguos que señalé al principio de estas anotaciones, pues fluctúa entre la consideración de texto anecdótico y de texto metafísico.

Relata un encuentro del narrador con un hombre y cómo la conversación que mantienen, sobre el telón de un huerto de higueras, gira en torno a cuestiones familiares entroncadas en el universo narrativo ya señalado para “Tú no te acordarás”, “Juan Caballero” y “Domingo Cabrera”. Para el texto que nos ocupa, esto se verifica en la presencia de un entorno geográfico enclavado en el sureste grancanario[4]; en la concepción familiar del protagonista:

[…] Yo quería un hombre que me ayudara en la tierra. Cuando le nació la más chica estuve una semana de farra en casa de las mujeres que fuman y el último día vine a rondarla con un par de ellas, como desagravio, pero calculé mal, porque a consecuencia de eso no quiso saber más de músicas […];

o, entre otros nexos, en el tratamiento de situaciones risibles:

[…] En una ocasión, se amuló con la mujer y se colgó por el pescuezo de una de las higueras del huerto y me le partió un gajo. Cuando le dije que por qué no se había guindado de otro árbol más fuerte me contestó: «¡Ah, sí! ¡Tú lo que quieres es que yo me ahorque!». La suerte de él fue que me cogió ya viejo porque, si no, no me hubiera quedado con las ganas de darle un jigo […]

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Relato 10 (123-124): Obcecado

Lo primero que me llama la atención es la dedicatoria del relato a Fernando Ojeda Pérez, a quien también se le dedica la primera composición de la Antología poética de nuestro autor que contiene este libro, la titulada “Cuaderna vía”. Me llama la atención porque me reconforta la idea de que Julio aprecie como yo a este gran hijo de Telde, una excelente persona y un sobresaliente intelectual.

Este es un relato adscrito a lo que ya apunté sobre realidad mágica: algo tan cotidiano como una gota de agua adquiere en las palabras taumatúrgicas de nuestro autor un rumbo trascendental en el que se logra la proyección del hombre hacia los elementos que, en apariencia, son irrelevantes:

[…] Trato de verla con más detalle y mi rostro deformado aparece también regado por el suelo, repetido tantas veces como lo ha hecho su diminuto cuerpo. La división de lo simple produce lo simple, lo que no simplifica las cosas. Pero ella vuelve una vez y otra, no sé si para provocar mi desasosiego, porque le divierte lanzarse al vacío de aquella manera o porque su destino es precisamente ese: dividirse hasta la saciedad (curiosa coincidencia) […]

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Relato 11 (125-126): Carta a don Augusto

En esta epístola a Monterroso (se presupone que es este autor porque se reproduce al principio de la narración un texto suyo, el microrrelato más célebre de la literatura en lengua española: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”), nuestro autor traza un magistral juego de vínculos entre lo que somos y nuestros orígenes biológicos. En él se concluye que no podemos librarnos del principio que nos constituyó, pues formamos parte una misma cadena.

[…] Cuando descubrió aquellas descamaciones en su piel, recordó las cacerías de lagartos de su infancia y, cuando los médicos le dijeron que se trataba de una psoriasis, de un desorden en el crecimiento de su epidermis, creyó que su cuerpo estaba trabajando para devolverlo al estado de reptil primitivo que, posiblemente, había sido en otro tiempo. […] Recordó haber leído que la especie humana conservaba en su estructura encefálica una cierta similitud con la de los lagartos, más desarrollada en el varón, lo que explicaba, según el texto, una mayor agresividad del hombre frente a la mayor dulzura del carácter de la mujer. Vértebras abajo, se le hizo presente la cola del coxis, inútil y escondida, como una vergüenza de los tiempos oscuros. […] Pensó en el líquido amniótico y en ese mar de donde fueron saliendo extraños seres escamosos que se arrastraban zigzagueantes o avanzaban, impulsados por rudimentarias aletas, sobre la tierra todavía húmeda […]

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Relato 12 (127-129): Juan Antonio

Otro texto con un nombre propio por título, pero, a diferencia de los anteriores, en este caso ni se habla de un hombre de la tierra cuya idiosincrasia traza una posición singular dentro del colectivo al que pertenece (“Juan Caballero” o “Domingo Cabrera”), ni de un niño de corta edad (“Cheo”), quien, a pesar de su edad («[…] cojo la punta de la manta con la que se tapan ella y Bernabé, y la voy chupando poco a poco […]»), es capaz de percibir que “algo” no va bien en su entorno más próximo.

Este “Juan Antonio” se sitúa en el lado, si no opuesto, sí, al menos, diferente, al que ocupan los personajes de los relatos expuestos. «Juan Antonio es “un chulo de playa” […]», así comienza el relato y, con él, la declaración explícita de que, probablemente, carecerá este personaje de la singular valía de los anteriores. Lo que se demuestra, de una manera implícita, en el desarrollo de la narración: es de tan poca sustancia el personaje que la propia historia en la que participa es de escaso fuste; o sea, que un personaje que “merezca la pena” (permíteme la expresión, por favor) requiere de una historia que “merezca la pena”, pero alguien que se perciba de segunda fila (en lo moral, en lo intelectual, en lo social…) no puede tener una historia, por muy trágica, intensa, hermosa… que pueda llegar a ser, que le permita adquirir una posición relevante con respecto al lector.

Cuando leí por primera vez el relato, sentí un particular disgusto con “Juan Antonio”, pues me pareció el más flojo con diferencia de todo el rosario de cuentas tan impresionantes que componen Tú no te acordarás…; mas, gracias a la relectura y edición de la obra, caí en la sutil “trampa” del autor, lo que ha encarecido más aún mi admiración por este Julio Pérez Tejera capaz de hacer un experimento literario como el expuesto. Hablo de experimento literario e insisto en la expresión, pues nuestro autor no se está posicionando a partir de su condición de ciudadano ni prejuzga a sus semejantes. La suya es una postura exclusivamente literaria. Él es un relator de ficciones y en su mina creativa ha dado con un filón que los críticos literarios recibirán, sin duda, con una gratificante sonrisa.

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Relato 13 (131-137): No pasa nada

Lo primero que llama la atención es la mención a un personaje de nuestra obra: Domingo Cabrera. Esto permite la concepción de un universo narrativo unitario similar al de los personajes galdosianos, que suelen aparecen en varias novelas con distinto grado de protagonismo.

Un anciano evoca su pasado y manifiesta con resignación su contrariedad con el presente que le ha tocado vivir y la gran diferencia que hay con ese pasado que tiene tan presente:

[…] También es que la tienda de Pancho Pérez cerró, como otras tantas, y ahora hay que ir a comprar el gofio a los supermercados donde nadie te conoce y donde te dan las buenas horas con una sonrisa como de plástico, y si te faltan cinco céntimos no te puedes llevar el gofio porque no hay manera de quitarle un poquito hasta cuadrarlo con el dinero que llevas, hasta ahí, ya… No, ni tampoco apuntarlo en la libreta hasta que vuelvas otro día. Ahora, sencillamente, te dicen que no, que hables con la encargada y la encargada te dice que son las normas y que las normas hay que cumplirlas y cuánto lo siento. Pero tú te das cuenta de que no siente nada porque la cara está dura como un palo y se sonríe enseñando los dientes blancos, blancos, como si te quisiera morder y la sonrisa sólo se afloja cuando tú te das por vencido y te vas sin el gofio o sin lo que sea, y es como de alivio cuando te vas, como diciendo: «¡Por fin, el pesado este!». Pero en la tienda de Pancho no era así porque tenía su libreta y te apuntaba y él sabía que tú, tarde o temprano, le ibas a pagar y tú sabías que se lo debías y tan pronto como juntabas unas pesetas lo primero era pagar las deudas. Además, pasando la cortina que dividía la tienda, te podías encontrar con Domingo o con cualquier otro echándose unas copas acompañadas de manises, tomates con sal, queso duro o sardinas de barrica… Ahora las copas se las toman en unos bares tristes donde todo está muy limpio, es la verdad, pero la gente bebe sin alegría. Parece que se sientan culpables de beber y tienen la cara amarga y no hacen sino sumar malos tragos a los de la vida. Unos güisquis que yo no sé de dónde los sacan y unos rones que ya no huelen a caña ni a cosa que se le parezca. Antes, me acuerdo, las cosas pasaban de verdad, tú hacías que pasaran y sabías que tenías que responder por ellas […]

El tono narrativo es nostálgico en su evocación de una remota edad dorada, similar en el ánimo a la que don Quijote rememora con los cabreros (cap. XI del Quijote de 1605). En estos recuerdos, se reproducen anécdotas que calan, por su hondura humana, en la conciencia más cálida del intelecto:

[…] Antes, me acuerdo, le llevabas el médico a cualquiera de Valsequillo y no siempre podías llevarlo en burro hasta la puerta porque no había camino. Y, andando detrás de él, le escuchabas decir por lo bajo: «Mira que esta gente es bruta. Van a buscar al médico teniendo la farmacia en la casa». Eso pasó cuando llevé a don Antonio para que le curara unas fiebres a Pepe Calderín.

−¿Y qué tiene el hombre? –preguntó don Antonio–.

−Una trancazón de pecho que no puede respirar y unas calenturas que no se mantenía derecho encima del burro, por eso no se lo traje.

Y don Antonio fue recogiendo por el camino unas matas de brujilla, unas ramas de eucalipto blanco y vinagrera, y yo pensaba que aquel hombre no estaba bien para ser médico. […] Cuando llegamos a la casa, le dijo a la mujer de Pepe:

−Tenga. Ponga a hervir la brujilla y, en otro caldero aparte, el eucalipto y la vinagrera.

Le alcancé el maletín a don Antonio y amarré el burro en el tronco de un almendrero.

Cuando entré, Pepe estaba en el catre, forrado con mantas hasta los ojos, tiritando de frío, que yo no sé cómo puede ser eso de que, cuando más caliente está uno, más frío tiene. Don Antonio tenía la jeringuilla ardiendo en alcohol y decía:

−Con que te llamas Calderín… Entre Telde y Valsequillo hay más Calderines que piedras en el barranco. ¿A que tú no sabes cuál fue el primer apellido del mundo?

−No sería Calderín –me entrometí–.

−No, hombre, no. El primero fue Gómez y el segundo Pérez, porque Dios le dijo a Adán en el paraíso: «Si te Gómez la manzana, Pérez serás» […]

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Relato 14 (139-142): El paraíso

La cita de Antonio de Viana que se reproduce al principio (“Sienten los dos un no sé qué del cielo”) sirve de preliminar para esta exquisita pieza donde se traspone la imagen del mundo de Viana, el de las Antigüedades de las Islas Afortunadas (1604), al del Edén bíblico («[…] Tronco arriba se enrosca una espléndida hiedra de hojas lustrosas.[5] Dácil y yo nos miramos sonriendo. Los dos estamos desnudos»), y todo desde el presente, desde ese hoy que se certifica al principio de este texto donde reinan las descripciones metafóricas:

[…] Cuando volví a la ciudad no reconocía sus calles porque su aspecto había cambiado, pero no con edificaciones recientes ni siquiera con la degradación que el tiempo provoca en las ya existentes, no. El nuevo aspecto de la ciudad era el que debió tener siglos antes de que yo naciera […]

Se regresa a a un pasado que en el presente se atisba desconcertante; a un paisaje de la Canarias precolombina que ya no es lo que era, pero donde se percibe que, en el fondo, nunca dejará de ser lo que fue.

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Relato 15 (145-148): Príncipe negro

Texto muy borgiano: el narrador sueña con Isabel; Isabel con el hermano… Y todo en un entorno donde la distancia y el tiempo no ha hecho mella en los afectos.

Es este un bello texto anecdótico cuya ausencia de trama e intensidad emocional nos conduce a concluir que puede ser una deuda del alma de Pérez Tejera.

[…] Hablamos de la telepatía, de la transmisión de pensamiento, de las casualidades, de sus oraciones; de cómo, a veces, somos instrumentos de la voluntad divina aunque no tengamos la conciencia ni la calidad necesaria para ello, de los milagros que también existen y, sobre todo, del cúmulo de coincidencias que se tuvieron que dar para que mi madre pudiese tener un ramo de rosas Príncipe Negro el primer domingo de mayo de ese año […]

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Relato 16 (149-155): La casa vacía

Texto muy poético que se funda sobre la oposición que marca la nostalgia frente a la ilusión, y que mantiene un vínculo connotativo con “El paraíso” y, en el universo de los personajes, con “Príncipe negro”, pues vuelve a aparecer el Sergio que sueña con Isabel:

[…] El ser humano mantiene inconscientemente la esperanza y continúa buscando el paraíso perdido. Por eso nunca abandona el casi, el quizás, el puede que… La ilusión es diferente, la ilusión lanza hacia el futuro incluso las cosas del pasado y nos hace creer que es posible vivir aún lo que está irremediablemente perdido […]

Surge el pasado como tema («la verdadera memoria es la que tenemos de nuestra estancia en el seno materno, sin otros códigos que los de la sangre. Las palabras de su viejo resonaron con toda la fuerza: la tierra guarda siempre la semilla»), pero un pasado con bifurcaciones: por un lado, un pasado inmediato y tangible, un pasado mesurable en forma de casa vieja, caminos transitados llenos de basura y un paisaje que amohína; por el otro, un pasado recreado, reescrito a través de los libros y que toma como punto de partida los años de la conquista para reivindicar una identidad perdida:

[…] Porque ahora adivinaba en los Estamentos de Poder, que sí tenían los conocimientos necesarios para realizar estudios exhaustivos que revalorizaran la memoria, el deseo de destruirla como medio de dominación: lo diverso, lo diferente, solo es respetable si se mantiene en los límites de lo folclórico, es decir, de lo anecdótico. La cultura de la dominación trae consigo la destrucción de lo genuino si no es posible banalizarlo o reconducirlo a través de sus propios modos. […] Sintió que algo se tronchaba en su interior cuando cayó en la cuenta de que era la lengua de los conquistadores la que le permitía pensar de aquel modo; al fin y al cabo, nuestro pensamiento toma forma a través de las palabras, y por un instante se sintió traidor a sí mismo: desconocía completamente la lengua de los aborígenes con los que se identificaba en aquel momento […]

Todo ello, para concluir con la llamada a una acción para rescatar la identidad.

[…] Todo imperfecto, inacabado; pero, de pronto, fue como si comprendiera: se trata de buscar camino allí donde no hay camino, pensó, de continuar la construcción de aquella casa, restaurarla si se está cayendo, de no renunciar al vuelo, al deseo. Todo avanza hacia su acabamiento. Lo imperfecto tiene siempre abierta la puerta hacia su conclusión, como las obras de aquellos artistas árabes a las que dejaban un pequeño defecto porque la perfección sólo correspondía al Altísimo. Y echó a andar, reconociéndose insignificante como paso previo para empezar a ser grande, con la profunda convicción de que nunca alcanzaría su meta. El horizonte siempre estará más allá, se dijo; el día que no lo crea así, habré muerto […]

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Relato 17 (159-162): El viento del sur

Este relato nos vincula con la aparcería y con el crecimiento del sureste grancanario, donde el viento es una marca identificativa y “condicionadora” del entorno:

[…] Hoy sí tenemos viento del sur. Pero, sea de donde sea, aquí siempre sopla fuerte. Por eso, hasta la planta del millo de aquí crece pegada al suelo como cualquier hierba. Usted va por ese norte y verá crecer cualquier cosa que parece que quiere alcanzarle a usted las barbas, pero aquí no. […] Lo más grande que crece por aquí son los balos, las aulagas y las tuneras indias […] Ellas eran delgadas como si quisieran escurrirle el cuerpo al viento y, sólo al poco tiempo de ellos llegar, empezaban a dar muestras de lo que llevaban dentro. Nueve meses después, las veías cargando con la pañoleta y con el chico del año anterior prendido del vuelto de la falda, como un chirato. Y nunca sabías si era el chiquillo el que se colgaba de la falda para no quedarse atrás mientras la madre lo remolcaba, si era el vendaval que se lo quería llevar y él se resistía agarrado al vestido de la madre o eran las dos cosas a la vez. Y así crecían pegados a la tierra, pequeños y renegridos, con los ojos siempre a medio abrir y aquellas pestañas grandísimas que fueron criando para defenderse de las embestidas de los granos de arena y tierra que arrastra el viento por aquí. Después, tan pronto se desprendían de la falda de la madre, andaban dando tumbos de un lado para otro como las aulagas secas arañando el suelo. Nacían con el aire metido en los huesos y en la cabeza […]

Rafaelito, el personaje del relato, asume el rol de notario para dar pinceladas de situaciones vividas en el periodo de auge de la Mancomunidad del sureste grancanario.

Desde el punto de vista cronológico, esta historia se sitúa en el estadio siguiente al que viene determinado por el universo narrativo ya señalado con anterioridad a propósito de “Tú no te acordarás”, “Juan Caballero” o “Domingo Cabrera”: de las tierras que se labran se llega a las que son cosechadas.

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Relato 18 (163-165): Gloria

Se vuelve a la imagen de un atasco circulatorio presente en “Isla intestina” para que la protagonista evoque dos movimientos bien distintos entre sí: el mayo del 68 y los distintos 20 de noviembre que homenajeaban el fallecimiento del dictador Franco. Todo ello, con la música de Edit Piaf y su “Non Je ne regrette rien” de fondo, como una reafirmación propia de que no hay nada de lo que arrepentirse… Al lector le corresponde dirimir los cauces de esta exculpación.

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Relato 19 (167-171): Sangre de mi sangre

En esta narración se vuelve de nuevo al pasado de los tomateros, como en “Viento del sur”, para hacer hincapié en el tema de los caciques que abusaban de las mujeres ante el silencio, la impotencia, etc., de sus maridos y la presencia en los senos familiares de muchos hijos ilegítimos que sembraban la marca del deshonor en la conciencia colectiva de los aparceros.

A través de un magistral monólogo, el protagonista cuenta a alguien, se presupone que una autoridad, cómo supo por su abuela, de quien creía que era su madre hasta poco antes de morir, cómo fue concebido y cómo, ante el menoscabo de su hermanastro, hijo del progenitor que no le reconoció, se vio impelido a hacer “algo” que asume como ilícito: «[…] Llévenme preso si quieren, pero ¡ya está bien de pisotearme la sangre!».

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Relato 20 (173-177): La mujer

Como en “La cámara”, estamos ante un relato muy bien elaborado en su desarrollo narrativo; una historia que logra crear en el lector una suerte de expectativas que, con el desenlace, consigue el acceso a la esperada catarsis que todo lector busca y que, como entenderás, no voy a exponer más allá de estos sencillos apuntes que ahora te ofrezco. Me permitiré, eso sí, a modo de avance cinematográfico, este envite:

[…] Después de que murió el marido, según le oí contar a mi padre, un cuñado suyo trató de forzarla cuando se ocupaba en podar una parra, y ella, de un tijeretazo, le seccionó el pene con tal perfección que los cirujanos no tuvieron ningún problema a la hora de reimplantárselo. Y, en el juicio, el hecho de poder reparar el daño sin mayores dificultades se consideró un atenuante que la libró de la cárcel. No sé por qué se me ocurre ahora todo esto. Si Juan Antonio se hubiera dado cuenta aquella noche de que la muchacha era la hija de esta mujer, no estaríamos aquí asfixiándonos vivos y posiblemente se me ocurrirían otras cosas. Él dice que la confundió con una de afuera porque hacía tiempo que no la veía, pero me da que eso no nos va a servir de nada […]

¡Hum! ¿Qué Juan Antonio? ¿El chulo de playa…?

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Relato 21 (179-180): La chica del yogur

La realidad mágica que he apuntado como elemento no infrecuente en la narrativa de Pérez Tejera se ve complementada por pasajes deudores del mejor realismo mágico. En “La chica del yogur”, este realismo llega a su cénit de una manera magistral.

En este abrumador por bello relato, que me hace recordar los articuentos de Juan José Millás, la protagonista, por mor de sus atenciones hacia la flora intestinal con el consumo masivo de yogures con bífidus bioactivos, se convierte en una primavera con piernas y olor a campo.

[…] Cuidaba tanto de su flora intestinal que, como dormía con la boca abierta, desde mediados de marzo hasta bien entrado el verano, la ventana de su alcoba era un constante ir y venir de mariposas, abejas, abejorros, libélulas rojas y azules, y algún que otro colibrí. A principios de agosto un tibio olor a heno invitaba a revolcarse con ella en cualquier parte […]

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Relato 22 (181-184): La piedrita blanca

Este relato es una evolución de “Cheo” en la medida que logra retomar Pérez Tejera su habilidad para elaborar cuentos infantiles. El comienzo ya es toda una declaración de adhesión a la cuentística tradicional: «En un lugar muy lejano del que no recuerdo el nombre […]».

“La piedrita blanca” es un texto muy didáctico en el que, con asequible y ágil prosa, la metáfora de la piedra se convierte en el elemento esencial para fijar los trazos de una narración cuya moraleja se halla en la generosidad (así, en general, sin que haya aureolas crematísticas de por medio) como pilar básico para una limpieza física y espiritual.

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Relato 23 (185-188): Vuelvo aquí

El último texto de nuestra obra es un relato profundamente poético que comienza con una arrasadora declaración de incertidumbre:

Estoy aquí… De pronto, la frase me ha sonado sin sentido y me parece que el único lugar posible soy yo. Porque no puede ser que ocupe un espacio mayor que este que soy. Y me asalta la pregunta: ¿quién soy? O mejor: ¿qué soy? […]

A partir de aquí, los pensamientos del narrador exponen su posición ante un mundo que, en sus fundamentos, es concebido desde una clave social («interpreto y me interpretan»). Dentro de esta visión de las circunstancias, quisiera destacar el extraordinario juego polisémico que realiza Pérez Tejera con las manos, que acarician, ayudan y agreden; y con los pies, que sirven para la llegada y también para la salida, y que logran fijar esa “distancia entre tú y yo”.

Aunque en una lectura superficial podríamos concluir que se trata de un mal de amores del que ha logrado liberarse el narrador, no podemos dejar de considerar que todo encierra una suerte de simbolismo que, sin duda, enriquece muchísimo la percepción del texto. Uno se aleja de lo que es para intentar ser otra persona sin dejar por ello, en el fondo, de ser lo que es.

Todo aquello que, insisto, en una primera lectura cabe ver como la exposición de los estertores de una historia de amor finiquitada, merece ser transpuesto a otro nivel para que podamos detectar que lo que es una despedida no es más que la consolidación de un cambio de identidad o de percepción de nuestra realidad. Estas mutaciones vitales son despedidas del pasado frente al presente.

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Y así concluí mi penúltima anotación sobre la obra antes de su presentación, con este «son despedidas del pasado frente al presente» seguido de otra intensa sacudida sísmica.

5o objeto textual de forma irregular

Como no puedo evitar hacer aquello que es propio de lo que pretendo ser, caigo nuevamente en el afán clasificador de entonces y, desterrada la inútil dualidad que ubicaba los textos en grupos anecdóticos y metafísicos, sucumbo a un nuevo orden que se me antoja más preciso porque se cimenta sobre términos clave, tanto en su valor denotativo como connotativo, para captar, así lo veo yo, la esencia de cada relato.

division textos 2

 6o objeto textual de forma irregular

En la misma mañana del día de la presentación, terminé la última ficha de anotaciones con la siguiente conclusión:

ficha 38

Acabada la primera parte de mi trabajo, guardé todas las fichas, el ejemplar lleno de anotaciones que mi amiga Rita me había dejado y algunas fotocopias que contenían artículos de nuestro autor publicados en Teldeactualidad.com y, cómo no, la magnífica reseña que sobre el libro escribió el poeta teldense Luis Antonio González Pérez en el referido medio de comunicación digital pocos días después de haberse presentado en la Casa-Museo Pérez Galdós.

7o objeto textual de forma irregular

Viernes, 9 de diciembre de 2011. A eso de las 19.30 horas, llego a las Casas Consistoriales junto a Rita Navarro. Saludo a los presentes y, por primera vez, a Julio Pérez Tejera. Reconozco que me emociona conocer a quien he tenido muy presente durante el último mes a través de la firmeza de una prosa que nada tiene que envidiar a la de los grandes de la literatura en lengua española.

No debe ser mi pluma la que se haga eco de lo sucedido en el acto, pues otra más brillante, la de Jesús Ruiz Mesa, a día de hoy uno de los mejores cronistas de eventos culturales de Canarias, relató para Teldeactualidad.com lo sucedido en tan dichoso día.

Concluye el acto. Le reitero a Julio mi particular felicitación por la obra publicada. En ese momento, mi ángel, mi instinto, mi inspiración, mi álter ego… me dicta las palabras que le digo mientras me despido de él: «Seguiremos en contacto. Descuida. No me olvidaré de ti…», con lo que dejaba la puerta abierta a no sé muy bien qué.

8o objeto textual de forma irregular

Creo que Julio Pérez Tejera nunca sabrá a ciencia cierta cuánto le debe la Biblioteca Canaria de Lecturas (BCL), pues gracias a él, y sin que sepa nuestro autor muy bien cómo, nació.

Te cuento: los días posteriores a la presentación fueron agitados en la medida que sentía un cargo de conciencia cuyo origen se hallaba en un código deontológico no escrito cuyas líneas básicas durante esas jornadas eran las siguientes:

Bien, hace poco he presentado a la sociedad una excelente obra; un libro que merece ser difundido, conocido y estudiado; un volumen en el que cualquier editor con un mínimo de sentido común invertiría y promocionaría como se merece, pues posee la suficiente calidad como para que sea un producto mercantil apetecible, dejando al margen su valía cultural, que es incuestionable. ¿No debería hacer algo -no sé qué- para que la obra se expanda más allá de los límites tan reducidos en los que ahora mismo se mueve? ¿No va en mi condición de filólogo (especialista, en principio, en literatura) hacer algo -no sé qué- para contribuir con el conocimiento de este «Tú no te acordarás… y otros relatos»? Y voy más lejos todavía: ¿Cuántos Julio Pérez Tejera hay en nuestro entorno? ¿Cuántos autores alejados de la etiqueta de «joven promesa» hay cerca de nosotros: autores excelentes que, por mil y una circunstancias, no han tenido la oportunidad, la fortuna, el hado… que les permitiese ver publicada una obra que, desde el punto de vista crítico (ya sea literario; ya, ensayístico, etc.), merece realmente la pena que vea la luz? […]

De la convicción de que debía hacer algo que permitiese a estos autores el que tuviesen un espacio para que sus obras se publicasen con las mejores garantías editoriales, surgió la Biblioteca Canaria de Lecturas; del deseo de dar a Tú no te acordarás… y otros relatos la relevancia que se merece, vino la asignación del número 1 de la colección.

Antes del verano de 2012, la BCL era un proyecto que me causaba un regocijo particular, pues consideraba que sus fines iniciales eran nobles por cuanto satisfacían la obligación deontológica expuesta. Expuse a Julio mi deseo de hacer una edición de su obra y, tras su visto bueno, comenzó a nacer en nosotros una relación de la que me considero un auténtico privilegiado, pues no solo se confirmó con nuestro trato la inmensa calidad literaria que posee nuestro autor, sino que descubrí en él una serie de cualidades que lo han hecho aún más grande para mí. Si me preguntan cómo es Julio Pérez Tejera, al margen de ponderar su valía autoral, destacaría su calidad como persona y zanjaría la cuestión con un rotundo:

Es un hombre profundamente bueno,

intensamente humilde,

abrumadoramente humano…

 9o objeto textual de forma irregular

Hasta llegar a la edición que nos ocupa, múltiples fueron las tareas realizadas, mucho se hizo y no poco se deshizo; mucho se pospuso y bastante no terminaba de salir adelante por mi culpa, pues muchos calderos editoriales se cocinaban en mi hornillo. Las fechas para la versión final se iban posponiendo y quisieron las circunstancias que nuestro barco fuese llegando poco a poco al puerto esperado hacia finales de 2013.

En la travesía de este largo viaje, que se hizo interminable pues a las ansias por ver el deseado tomo 1 de la BCL se iban interponiendo elementos que requerían atenciones prioritarias, hice acopio de mucha producción de originales literarios que, con infinita gentileza, me cedió el autor. Fue así como surgió la necesidad de que los relatos de la obra principal se viesen incrementados con otros que Julio había desechado para Tú no te acordarás… y otros relatos y que, a mi juicio, poseían una excepcional calidad.

En el índice de nuestro libro, estos relatos forman parte del apartado “Otras prosas”. Aunque el conjunto de los eliminados de la ópera prima era elevado, concluimos que los seis escogidos para la edición que nos ocupa merecían ver la luz.

 Siguiendo los criterios asumidos para clasificar los diferentes relatos que componen la obra principal de esta edición, considero que los seis títulos deben situarse así:

  • “La deuda” y “A una desconocida” son relatos situacionales por cuanto el narrador analiza un hecho que padece o contempla y que le conduce a una reflexión donde se remueve su yo y, con él, su visión del mundo que le circunda.
  • El resto de los textos pertenecen al grupo de los relatos ficcionales. “El hombre” y “Soy un libro viejo, ¡por favor, no me tires a la basura!” atesoran un incuestionable valor didáctico, aunque con diferentes grados de explicitud: más difícil de percibir en el primero, muy evidente en el segundo, donde se capta al destinatario que obra en las intenciones de nuestro autor, los niños.

Las otras dos narraciones (“El tizo” y “El pozo de los sueños”) son todo un prodigio de texto humorístico, una faceta que Julio sabe explotar muy bien y que forma parte de su estilo haciendo un uso muy bien calibrado de la socarronería canaria, la ironía y los dobles sentidos. Tú no te acordarás… y otros relatos posee sobresalientes muestras de lo que apunto, lo confirma “El hombre” y, sobre todo, lo ratifican estos dos relatos.

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Cuando ya tenía a Julio situado en el parnaso de los prosistas de pro, surge la figura del autor que, en el fondo, siempre ha querido ser: un poeta; un modesto misionero de los versos que, lejos del juego retórico de fray Luis de León, sí siente verdaderamente, cuando lo declara, que sus obras se le han caído de entre las manos.

En el vagón de los originales, cayeron en mis manos composiciones de primer nivel por su musicalidad, sencillez, fino sentido del humor y profundo didactismo. Es el caso de Las fábulas del Guirre Sabedor y La décima parte.

En Cuaderno de notas hallamos al Julio que traza una alianza emocional con su tierra y sus gentes, como testimonia el visceral “La trapera”; sin duda alguna, uno de los mejores poemas compuestos sobre la órbita que traza en la conciencia literaria de los canarios la aclamada creación “La maleta” de Pedro Lezcano.

En “Monólogo contigo”, aparece un Pérez Tejera volcado hacia la poetización de unos sentimientos sujetos a la cotidianeidad; en la impresionante “Cuaderna vía”, el compromiso de nuestro autor es con la literatura en sí, ofreciendo de esta manera el homenaje a los autores que han hecho fecundar en él su voluntad de componer versos.

Tras la lectura de sus poemas y hecha la pequeña antología que sigue a “Otras prosas”, llega a mi memoria Cervantes. Por fortuna, no tendrá Julio que acudir nunca a ningún Viaje del Parnaso particular para hacer suyos unos versos como estos del alcalaíno

[…] Yo, que siempre trabajo y me desvelo

por parecer que tengo de poeta

la gracia que no quiso darme el cielo […]

porque los suyos bien valen un potosí; mas he de ser coherente con lo que pienso, creo y defiendo: enaltezco al gran poeta, pero sublimo al extraordinario prosista; y elevo al altar de mis mayores y mejores consideraciones a la persona, a este hombre profundamente bueno, intensamente humilde, abrumadoramente humano, que conocí hace hoy 753 días y por el que siento un especial afecto.En estas páginas he procurado reflejar la experiencia de su conocimiento. Releo lo escrito y concluyo que he procurado contar cuanto sucedió, no de la mejor manera, como te mereces, sino de la única manera que sé hacerlo. A ti te corresponde, mi dilecto lector, por un lado, comprobar que, aunque con mi natural parquedad a cuestas, en nada he mentido sobre lo contado; por el otro, como todo es veraz, buscar un hueco en el jardín de tu piedad donde halles algunas semillas de compasión para que las plantes en quien ya no te incordiará más con este preliminar.

__________

NOTAS

[1] Aunque me encantaría seguir extendiéndome más sobre estas cuestiones del paratexto, porque son apasionantes en la medida que conllevan un trabajo de investigación parecido al de los forenses, no debo continuar aportando más de lo dicho, pues cabe la posibilidad, dada mi natural tendencia hacia la dispersión, de que me desvíe más de la cuenta del camino que debo seguir en este preliminar. Si el tema te resulta atractivo o curioso, te invito a la lectura de mi Análisis paratextual de ‘Ninfas y pastores de Henares’ de Bernardo González de Bobadilla, publicado en Anroart Ediciones en 2008.

[2] Si deseas ahondar más en esta cuestión, te sugiero que consultes El género pastoril a través de ‘Ninfas y pastores de Henares’ de Bernardo González de Bobadilla, que publiqué en Anroart Ediciones, en 2011.

[3] Según el DRAE: «1. m. Genio, índole, condición, especialmente cuando se manifiesta exteriormente; 2. m. Jovialidad, agudeza […]».

[4] El hecho de que el topónimo de Telde sea Telle, “tierra de higueras” en el idioma aborigen, se suma de manera connotativa al marco geográfico indicado.

[5] Hermosa imagen de la serpiente (“hiedra de hojas lustrosas”) enroscada en el Árbol de la Ciencia y cuya visión causa placer (“nos miramos sonriendo”) y conciencia (“estamos desnudos”) en estos particulares Adán y Eva. Surge aquí el conocimiento, la convicción del conocimiento, como fuente para acceder a los límites del verdadero paraíso, que llega a trascender las fronteras de la propia literatura.


Artículo publicado en
Canarias Cultura


Teldeactualidad

Presentación "Caleidoscopio"

Caleidoscopio_Circulo

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